La confianza pública se parece al vidrio: cuesta construirla, puede quebrarse en segundos y, cuando se ensucia, deja de ser transparente. Quienes ejercemos cargos públicos debemos entender algo muy simple: representar a los ciudadanos no es un privilegio ni un cheque en blanco. Es una responsabilidad que exige estar dispuestos a ser observados, fiscalizados y evaluados con estándares incluso mayores que los que exigimos al resto.
Por eso respaldo la reforma constitucional impulsada por el Gobierno que busca establecer controles de drogas para distintas autoridades y que, ante un resultado positivo por consumo de sustancias ilícitas, pueda producirse la cesación en el cargo conforme al procedimiento que determine la ley. La razón es sencilla: el poder público debe tener paredes de vidrio.
No podemos exigir controles y cumplimiento de normas a los ciudadanos y, al mismo tiempo, levantar una muralla cuando esos controles llegan a la política. Tampoco podemos jugar en una cancha donde quienes hacen las reglas terminan teniendo reglas distintas.
Mi postura sobre esta materia no es nueva. Cuando la Cámara implementó estos controles, los respaldé y también me sometí al examen periódico y aleatorio de drogas. Mi resultado fue negativo. No porque alguien deba felicitarme por eso, sino porque considero que es lo mínimo que corresponde a quien ejerce una responsabilidad pública.
Pero esta discusión va mucho más allá de un examen. El problema de fondo es la confianza. Durante demasiado tiempo la política ha pedido a los ciudadanos que crean en sus autoridades. Creo que debemos invertir esa lógica: no tenemos que pedir confianza; tenemos que ganárnosla.
Y la confianza se gana abriendo las puertas, aceptando controles y entendiendo que un cargo público jamás puede transformarse en un escudo frente a las exigencias que imponemos a los demás.
Como diputado de la Región de Los Ríos, tengo claro que detrás de cada voto hay una persona que depositó parte de su confianza en nosotros. Esa confianza no nos pertenece. Está en préstamo y debemos responder por ella todos los días.
La transparencia no consiste en decir que el vidrio está limpio. Consiste en permitir que todos puedan mirar a través de él. Y en política, quien no tiene nada que esconder, tampoco debiera tener miedo de ser fiscalizado.