¿Por qué un sistema de monitoreo para la falla San Ramón?

Hace dos semanas la ONEMI y la Universidad de Chile firmaron un convenio –histórico- que permitirá implementar un sistema de monitoreo sísmico-geodésico permanente de la Falla San Ramón, una ruptura que cada cierto tiempo es capaz de generar terremotos, rompiendo la corteza terrestre para montar el bloque cordillerano sobre la Depresión Central del valle de Santiago.

De acuerdo a estudios realizados en los últimos 15 años, esta es una falla sísmicamente activa, es decir, se ha podido detectar sismicidad compatible, tanto en profundidad como en la física del origen de los sismos, con su estructura geológica. Además es geológicamente activa, con los últimos dos grandes terremotos, que incluso han dislocado varios metros la superficie del suelo, hace 17.000 años y el último hace 8.000 años atrás.

Recientemente, fallas similares a ésta han sido capaces de generar terremotos superficiales y de fuente cercana, con magnitudes relativamente más bajas que las que acostumbramos a esperar de grandes terremotos de subducción en Chile, como por ejemplo el 8,8 en 2010, pero capaces de generar intensidades –y daño local- mucho mayores.

Ejemplos de estos últimos son los de magnitud 7,3 en El Asnám, Algeria, en 1980; de magnitud 6,7 en Northridge, California, en 1994, o el de magnitud 7,6 en Chi-Chi, Taiwán,en 1999, sólo por nombrar algunos.

Usualmente escuchamos, y con razón, que la ciencia es aún incapaz de predecir los terremotos, dado lo cual es plausible preguntarse ¿por qué invertir entonces recursos, tiempo y esfuerzos en la implementación de un sistema de monitoreo? Al respecto quisiera plantear la siguientes perspectivas.

La implementación de este sistema de monitoreo nos permitirá acceder a observaciones geofísicas de modo tal de conocer mejor la estructura geológica de la falla, su tasa de sismicidad y, en un plazo más largo, su tasa de deformación, todo lo cual nos arrojará mayores luces en relación a la magnitud e intensidad de los terremotos que de ella podemos esperar.

Porque a veces estos objetos tectónicos avisan antes de generar un gran sismo, incrementando la tasa de sismicidad o de deformación, y entonces este sistema, al mantenerse en el tiempo, eventualmente nos dará más chances de estar mejor preparados para cuando ello ocurra.

Porque más allá de lo puramente técnico, por primera vez la comunidad científica en colaboración con los organismos gubernamentales y con apoyo de la autoridad política, se ocupan sinérgicamente y de modo integral, en una iniciativa que propende a mitigar el potencial impacto de un fenómeno del cual no tenemos antecedentes claros en tiempos históricos, es decir, donde todo está por hacer en materia de prevención, planificación y protección civil.

Sin duda este es sólo un paso, y mucho habrá que realizar en cuanto a la necesaria revisión y modificación de normativas tales como el Plan Regulador Metropolitano de Santiago (ya iniciado con el “Estudio Riesgo y Modificación PRMS Falla San Ramón”, Seremi Minvu, 2012), la Norma Sísmica NCh433 (que rige la construcción en esta materia en nuestro país), como por supuesto en educación y diálogo con la comunidad. Es decir, en acciones que propendan a una ciudad cuyo desarrollo sea mejor planificado, sustentable y resiliente.

Tal vez lo último sea lo más relevante, pues una iniciativa como ésta nos pone en perspectiva de futuro, nos saca de la contingencia para levantar la vista y mirar hacia el horizonte, para pensar en qué sociedad queremos legar tanto a ésta como a las futuras generaciones y probablemente ése sea su mayor aporte, esperanza.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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