Lecciones sobre la violencia

El jueves 16 de abril, durante la inauguración del año académico en la Universidad Federico Santa María en Valparaíso, la ministra Ximena Rincón fue interpelada e insultada por un asistente. La autoridad logró sortear la situación con rapidez, pero el episodio inevitablemente recordó otro, ocurrido apenas ocho días antes.

El 8 de abril, a la salida de una actividad similar en la Universidad Austral de Chile, la ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Ximena Lincolao, fue objeto de agresiones por parte de un grupo de manifestantes. Hubo empujones, lanzamiento de objetos y consignas que, en algunos casos, derivaron en descalificaciones personales. La escena obligó a la ministra a retirarse resguardada.

Más allá de las diferencias entre ambos hechos, hay un elemento común que resulta inquietante: este tipo de situaciones ya no nos sorprenden.

La reacción posterior también sigue un modus operandi. Se condenan los excesos, pero al mismo tiempo se relativiza su gravedad en función del contexto; se habla de episodios aislados, mientras la reiteración de estos hechos sugiere lo contrario. La violencia aparece así, de manera intermitente pero constante, como un recurso disponible dentro del repertorio de acción política.

En este escenario, cabe preguntarse por el entorno en que estas conductas se incuban y se validan. Espacios educativos que debiesen ser lugares de encuentro, discusión y formación, se transforman, en ocasiones, en escenarios donde la presión grupal, la consigna politiquera y la descalificación sustituyen al diálogo. Nuestros jóvenes, expuestos a manipulaciones retóricas, empiezan a aceptar estos discursos.

Y el problema no se limita al ámbito universitario. En las últimas semanas, distintos colegios han enfrentado episodios de violencia, amenazas de ataques y presencia de armas, configurando un cuadro más amplio que no puede ser leído únicamente como una suma de casos desconectados. El ataque ocurrido en Calama -con consecuencias trágicas- tensiona aún más este diagnóstico y obliga a mirar el fenómeno con mayor profundidad.

Frente a esto, la respuesta inmediata suele centrarse en medidas de control: mayor vigilancia, protocolos más estrictos, restricciones. Si bien estas herramientas son necesarias, difícilmente abordan un problema que es mucho más profundo: la violencia se ha vuelto a tolerar, en algunos sectores, como forma de acción y expresión política.

El diagnóstico parece apuntar a un progresivo debilitamiento de los vínculos sociales y comunitarios, además del principio de autoridad. Cuando el respeto deja de ser un mínimo compartido, y la diferencia se gestiona mediante la descalificación o la agresión, el espacio público se deteriora rápidamente. Lo que es fatal para cualquier cuerpo social.

Recuperar ese tejido -en escuelas, universidades y en la vida pública en general- es una tarea que excede a una autoridad o a un gobierno en particular. Supone fortalecer comunidades, revalorizar el diálogo y establecer límites claros y sin ambigüedades frente a la violencia. Y que también exige mirar con mayor detenimiento las emocionalidades que, como la frustración, la soledad o la desesperanza, son espacios fecundos para este tipo de discursos.

Si la violencia se vuelve costumbre, deja de ser noticia y pasa a ser la norma. Frenarla no es tarea de otros: empieza en cada espacio donde decidimos no tolerarla más.