La amenaza autoritaria

El Presidente de la República anunció el lunes recién pasado su decisión de instaurar una comisión de “notables” para “filtrar” las mociones parlamentarias inadmisibles, es decir, aquellas que son acogidas a trámite indebidamente porque el Presidente tiene la facultad exclusiva de presentarlas para iniciar el proceso legislativo que permite reformar, incluir o excluir determinadas propuestas de ley.

Esta iniciativa presidencial vulnera las facultades constitucionales de ambas Cámaras del Congreso Nacional porque es de su esencia que dichas corporaciones son las que deben decidir sobre lo que tramitan y lo que no tramitan, cuestión fundamental que han realizado durante dos siglos, desde la formación del Estado de Chile, con un procedimiento reglamentario que ha superado la prueba del tiempo.

Primero corresponde a la Mesa de cada Cámara pronunciarse formalmente en la Cuenta con que se abre cada sesión si declara o no admisible cada moción parlamentaria que se presentó en la Oficina de partes; de ocurrir que en la Sala no hay acuerdo con el Informe de la Mesa, cada uno de los asistentes puede pedir votación, en ese caso, así se realiza y se adopta el criterio definitivo por el conjunto de los miembros presente en la sesión respectiva. No hay nada oculto en este procedimiento.

Ahora bien, a Piñera le alarma otra cosa en el tema de fondo del vínculo entre el Ejecutivo y el Legislativo, él tiene un doble problema político, la derecha que lo apoya está en minoría y no solo fracturada sino que se ha venido diluyendo como bloque de gobierno desde el estallido social, proceso agravado por las distintas respuestas que dan sus partidos a la crisis nacional generada por la pandemia y la errada estrategia gubernamental.

Algunos de sus congresistas tratan de zafarse del rol de escuderos del gobierno para actuar por su propia cuenta, con iniciativas que contradicen la orientación oficial. Así, Piñera observa la dispersión de su bloque político, ni las presiones de Larroulet ni las tentadoras lisonjas del ahora ministro Alvarado han funcionado. El comité político de ministros que encabeza Blumel no tiene peso político y le genera más problemas que colaboración.

El lastre de ser incondicional a Piñera es puro costo, el manejo de la pandemia sin ninguna sensibilidad, como si las familias fueran rebaños que había que encerrar sin tener como sobrevivir y pasando hambre, esa inhumanidad terminó por deslegitimar un ejercicio del poder abusivo y narcisista.

Así también, decayó la autoridad de Piñera sobre ese sector heterogéneo sensible al impacto de la gestión estatal para las reelecciones dado que ese factor ya no tiene el peso de antes, aunque quedan ciertos “espinitas”, son menos. Ahora, la foto con Piñera es un salvavidas de plomo.

Por eso, el gobernante difícilmente podrá reagrupar voluntariamente a sus parlamentarios y quiere juntarlos a la fuerza, impidiéndoles que presenten iniciativas de ley que para él son un problema sin solución.

El “golpe de fuerza” de Piñera en contra del Congreso Nacional, el lunes pasado, es una muestra de una debilidad política tan profunda, que debió ser un ultra conservador como el estanciero Carlos Larraín, quien se dignara socorrerlo con un WhatsApp, desde sus centenares de miles de hectáreas de crianza ovina con que acrecienta “algo más” sus nada escasos haberes e incontable fortuna.

Un amplio sector de los aliados políticos de Piñera, muchos de ellos largo tiempo sus incondicionales, ya no quieren que el gobierno les traspase el fardo de sus yerros garrafales y resonantes desatinos.

El ejemplo más reciente es el deceso de su tío, Bernardino Piñera, al que nadie recordará lo bueno o lo malo del arzobispo que fue en vida, sino que el abuso de poder presidencial al quebrantar las normas de su propio gobierno en materia sanitaria.

Tanto temor hay en la derecha al abrazo del oso de Piñera que comentan que la principal habilidad de Lavín es mantenerse lejos del gobernante sin confrontarse con él.

Por eso, el problema no son sus atribuciones constitucionales que en Chile marcan un rol preponderante del Presidente respecto del Parlamento, porque cuenta con abundantes facultades que le otorgan iniciativa exclusiva en temas fundamentales que se agregan y articulan con su autoridad como jefe del Poder Ejecutivo, rector en la organización del Estado. El ex Presidente Aylwin, caracterizó esta incontrarrestable primacía presidencial chilena como “cesarismo presidencial”.

Entre otras prerrogativas el Presidente dispone de las urgencias para el trámite en el Parlamento de las diversas iniciativas de ley. Usando ese mecanismo, el Presidente decide el “Orden del Día” de cada Cámara y determina su agenda, de modo que puede mantener obligado al Congreso Nacional, largos periodos, a tratar sólo las materias que le interesan.

Si ello no le fuera suficiente luego de despachado un proyecto o moción de ley, puede recurrir al “veto”, como ha sucedido con el proyecto de “pos natal”, ese instrumento puede ser aditivo o sustitutivo, agregando o suprimiendo disposiciones que el Parlamento sólo con un quórum de amplia mayoría puede rechazar, de manera que lo habitual es que se imponga la decisión presidencial, lo contrario es la excepción y no la norma. Así el Presidente puede alterar o modificar lo que han tramitado, durante meses o años, ambas Cámaras del Congreso Nacional.

