En los últimos 50 años gran parte del pensamiento de la derecha chilena fue capturado por el economicismo y la versión negativa de la subsidiariedad. El debate de ideas pasó a ser algo inútil, negando la rica cultura liberal-clásica, nacional-popular, liberal-cristiana y socialcristiana. Renunciamos a la reflexión política, era más atractivo el "cosismo", hijo de la doctrina neoliberal. Dichas ideas generaron reformas en la dictadura, pero no solidificaron una mayoría social y política.
El economicismo de Chicago y el libertarismo austriaco llegaron a Chile en dictadura, pero que la derecha democrática los asumió como propios sin mayor examen crítico. Ambas escuelas, en su versión radical -la que reduce el Estado a un mal necesario- desconocen la realidad de un país cuya única gran riqueza exportable fue durante décadas administrada por el Estado, y cuya clase media fue construida por la educación y la salud públicas.
El Estado no es un mal necesario, sino el garante de la comunidad política. No es el enemigo del orden, sino su resguardo. Valorar la autoridad, la seguridad ciudadana y las fronteras supone entender que estas cosas no se sostienen con la mera iniciativa privada, sino con instituciones públicas fuertes y una administración que no se avergüence de ejercer su rol regulador. Reducir a quienes promovemos un Estado vigoroso pero eficiente a ser socialdemócratas o de izquierdas es una caricatura deshonesta y mal intencionada.
Debemos volver la mirada a esa derecha chilena histórica que privilegia el pragmatismo por sobre la ideología. Las políticas económicas deben promover la libre empresa y también mitigar las amenazas al interés nacional. Esta flexibilidad permite alternar entre mercado y Estado según el contexto, porque la política debe imponerse sobre la lógica económica pura. No se trata de rechazar la empresa privada, sino subordinarla a objetivos nacionales, culturales y de soberanía.
El "individualismo metodológico" de libertarios y minarquistas supone la ausencia de un bien común, pues para ellos la sociedad es apenas el resultado de acciones individuales. Esa premisa es incompatible con cualquier noción de comunidad política. El Estado, limitado por el Estado de Derecho y enraizado en la comunidad nacional, no es el enemigo de la libertad, sino su condición de posibilidad.
La derecha puede y debe defender la cohesión social y la movilidad sin ceder al igualitarismo radical ni al individualismo extremo. Un Estado fuerte -no hipertrofiado- que proteja la soberanía frente a los poderes financieros globales, que regule los monopolios y garantice que ningún poder privado imponga su voluntad arbitrariamente, amplía la libertad real. Los mercados sin regulación no producen libertad: producen dominación de unos pocos.
La libertad requiere fronteras, la prosperidad requiere reglas y la autoridad legítima es el antídoto contra el caos. Si la derecha chilena sigue viendo al Estado como un intruso, seguirá perdiendo el centro político y capacidad de definir el futuro del país. Una derecha que no teme al Estado no es populismo ni estatismo. Simplemente es un signo de realismo y vocación de mayorías.