La errática conducta de Piñera

En diversas regiones y países la humanidad atraviesa una etapa difícil, de inestabilidad y confrontación política, social, religiosa y étnica, cuya consecuencia ha sido una enorme inmigración de gran impacto, resultado inevitable de la inmensidad de la crisis vivida en esos lugares, lo que hace decisiva e imperiosa la acción de la comunidad internacional y la respuesta de cada Estado que forma parte de ella. 

Los millones de inmigrantes provocan diferentes respuestas, una noble y viva solidaridad en amplios sectores humanistas, pero también reciben el rechazo por el vacío moral creado por la despolitización y la apatía, donde se instala ese extraño pero agresivo temor a lo distinto que nutre la xenofobia y el racismo. Se trata de una de las dimensiones más nocivas de la globalización, cuando el horizonte de cada cual se reduce solo a lo individual. 

Parte de los efectos directos de este fenómeno ya se manifiestan, como el crecimiento de grupos conservadores de ultraderecha, en Europa y América, llegando al poder fuerzas o coaliciones políticas que no lo ejercían, cuyos liderazgos de fuerte discurso xenófobo y racista promueven un odioso rechazo contra las masivas corrientes de inmigrantes, manipulando en forma grosera su impacto en los países a los cuales se dirigen. 

Así la caída en los empleos por la conjunción de bajo crecimiento económico y de una inversión dirigida a la robótica y la tecnología digital - para precisamente aumentar la productividad reduciendo la contratación de trabajadores - resulta ser un proceso objetivo que se ignora, oculta, o minimiza en forma sistemática por los ministros de hacienda o sus portavoces, para deslizar la responsabilidad a la inmigración, más fácil de atacar y menos capacidad para responder este falso argumento. 

Esto también pasa con la excusa que la inmigración aumenta la delincuencia, cuando los estudios han reiterado varias veces que la presencia de inmigrantes en hechos delictuales es muy inferior a su participación porcentual en el país que les recibe. 

En ciertos retardatarios hay razones patológicas, de una intolerancia obsesiva hacia la diversidad, son los que en nuestro país, han llegado a decir que se afectaría la pureza de la "chilenidad", es el viejo conservadurismo oligárquico que contra toda evidencia y el sentido común señala que "el ser chileno" da cuenta de una "raza única", tratando estérilmente de otorgar una exclusividad racial y étnica ficticia a la comunidad nacional. 

A contrapelo de su propio alarde en la Asamblea General de Naciones Unidas, el Presidente de la República tomó personalmente la decisión de restar a nuestro país de la firma del Pacto Mundial sobre la Migración con argumentos insostenibles, tan confusos como infundados y falaces.

Como clara confirmación de su errática conducta, Piñera ahora tomó la moda de atacar a Naciones Unidas, rebajándose al nivel de funestos personajes del escenario mundial. 

Se trata de razones burocrático - administrativas dadas desde el ministerio del Interior, no se conocen sus autores, pero sí queda claro que un tema tan sobresaliente, finalmente, es resuelto por recomendaciones  de funcionarios sin la responsabilidad política de formular y dirigir la política exterior de Chile.

Lo más penoso es que muchos de los xenófobos son hijo/a o nieto/a de un inmigrante. 

Esta conducta no es nueva ni original, es un antiguo criterio de la burocracia de la derecha que hoy gobierna, una visión mezquina, de estrecha conveniencia, de desprecio a pueblos de diferente idiosincrasia, incluso de rasgos racistas, posición cuyo costo ha conmovido a la humanidad en diversas épocas. Lo triste es que aún así se decide en Chile.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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