Suponiendo que todo ello aún no le resulta suficiente para imponer su punto de vista, cuenta con la facultad de presentar un requerimiento al Tribunal Constitucional, cuyo papel conservador y regresivo está fuera de cualquier duda.

Hasta el Parlamento que juró en marzo del 2006 este procedimiento era el mismo y la derecha, incluido Piñera que fue senador y Presidente del partido Renovación Nacional, nada dijeron, porque la representación de las fuerzas políticas se distorsionaba por el efecto simultáneo del sistema binominal y la existencia de los senadores designados y vitalicios, con ese mecanismo la minoría se convertía en mayoría lo que siempre ha sido del agrado de la derecha ultra conservadora.

En suma, en el orden constitucional chileno el Presidente de la República tiene una preponderancia arraigada e  institucionalizada. Esta realidad estaba consagrada en la Constitución de 1925, pero en la de 1980 adquirió una primacía que rompió con la tradición chilena en la relación entre el Presidente y el Congreso Nacional. Hasta hoy subsiste ese desequilibrio propio del sentido autoritario del poder.

Aún más, se atraviesa una etapa que hace que esas prerrogativas sean todavía mayores porque rige el Estado de Excepción constitucional y ese poder aumenta a niveles incontrolables por los otros poderes del Estado, por ejemplo, desde el gobierno central disponen el gasto de los recursos regionales, de hecho así ocurrió en diversas regiones con la compra de las publicitadas “cajas”, convertidas en indebidos vehículos de propaganda de la imagen presidencial.

Asimismo, con ese enorme poder, azuzado por el criterio militarista del ministro de Defensa, el gobernante se ha involucrado en la peligrosa estrategia de militarizar la macro zona del Bío-Bío y la Araucanía, en la vieja y torpe costumbre de la oligarquía chilena de apagar el incendio con bencina, es decir, desatando la persecución contra moros y cristianos.

Una vez más, hay que insistir que no se resuelven las demandas del pueblo mapuche reprimiendo a la población e involucrando a los comandos de operaciones especiales del Ejército, conocidos como “boinas negras”, así se tensiona al máximo la situación regional. El Ejército de Chile no debe volver a ser usado en labores de represión. Su misión es defender y proteger la soberanía del país.

Piñera olvidó muy rápido el nefasto paso del “Comando Jungla” que provocó el crimen del comunero mapuche Camilo Catrillanca, generando tan aguda conflictividad en la zona que debió replegar esa tropa mal concebida, pasar a retiro los mandos comprometidos para terminar lavándose las manos descabezando, por segunda vez en menos de un año, el Cuerpo de Generales de Carabineros.

¿Qué habría pasado si estos hechos fuesen realizados por un Presidente que perteneciera a la actual oposición? los poderes fácticos y la histeria derechista hubieran pedido una intervención castrense. Pero, para ellos no son abusos de poder porque los comete alguien que siempre abusó, que fue parte de los que en forma constante abusaron de la autoridad y del Estado.

Piñera ha hecho uso de un poder sin contrapesos, pero ahora ni sus partidarios concuerdan con ese enorme poder discrecional.

Por ejemplo, no hubo otro caso de “guillotina” cómo la que él ejecutó, desde que existe la policía uniformada. El resultado fue un desenfreno represivo brutal en el Estallido social, el terror de los balines o perdigones para cegar a los jóvenes que protestaban. Después se excusó arguyendo qué era una “guerra”, igualito que Pinochet.

En Chile, con el total de atribuciones que ostenta, tanto las permanentes como las de carácter temporal, el Presidente de la República tiene un poder sobre el Estado sin precedentes en democracia, pero el abuso de sus prerrogativas, en que se ha llegado a cambiar los protocolos sanitarios para excusar su reprobable conducta en el funeral de su tío, han deteriorado definitivamente. El problema del respeto a la Constitución no está en la oposición, está en el mismo Sebastián Piñera.

Por eso, pretender agrandar ese inmenso abanico de atribuciones y facultades es una señal muy peligrosa, debilitar aún más el Parlamento apunta a incrementar un poder presidencial hipertrofiado, resultando ser una tentación autoritaria inaceptable.

Esto va mucho más allá del desencanto con la conducta de los parlamentarios y el rol que hayan jugado en determinado periodo. Si Piñera en su debilidad política, para reponerse se aprovecha de la impopularidad que cruza al Congreso Nacional daña al conjunto de la institucionalidad democrática, la que por el descrédito del sistema político también se encuentra debilitada.

Una vez más se demuestra que el poder de los gobernantes debe ser acotado a un periodo democráticamente decidido por la voluntad de la ciudadanía. Incluso, ese lapso de tiempo debiese ser por una sola vez.

Hay individuos que con poder se creen eternos, por eso, advierto que la tentación autoritaria es un peligro demasiado grande para la comunidad nacional.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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