El magisterio del papa Francisco revitalizó el concepto de una Iglesia Católica que no se mira al ombligo, sino que camina por las periferias, una iglesia que reconoce en los movimientos populares no a meros receptores de caridad, sino a sujetos políticos y sociales responsables de su propia redención.
En Chile, es imperativo mirar hacia los '60, '70, '80, un tiempo donde la Iglesia Católica tomo clara posición desde y con los/las perseguidos, una de las expresiones más claras de este compromiso se produce cuando el cardenal llega a acompañar a la población La Victoria, el día en que Carabineros asesinó al padre André Jarlán, y un periodista le pregunta: "¿Qué le parece todo esto?", él con su voz seria y grave, tan característica, le responde: "Me parece que como han muerto tantos, que muera un sacerdote también está bueno, nosotros debemos morir junto al pueblo".
Figuras como Raúl Silva Henríquez, Enrique Alvear y Jorge Hourton no solo fueron jerarcas de la iglesia; fueron la voz de los que no tenían, voz que cuando el poder intentó silenciarlos permanecieron en su rol profético.
Raúl Silva Henríquez, "el cardenal", comprendió que la paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de la justicia. Su creación de la Vicaría de la Solidaridad fue la respuesta institucional más potente contra la opresión, convirtiendo a la iglesia en el único refugio posible frente a la violación sistemática de los derechos humanos. El cardenal encarnó la iglesia que defiende la vida, no como un concepto abstracto, lo hizo en la figura de la y el perseguido.
Por otro lado, Enrique Alvear llevó la profecía a una dimensión cotidiana. Su vida en la zona oeste de Santiago, lejos de los palacios episcopales, simbolizó el compromiso absoluto con el mundo popular. Alvear no hablaba por los/las pobres, vivía con ellos/as. Su estilo pastoral prefiguró lo que el papa Francisco después denominó "el olor a oveja", una presencia que no juzga la precariedad, sino que la habita para transformarla.
Jorge Hourton, con su agudeza intelectual y compromiso inquebrantable, aportó la base teológica y la valentía pública para denunciar las idolatrías del mercado y de la violencia. Monseñor Hourton fue el puente entre la academia teológica y la lucha callejera, recordando siempre que una iglesia que no es perseguida por los poderes de este mundo difícilmente está siguiendo el camino de Jesucristo.
El papa Francisco recogió este legado latinoamericano para proyectarlo al mundo. Sus encuentros mundiales con movimientos populares -cartoneros, campesinos, recicladores, sin techo- marcan un hito en la historia del Vaticano. Para Francisco, la solución a los males de la "casa común" no vendrá de las élites financieras, ni del chorreo económico, sino de la organización de los excluidos.
La iglesia chilena de ese tiempo fue una iglesia perseguida, porque se atrevió a cuestionar la estructura misma de la propiedad y la violación que el sistema generaba en contra de la dignidad humana. El papa Francisco pidió a los cristianos que se unan a estas luchas, que hagan ruido, no como líderes externos, sino como compañeros de camino.
Ser una iglesia profética implica, necesariamente, ser una iglesia incómoda. Los profetas no eran adivinos del futuro; eran denunciantes del presente. En el contexto chileno, esto se tradujo en una comunidad eclesial que sufrió allanamientos, expulsiones y el martirio de sacerdotes, monjas y laicos. La persecución no era un accidente; era la prueba de que el mensaje de igualdad y justicia social estaba tocando las bases del poder establecido.
En un mundo donde la desigualdad se ha sofisticado, el llamado a una iglesia pobre y perseguida es un desafío a la institución misma. Los movimientos populares representan la "resistencia espiritual" contra la cultura del descarte. Cuando el papa Francisco denunció el sistema que "mata", estaba de algún modo, haciendo eco de las homilías del cardenal Raúl Silva Henríquez que recordaban que en "el alma de Chile" está la justicia social.
Todo lo anterior para decir que se extrañan esos profetas-pastores de la Iglesia Católica chilena, hoy no se oye la voz de nuestros obispos frente a los claros retrocesos sociales que busca provocar el Presidente Kast y su gobierno. Se bajan o eliminan al menos 112 programas en Educación, Salud, Desarrollo Social, Justicia y Cultura. Se afecta, por ejemplo, la alimentación en jardines infantiles, la atención primaria de salud, las becas estudiantiles, "Calles sin Violencia", el Programa Contra el Crimen Organizado, prevención del suicidio, difusión y fomento de las culturas indígenas, programa de Derechos Humanos, etc.
En contraste, desde el gobierno persisten en bajar los impuestos a las grandes empresas y a los super ricos. Se suman acciones de castigo, autoritarias y de corte económico regresivo a través de iniciativas como el plan de "reconstrucción nacional" y "escuelas protegidas". Frente a estas medidas que está tomando el gobierno de Kast, que afectarán a millones de niñas/os, adolescentes, adultos mayores y población vulnerable, no se oye el clamor de los pastores en defensa de los más pobres y desposeídos, no aparece su denuncia profética que con claridad señale que esas políticas se alejan de los principios cristianos y que son un insulto al dios de los oprimidos. Los obispos chilenos callan.
El camino que marcó Jesús, el Concilio Vaticano II y que restauró Francisco nos invita a redescubrir esa mística de la calle. Los movimientos populares son el lugar teológico del siglo XXI. Allí, donde se lucha por el agua, por el derecho a la ciudad y por la dignidad del trabajo, es donde el espíritu se manifiesta. Una iglesia que sabe que ser perseguida por el poder es, irónicamente, el mayor signo de que está en el camino correcto. "Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí" (Mateo 25:34–36)