Lo necesario es lo responsable

Luego de ser proclamada como candidata presidencial del Partido Socialista y dirigirse al país en forma telemática, Paula Narváez señaló que la política de lo posible "ya no da para más" y que se debía encarar el reclamo de dignidad y justicia enraizado en los más amplios sectores ciudadanos con una nueva mentalidad, lograr "lo necesario".

Presurosamente fue distorsionada. Hubo algunos que rasgaron vestiduras recurriendo a una exhibición narcisista de conocimientos universales en arduos ejercicios dialécticos que no vienen al caso. Otros, como zombis, desempolvaron el debate sobre el "marxismo-leninismo" de los años '80 del siglo pasado. Penoso.

En el núcleo de sus opiniones, Paula Narváez ha insistido que el gran desafío es responder al Chile "que emerge", su preocupación principal es responder a la multitudinaria movilización ciudadana escuchando, dialogando y configurando desde esas múltiples ideas, demandas y requerimientos, la propuesta necesaria para el Chile de hoy.

Lejos de plantear un radicalismo fuera de la realidad, señala que lo urgente es asumir los anhelos y quebrantos del Chile "que emerge" para plasmarlos en una propuesta inclusiva y transformadora, cuya ausencia o tardanza ha desgastado la legitimidad del sistema político. Hay que decirlo claramente en los límites del Estado subsidiario no hay cómo resolver el dilema de este ciclo histórico.

Se trata de aquel tantas veces postergado desafío-país de unir democracia y justicia, a través de un Estado social de derechos, lo que obliga a encarar lo que ya no se puede seguir evitando, el tiempo político no se puede estirar más y lo necesario de conseguir es una nueva conducción del Estado que no eluda la responsabilidad de una profunda reforma institucional, económica y social, este reto es el que está en el centro de la Agenda.

Por muy ampulosa que sea la retórica no se puede desconocer el descrédito del sistema político y el descontento social, tanto por las coimas e irregularidades que desnudaron a muchos corruptos, como por las decisiones que lo frenaron o paralizaron frente a hechos inaceptables como las privatizaciones fraudulentas del último tramo de la dictadura y otros yerros o concesiones que dañaron en forma profunda la democracia chilena.

En suma, hay que derrotar definitivamente el veto de la minoría oligárquica expresado a través de la amenaza del uso político de las fuerzas castrenses. El cerco de lo posible reducido a las fronteras de la desigualdad y los abusos que acentúan las injusticias ya no da para más. Esta certeza democrática no puede presentarse como "renegar" del pasado porque hoy lo responsable no es lo que fue "posible" ayer, sino que la urgente y necesaria transformación del objetivo estratégico para restablecer la legitimidad del régimen democrático, hoy socavada como nunca antes.

Lo que es claro es que el futuro de la democracia chilena obliga a deponer las barreras que perpetúan la desigualdad y han fracturado el país en un polo de opulencia y poder fáctico que acapara la riqueza creada por el trabajo social frente a la extensión de las carencias y penurias de la población en manos de una gestión económica sin ninguna sensibilidad social.

Asimismo, Chile tampoco puede seguir a merced de la discriminación, el mal trato y la brutalidad de la violencia policial, expresada en el crimen del joven malabarista Francisco Martínez, cometido el viernes pasado en el centro de Panguipulli, esa como tantas otras crueles acciones represivas han convertido la acción de Carabineros en una amenaza para la ciudadanía y un peligro cada vez mayor para la estabilidad democrática y la paz social. Ya no es posible seguir así, la situación no da para más. Con el Presidente de la República oculto y el Gobierno justificando asesinatos vergonzosos.

Por eso, a la derecha tradicional, la que siempre quiso lucrar más, como al agresivo sector ultraconservador, de corte fascista, les resulta inaceptable una visión transformadora que asuma el desafío de lo necesario. Los que apoyaron la dictadura y la imposición del modelo neoliberal en su versión ultra ortodoxa no podrían reaccionar de otra manera. Sus grandes beneficiados sitúan el límite de lo posible donde sirve y nutre su ambición ilimitada.

Pero también se remueven recelosos diferentes personeros de centro, los mismos que se intimidaron en múltiples ocasiones y retrocedieron cuando el veto fáctico bloqueó e impidió la concreción de necesidades urgentes de cambios estructurales que debía vivir el país. En lugar de aceptar las graves limitaciones que objetivamente se interpusieron frenando el proceso de cambios democráticos ahora caen en un error garrafal: Hacerse parte de un proyecto de dominación que no se logró erradicar, precisamente, por la armazón institucional que resulta indispensable remover.

No habrá una sola mirada sobre las últimas 4 décadas de la historia patria. Los énfasis son inevitables. Unos acentuarán lo que se hizo y otros lo que no se hizo. Unos mirarán las indecisiones y otros las realizaciones. Por los roles diversos tampoco las responsabilidades son idénticas. En lo personal, asumo la cuota que me corresponda. El balance definitivo no será unánime.

Sin embargo, las circunstancias históricas cambiaron radicalmente, ello resulta obvio y evidente, pero como gustaba repetir Clodomiro Almeyda, las cosas por sabidas se callan y por calladas se olvidan. El Chile de ayer y el de hoy en su realidad política son completamente diferentes. No es lo mismo que, en pleno estallido social, el general jefe de fuerza de la Región Metropolitana diga que "no estoy en guerra con nadie", a la conducta de un general pinochetista que, en 1990, siendo jefe de fuerza en la Parada Militar ofende ante todo Chile al Presidente Aylwin no saludándole como correspondía a su condición de Jefe del Estado.

Las provocaciones de Pinochet con intervenciones destempladas, acciones extra institucionales como "el ejercicio de enlace" y "el boinazo", o el desacato militar al resistirse al encarcelamiento de Manuel Contreras por el asesinato de Orlando Letelier en Washington, el brutal rechazo al Informe Rettig y la protección institucional a los violadores de los Derechos Humanos, son una enumeración de hechos que indican la coerción o el desacato castrense frente a la autoridad civil como parte de una etapa histórica en que "lo posible" fue enfrentar la pretensión de tutelaje del dictador y el núcleo de sus cómplices, con los que ejecutó el terrorismo de Estado, respaldado por los controladores de las corporaciones empresariales.

Ahora bien, el término acerca de "lo posible" al inicio de la transición no tiene el sentido político que fue adquiriendo después hasta convertirse en un conformismo que dañó severamente el curso de la transición democrática.

Ese nocivo conformismo no se sobrepuso a las carencias del proceso democrático sino que se limitó a esas fronteras y perdió el impulso de profunda transformación que debía experimentar la institucionalidad democrática y el tipo de desarrollo a impulsar en el país. En su contenido efectivo, el conformismo fue una irresponsabilidad porque dejó hacer las reformas o se resignó a postergar cambios que eran esenciales, verdaderamente indispensables.

Así se fue debilitando y perdiendo el apoyo social requerido para seguir avanzando en el reemplazo del Estado subsidiario y la derecha usó con habilidad tales debilidades recuperando el gobierno del país. Por eso, la nueva etapa no es la autocensura o la auto contención que derrumbaría definitivamente la legitimidad del régimen democrático, ahora hay que hacerse cargo de lo necesario para restablecer los soportes fundamentales que sostienen la democracia chilena.

Chile debe avanzar en ámbitos de su vida social, económica y cultural en que el progreso de la nación se detuvo por el capricho de un puñado de grandes financistas y hacendados que usaron en su favor el conformismo y la corrupción de una parte del sistema político. Hoy lo necesario es lo responsable, lo contrario es un callejón sin salida para Chile.

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