Cuando se inicia septiembre de 2026, algunos con nostalgia recordamos el programa de la Unidad Popular y como éste crecía en la aprobación ciudadana, no se puede olvidar que en las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, la Federación de Partidos de la Unidad Popular que presidía don Rafael Agustín Gumucio, destacado dirigente de la Izquierda Cristiana, logra 44,23% de los votos en la Cámara de Diputados y 46,56% en el Senado, a solo meses del fatídico golpe civil y militar. Era una forma del pueblo de desmentir que era una amplia mayoría quien se oponía al gobierno popular.
Qué fue lo que sucedió en Chile y su gente entre 1974 y 2025, después de tanto horror, opresión e indignidad, que el 2026 un seguidor del dictador Augusto José Ramón llega a La Moneda, con 58,1% de las preferencias, ello no fue un accidente, ni un capricho del electorado. Fue la culminación de un proceso donde la frustración popular, el cansancio con el reformismo timorato y la ausencia de un relato alternativo creíble, abrieron la puerta al proyecto económico y cultural más regresivo desde el "retorno" a la democracia. Pero condenar a Kast es fácil. Lo difícil, y lo urgente, es entender que su triunfo es también el espejo de nuestra propia derrota.
El gobierno de Kast no disimula su agenda: ajuste fiscal brutal, rebaja de impuestos a las grandes empresas y desmantelamiento del Estado bajo la excusa de la austeridad. Su "Plan de Reconstrucción Nacional" propone reducir el impuesto corporativo de 27% a 23%, un regalo millonario a los sectores más concentrados de la economía, mientras recorta presupuestos en salud y educación. Ahora propone un estado de excepción constitucional que vulnerará gravemente los derechos los derechos humanos, una suerte de "dictadura constitucional" en palabras de Fontaine.
No hay misterio: es la misma receta que ya conocemos, la que gestó la dictadura. Pero hay algo más profundo. Este no es un gobierno que simplemente aplica políticas neoliberales. Es un gobierno que ha logrado instalar la narrativa de que "el Estado está quebrado", que no hay plata para lo público, mientras simultáneamente pide al Congreso aumentar el endeudamiento en más de 30%. La contradicción es flagrante: hay recursos para salvar a las empresas, pero no para salvar a las personas.
El capitalismo que Kast pretende consolidar no es el de Adam Smith, ni el de la libre competencia. Es el capitalismo de los privilegios para unos pocos, donde el riesgo se socializa y las ganancias se privatizan, donde el mercado se convierte en religión y el bien común en herejía. Pero sería un error, y una falta de honestidad intelectual y política, cargar toda la responsabilidad sobre Kast. La izquierda chilena ha sido, en gran medida, cómplice por su propia irrelevancia.
¿Dónde estaba la izquierda cuando el descontento social ocupaba las calles de Chile? Fragmentada, dividida, atrapada en disputas internas y gestos simbólicos que no lograban traducirse en políticas concretas. La izquierda no ha sido capaz de impedir que el mercado invada esferas que debieran ser del dominio de lo público. Su fracaso no es solo electoral; es político y cultural.
El gobierno del presidente Boric traicionó su programa y se alineo con un modelo neoliberal maquillado, con todas sus buenas intenciones (que presumimos las tuvo), terminó atrapado entre la promesa de cambio, a la que renunció rápidamente, y la alianza con sectores conservadores. Las reformas se diluyeron en el Congreso, la nueva Constitución naufragó, y la ciudadanía percibió que el "cambio" era más una consigna que una transformación real. La "izquierda" del presidente Boric no supo gobernar para el pueblo, es emblemático, entre muchas otras: su alianza con la política internacional de Trump, su primera reacción frente al genocidio del pueblo palestino, la firma del TTP 11, la militarización de la Araucanía y la ley Naín-Retamal.
El problema no es que la izquierda haya perdido las elecciones. El problema es que perdió el relato. Dejó de interpretar a las mayorías y de interpelar a las minorías ricas, se encerró en sus propias certezas. Mientras el pueblo pedía respuestas concretas, la izquierda ofrecía declaraciones que no suponían un programa de izquierdas. Para construirlo es necesario imaginar a lo menos cinco ejes.
Primero, recuperar la capacidad de soñar, imaginar. Como ha señalado Mark Fisher, una de las mayores victorias del capitalismo ha sido convencernos de que no hay alternativa. La izquierda debe atreverse a soñar con un mundo distinto, no como utopía ingenua, sino como proyecto concreto. Segundo, construir alianzas desde abajo. El movimiento social chileno sigue vivo, pero desarticulado. La izquierda debe volver a los territorios, a las organizaciones de base, a los sindicatos y a las juntas de vecinos. No para "conducir" el descontento, sino para contribuir a su articulación.
Tercero, abandonar el extractivismo. Chile no puede seguir siendo la despensa del mundo. El modelo de crecimiento verde no es la solución, es la misma lógica colonial con otro nombre. Una vía poscapitalista pasa por romper con la dependencia de la exportación de materias primas y construir una economía soberana, diversificada y al servicio de las necesidades humanas. Cuarto, recuperar lo público. No se trata de estatizar todo, sino de devolver al Estado su capacidad de planificar, regular y redistribuir. La salud, la educación, la vivienda y el trabajo deben ser derechos, no mercancías.
Quinto, abrazar la complejidad. La izquierda debe aprender a hablar en un lenguaje que la gente entienda, a reconocer sus errores y en palabras del papa Francisco construir puentes, donde hoy hay muros. El sectarismo es un lujo que no podemos permitirnos.
El poscapitalismo no llegará por decreto, ni por una revolución iluminada. Llegará, por la acumulación de experiencias y esperanzas, la construcción de alternativas, la capacidad de convertir el descontento en proyecto y la indignación en organización. Ese es uno de nuestros homenajes al presidente Salvador Allende: recuperar la capacidad de soñar.