No eran dioses infalibles

La oleada neoliberal al término de la “guerra fría”, años 1989 y posteriores, se nutrió del derrumbe del comunismo y del colapso financiero del sistema de bienestar social, liderado en Europa y otras regiones, por partidos socialistas, socialdemócratas o nacionalistas de centroizquierda, como el caso de la India.

Asimismo, hubo países en que se produjo la crisis simultánea de los Partidos Comunista, Socialista y la Democracia Cristiana, como ocurrió, en el paso de los 80 al 90, en Italia, una crisis tan profunda del sistema político qué aún persiste. La potencia disgregadora del efecto ideológico neoliberal desbarató partidos que parecían invulnerables y devastó la fuerza del sentido colectivo y solidario del patrimonio de las naciones.

En ese contexto, las políticas públicas que bregaban por dar racionalidad al proceso económico-social y requerían una camisa de fuerza al descontrol del mercado, instalando barreras de contención a la incontrolable avaricia y la depredación de los recursos humanos y de la naturaleza como lógica de su funcionamiento, ese objetivo de bien común y sentido humanista, fue tildado incluso de ajeno a la raza humana, de antropólogicamente perverso, afirmaron sectores de integristas católicos.

Entonces, caído el comunismo, imbuidos de la soberbia de pensar que se llegaba “al fin de la historia”, con los “tanques rusos” en el campo neoliberal, cambió el “relato” ideológico de los conglomerados globales de las comunicaciones. 

El molde transmitido exaltó al individuo amoral, centrado sólo en si mismo, los valores fueron abandonados como absurdos y en la población se naturalizó el afán de consumo como sentido de vida, el que conlleva una irrefrenable avidez de adquirir y acumular mercancías, facilitando la acelerada rotación de las inyecciones de capital, destinadas a sostener la producción y reproducción del sistema e incrementar la especulación financiera.

A quienes dominaba la euforia por el auge de este sistema no les interesó el vacío moral creado por la ley de la selva que se fue imponiendo como forma de vivir, esa lógica perversa de que el que puede compra y el que no se aguanta como pueda, pero como el impulso de consumir es tan fuerte, un joven no se aguanta y asalta y mata por un par de zapatillas.

A comprar y consumir para vender y ganar sin límites. Así, se crearon fortunas de tantos ceros como una aberrante desigualdad que ha provocado un quiebre social y moral sin precedentes en la humanidad. Tantas veces ridiculizadas o desconocidas, las previsiones socioeconómicas del pensamiento de Marx, cobraron vida cada vez más intensamente.

En suma, el autoritarismo neoliberal quiso cubrir indefinidamente el escenario global, con un discurso político y cultural arrogante, que rendía culto a las virtudes excluyentes y totalitarias del “hacer dinero”, de ganar plata como fuera y de enriquecerse sin límites como proyecto de sociedad y de vida.

En esa dirección, el sistema global fue inundado con una sola idea-fuerza: la invulnerabilidad del mercado y la infalibilidad de los empresarios, se suponía que de ellos brotaba a raudales el dinero, eran la nueva cofradía de “iluminados” o escogidos. 

En Chile, el esfuerzo de la Concertación, de “crecimiento con equidad” bregó, contra la corriente libremercadista, con avances y retrocesos, en medio del oleaje global adverso y la oposición de la derecha, está última movida por una mezcla de ira ante la derrota política de la dictadura y de ese afán de ganancias que mueve a los suyos, incluido el “raspado de la olla” para el financiamiento irregular de las campañas electorales.

Así, un valor en la lucha contra la dictadura, el rescate de la solidaridad y la justicia social en la brega contra la pobreza y por un desarrollo inclusivo no logró anular el efecto de disociación social del impactante aumento de la desigualdad producto del incesante afán de hacer dinero rápido como la auténtica palanca del progreso humano.

Las voces que denunciaron a los “chupasangre”, y que alertaron de la extrema desigualdad y la fractura social en ciernes fueron rechazadas o ninguneadas por el preponderante poder mediático de los ansiosos de hacer dinero fácil y rápido.

La cultura neoliberal trasmitió que en los dueños de los activos financieros, raudos para ir y venir comprando o vendiendo, pero impulsados por la sed de ganancias radicaba la llave maestra del futuro de la humanidad, se les debía “cuidar”, ofrecer seguros y garantías por su disposición “a tomar riesgos” y jugarse por sus negocios, como fuera, pero tras el dinero, el mismo qué pasó a definir la medida del éxito en la vida y la sociedad.

Incluso el espíritu de rapiña que acompaña a muchos que quieren hacerse ricos de un día para otro, fue presentado como afán de jugarse por lo que se cree en una especie de nuevo credo espiritual, o sea, la conducta depredadora fue convertida en romántico idealismo.

El tema central de ese arquetipo es el dinero, encontrarlo, sacarlo de donde sea y acumularlo para ingresar al circuito infinito de amasar más y más cada día. 

Así, de las finanzas y la industria, los servicios y el comercio, pronto se posó la atención en una actividad social que estaba en condiciones de producir millones como pocas, el deporte en general, y en Chile, el fútbol en particular. Como además las estructuras y/o entidades que lo dirigían tenían serias dificultades o desavenencias, entonces, los infalibles -en apariencia - dueños del dinero debían hacerse cargo de este espléndido e increíble “negocio”.

No importó que no fuera de su agrado el equipo respectivo, cambiar de camiseta no fue impedimento, o que los recién expertos futboleros al ir a conocer los estadios confundieran un atacante con un defensa, el dinero comprando acciones vendría a resolver los problemas que se presentaran en el camino. La marea de la codicia irrefrenable fue un tsunami. 

En 2009, la crisis “subprime” cayó cómo inoportuna luz roja en la farra de la especulación mercantilista. El sistema global se sacudió, muchos vieron un impacto similar a la Gran Depresión de 1929, pero el enorme stock de activos financieros en poder del Estado en China se movilizó para salvar el Occidente que se tambaleaba. De esa parte poco se dijo, que un Estado llegó a salvar el mercado. Fue una tremenda señal que pronto comenzó a ser olvidada.

Ahora, en un club de fútbol la renuncia de su dueño-presidente, como tantos otros casos, indica que complejas y diversas actividades sociales, como el deporte, exigen un mínimo de respeto hacia quienes las han seguido y cultivado a lo largo del tiempo.

Se puede tener dinero en grandes cantidades, pero ello no otorga la infalibilidad que algunos creyeron poseer en minutos de euforia.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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