Un gobierno al que no le importa el dolor

Su obsesivo afán de protagonismo llevó a Sebastian Piñera, en febrero de 2019, a Cúcuta, Colombia, ciudad fronteriza a Venezuela donde se presentó como líder de una ofensiva continental para echar abajo a Nicolás Maduro. Su delirio de grandeza le mostraba radiante, en éxtasis. Pero, al no haber en la situación venezolana el vuelco que tan ampulosamente proclamara tuvo que decir, "vamos a seguir recibiendo venezolanos en Chile".

Así como instrumento de política interna, Piñera estimuló la crisis migratoria que se vive en el norte del país, en particular en Colchane, donde un flujo de personas provenientes de Venezuela, Colombia, Perú y Bolivia llegó tras el afán de ingresar a Chile y asentarse en el territorio nacional.

Después de cruzar el continente en medio de penurias inenarrables, con largos tramos a pie, los migrantes han debido enfrentar las duras condiciones climáticas del árido desierto cordillerano y sus fríos nocturnos, luego de la violencia de todo tipo que han sufrido, se encuentran con el drama de una comuna situada a 3.600 metros de altura que en lo material no está en condiciones de recibirlos y la deslealtad del gobernante que sembró la ilusión que serían acogidos y obliga al cierre militar de la frontera.

En suma, se desató una tragedia que abraza y estremece a miles de personas, unas que corriendo el peligro y la incertidumbre del desarraigo han sufrido penurias hasta quedar atrapados en condiciones duramente adversas, y las familias chilenas residentes que también se encuentran de pronto en una realidad inesperada porque la presión migratoria no tiene posibilidad de ser resuelta con los medios, recursos e infraestructura allí disponible.

En definitiva, se enfrentan circunstancias adversas, impensadas hasta hace muy poco. ¿Cuál es la respuesta del gobierno? La misma negligencia habitual y reiterar el mismo procedimiento que ha usado hasta el infinito: despachar un decreto a la Contraloría General de la República para desplegar un dispositivo militar en la frontera.

En esa línea de conducta, de recurrir a viejas e ineficaces tácticas para "poner orden", la gira de tres ministros a Colchane se convirtió en un azote del poder burocrático del Estado para anunciar la expulsión de un centenar de migrantes provenientes, según se dijo, de Venezuela y Colombia. Lo penoso se vio a las pocas horas, una larga fila de personas esposadas, cubiertas de un mameluco blanco, cada una de ellas custodiada por un efectivo de la PDI, que eran subidas a un avión de la FACH.

¿Era necesario ese humillante procedimiento? Un juicio sereno sobre estos hechos indica que NO, que este "gustito" que se dio Piñera quedará como uno más de tantos hechos aberrantes ejecutados por una autoridad insensible, motivada por cualquier cosa, menos de respetar el himno nacional cuando proclama que Chile será "el asilo contra la opresión".

Más parece un Estado controlado por una casta violentista que gusta conmocionar al país con inusitados abusos de poder, porque más de alguna vez parecen golpes de autoridad con la intención de provocar más violencia y no de evitarla, una autoridad enfurecida que no tiene otro modo de gobernar que no sea la constante provocación a la ciudadanía.

Ahora bien, esta autoridad tan prepotente con el débil se acobardó ante la inconstitucional deliberación del Alto Mando de Carabineros que le hace ver su "incomodidad" por declaraciones de la ministra Rubilar, que habló de la "refundación" de la institución ante la seguidilla de actos de inusitada brutalidad policial. La cobardía gubernamental fue penosa, simplemente no respaldó a la ministra y balbuceó una excusa inentendible.

Así también, los agresivos e intolerantes miembros del poder central humillaron a la autoridad local ignorándola en su paso por Colchane. No les importó atropellar su doble condición de representante comunal y del pueblo aimara. En su infinita soberbia olvidaron que no hay enemigo chico y el alcalde denunció con valentía esa bajeza propia de quienes no respetan las obligaciones de su propia investidura.

Pero horas después llegó algo aún más insólito, el anuncio del Canciller que los migrantes en situación irregular no recibirían la vacuna contra el Covid-19, ese acto de inusitada violencia estatal, una vergüenza para Chile, levantó una ola de indignación tan enorme que tuvo que ser desestimado al día siguiente. Jugar con la vida de decenas de miles de personas constituía un abuso de poder deleznable que el país rechazó terminantemente.

Es decir, solución de fondo ninguna. Una total ineptitud, tanto para las familias migrantes desesperadas en un callejón sin salida como para los hogares chilenos que viven una situación dramática por los delirios de grandeza del gobernante que prometió la publicitada visa de "responsabilidad democrática" sin tener la menor voluntad de cumplir con su implementación.

Sin embargo, Piñera sigue con su doble discurso, promete visas que no existen, en un juego siniestro que solo atrapa familias migrantes que luego son rechazadas en las alturas cordilleranas, porque al salir de su silencio esta semana por una parte reitera que las desesperadas familias que llegan a nuestras fronteras son "bienvenidas", pero por otra agrega la consabida "letra chica" señalando que deben hacerlo de modo "legal", condición que se les niega.

Es la típica pillería del abuso del poder, dar y quitar, total las penurias de las personas no importan. Así el descrédito de la política es cada día mayor, al fin de cuentas, que puede esperar la ciudadanía de este tipo de gobernantes.

Mientras tanto, la crisis humanitaria en el continente seguirá agravándose, esa es la dura realidad, no hay en la conducción política de las naciones latinoamericanas directamente involucradas, el liderazgo que actúe con la responsabilidad que se requiere para lograr una respuesta conjunta a tan grave encrucijada. Hoy se necesita una mentalidad de cooperación que no existe.

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