El papel sin higiene

Alguna vez advirtió Julio Cortázar que las palabras siempre acaban tapando agujeros. Los discursos que definieron lo que este país ha sido después de la dictadura empiezan a ceder, como una fonola que tapiaba el lugar donde alguna vez hubo una ventana.

Señores, el papel ya no aguanta todo. Las excrecencias han superado el límite de podredumbre, incluso en aquel que fue diseñado especialmente para contenerlas. Es que finalmente termina de caer el tinglado y los bastidores muestran a los hombres detrás de las cortinas con las manos metidas, literalmente, en la inmundicia.

Un extraño cóctel de ambición desenfrenada y glacialidad numérica se preparó por años detrás de promesas hiperbólicas de probidad sin límite y ordenamiento jurídico ejemplar.

Primero, los “creativos” vendieron la plagiaria alegoría del jaguar y luego se superaron a sí mismos con la xenófoba metaforilla de la casa linda en el barrio feo y las cascadas, literalmente, de estadísticas apuntando hacia arriba hacían llover esperanzas en muchos y ganancias reales en muy pocos.

Han sido más de veinte años de inercia, y el balance no es para nada alentador: precios fijados arbitrariamente, verticalismos piramidales inaccesibles para trabajadores temerosos y endeudados, gráficos y cifras a gusto del consumidor, impuestas como verdades por lobbyistas y congresistas a sueldo, oligopolios premiándose los unos a los otros en conspicuas comilonas donde se le recordaba entre whisky y whisky al ministro de turno quién era el que mandaba.

Anuencia obediente de la así llamada autoridad, obsecuencia entre deslumbrada e irónica de un pueblo que cambiaba la ficha de pulpería redonda por cuadrada llamada tarjeta de crédito y vamos haciendo girar la máquina de fantasía que, nadie sabe cómo, nos hizo entrar al club de campo OCDE.

Trienios de oro, plata y bronce, cedieron paso, de pronto, a una sensación de derrota general. Oye pero… ¿la alegría? Los chistes repetidos parecían podridos, los rojos anaranjados tirando para amarillos crepúsculo le decían sí pero no a los neoliberales, los pagados de sí mismos llegaron al colmo de la desfachatez en venderse como emprendedores, generadores de empleo y demases, cuando su interés real era crear más y más capital artificial, desde la nada y de nada, con todo un sutil entramado planeado y gestionado sólo para mantener el juego que estimulaba billeteras gordas para la especulación más audaz, flacas para sus postergados proveedores (que sí emprenden y crean empleos pero que nadie subsidia sin instinto carroñero) y casi vacías para las necesidades de sus empleados.

Pero la tapadera harto mala que les quedó a estos ilustres maestros chasquillas made in Chicago.Excusas y pantallas para mantener la martingala son legión, y conforman el catálogo de lugares comunes que se vierten en los catones mercuriales y de tercera, creídos a pie juntillas solamente por la élite vitivinícola y ultramontana que verdaderamente nos gobierna. La última versión es indemnizarnos a los millones de estafados con una mugre parecida a lo que una AFP te escupe por una ventanilla cuando jubilas. Un escándalo que no te importa, porque en las enades, icares o caries de este mundo, de los sufrimientos cotidianos nadie habla.

No es gratuito este resumen de iniquidades. Consulte cualquier estudio serio como los de cualquier economista serio como los de la Fundación Sol o simplemente lea con más atención a su columnista dominical preferido.

Muchas de estas no son strictu sensu mis palabras, son de fiscales, magistrados y de las pocas voces morales legítimas que van quedando, me limito a juntarlas, armarlas y remezclarlas para recordarme y recordarte, lector,que el papel ya no puede estar más sucio de mugre, a todas las palabras se las lleva el viento y los agujeros revelan el estado de pudrición real de la llamada alma de Chile. Sé que no es agradable la metáfora porque lo que se ve en realidad no es agradable. Basta de desidia y siesta gubernamental. Hay que tomar decisiones, y en serio.

El reloj de arena se ha dado vuelta. No para ellos, que ya celebran una comida de desagravio en alguna casa de piedra muy, muy lejos para sus primos y amigos los almidonados, y se disponen quizás a planear alguna táctica de shock para acallar a los que están alegando más de la cuenta.

Corre, en realidad para nosotros.Algunos toman la horrible decisión de enfrentar con balas y muerte la injusticia neoliberal en nombre de creencias sangrientas. Debe de haber un modo diferente. Actuemos antes de que, en vez de una nación, nos convirtamos, apenas, en un terreno baldío, abandonado a la maleza, esperando una futura licitación para que otro depredador más grande se haga con el. Dudo que deseen otra cosa, el resto son palabras para tapar agujeros, papel sin higiene.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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