La dirección clandestina y el orgullo de ser socialista

Como miles de militantes de la izquierda chilena viví las horas aciagas del derrumbe de la democracia y del derrocamiento del Presidente Salvador Allende, que fueron tan amargas como los años posteriores, que serían desoladores para Chile y su pueblo.

En la Juventud Socialista, liderados por Carlos Lorca, nuestro líder y Secretario General, la decisión fue resistir, no claudicar ante el uso y abuso de la fuerza, por eso, nos juntamos en liceos, universidades y fábricas, pero el fascismo logró imponerse y tras el golpe de Estado se desató una ola de muerte y terror contra el mundo popular.

A las horas del "putsch" la resistencia no soportó la furia del fascismo y fue ahogada a sangre y fuego, así llegó el desorden y la dispersión, allanamientos, arrestos masivos y ejecuciones de pobladores, sindicalistas, estudiantes y artistas populares; las organizaciones de izquierda fueron abatidas y descabezadas, los que no se sometían fueron apresados y/o asesinados, algunos conseguimos salir al exilio. Unos cuantos desertaron. El miedo se apoderó de Chile y se impuso la paz de los cementerios.

La derecha había logrado lo que se propuso, salvar su dominación. Arrastró a un sector de la población, a parte del centro político y a los implacables e inescrupulosos generales golpistas. No le importo arrasar la democracia. Así, había contar con férreas convicciones para tomar la tarea de llevar adelante la recomposición de un Partido Socialista perseguido, diezmado y además quebrado por las diferencias internas.

Hay un puñado de militantes que alcanzan esa estatura histórica, que su espíritu tiene ese coraje inmenso y que están presente en las circunstancias más difíciles, en el PS ellos fueron los miembros de la Dirección Clandestina, detenidos desaparecidos hasta hoy, los compañeros Exequiel Ponce, Carlos Lorca, Ricardo Lagos Salinas, Ariel Mancilla, y las compañeras Michelle Peña, Carolina Wiff, Sara Donoso, como innumerables socialistas que dieron su vida por la libertad y la democracia para Chile.

Fueron militantes en el más hondo sentido del término, que dieron continuidad histórica a la causa socialista y se entregaron a ella con todo. No claudicaron ante la fuerza de las armas y el control informativo de la dictadura. Con escasos recursos resistieron y sortearon, hasta junio de 1975, el cerco represivo y el aislamiento generado por su muy difícil situación en la clandestinidad.

No se fatigaron ni se rindieron ante la manipulación de la realidad por la dictadura. En Chile imperaba Pinochet, que incitaba y protegía la mano criminal del jefe de la Dina, Manuel Contreras, al mando de sadicos asesinos cómo el "guatón" Romo y otros profesionales de la muerte convertidos en los hijos predilectos del terrorismo de Estado.

En sus titulares, la prensa trataba de "ratas" a los militantes que eran ultimados, eran infamias para legitimar secuestros en los países vecinos que concluían con la ejecución en Chile de las víctimas de quienes nunca más se supo nada. Era la atroz criminalidad de la "Operación Cóndor", presentada cómo una gran victoria contra el "extremismo" y rendir pleitesía al dictador.

Fue una etapa de especial dureza para el socialismo y la izquierda chilena, en medio de la dispersión generada por la derrota, hubo deserciones, incluso delaciones y se sufrió la actividad de grupos fraccionales; pero, la Dirección Clandestina mantuvo su voluntad de lucha, los compañeros Ponce, Lorca y Lagos Salinas, entregaron su vida antes de caer en la deslealtad o la traición.

Su consecuencia y compromiso con el pueblo de Chile, su amor profundo y auténtico al socialismo y su indomable espíritu libertario sembró la semilla de la lucha democrática que fructificó, más de una década después, con la derrota de la dictadura y la restauración democrática, así, su ejemplo de lucha abrió el camino de la victoria futura.

Su legado nos compromete en reafirmar la lealtad socialista. Por eso, las ambiciones desmesuradas que socavan o rompen la institucionalidad partidaria nutren un canibalismo político que se desata en la lucha interna sin reparar en los daños que provoca, se trata de un fenómeno lamentable que se aparta del necesario respeto a nuestro patrimonio histórico.

La decisión de la Dirección Clandestina de entregarse por entero a rehacer un Partido destruido y acosado debe permitir tomar conciencia de la dimensión política y moral de su valor y consecuencia. No capitularon, jamás. Su memoria enorgullece el ser socialista.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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