"In God we trust"

El último episodio de "Euphoria", la serie de HBO, se titula "In God we trust" y no es casual. Durante tres temporadas la serie construyó uno de los retratos más descarnados y perturbadores de la adolescencia contemporánea. No es defender una serie que tiene imágenes deliberadamente brutales, con escenas de gran violencia, sexualidad explícita que en más de una ocasión parece más exhibicionismo que narración, y un modo de retratar el consumo de drogas con una estética tan cuidada que puede fascinar donde debería advertir; pero, en su afán de no mirar para otro lado, reversa su temporada final hacia algo que nadie esperaba: creer en Dios.

Rue Bennett, la protagonista adolescente adicta al fentanilo, con una profunda depresión desde que murió su padre, alguien a quien nadie -tampoco ella misma- creía capaz de nada parecido a la conversión, comienza a escuchar la Biblia en un podcast mientras conduce sola de noche hacia lugares peligrosos. Lo hace desde la desesperación de haberse convertido en una mula que transporta drogas y haber perdido a su familia debido a esto. Son en esas palabras sagradas las que misteriosamente la van transformando por dentro, en silencio, como cuando Rue entra a una iglesia vacía y le dice a su madre: "Supongo que, si Él existe, entonces también existe la redención. Solo quiero empezar de nuevo".

La pregunta de perogrullo, dada la trayectoria de la serie, es ¿si una obra que normalizó durante temporadas completas imágenes poco positivas tiene hoy la autoridad moral para terminar hablando de gracia y de Dios? Sin duda las respuestas serán disidentes, sin embargo, muchas veces olvidamos que en la Sagrada Escritura misma es narrada desde vidas rotas, desde protagonistas que no merecen el papel que se les asigna. Es Dios quien no espera condiciones de entrada y por eso se vuelve al menos interesante el hecho de que entre tanta escena mundana, el nombre de Dios y su salvación haya empapado una serie tan famosa como "Euphoria".

En "Magnifica Humanitas", la encíclica preponderantemente antropológica que el papa León XIV entregó recientemente, se ofrecen algunas claves para leer todo esto con mayor profundidad. El documento nos recuerda que "la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse, ni ser demostrada" (MH, 53), sino que es una realidad inscrita en la persona antes de cualquier mérito, resistente a cualquier fracaso. La dignidad de Rue no depende de merecer la redención divina, esto estaba inscrito en ella antes de nacer y su conversión tardía siempre será bienvenida por Dios, como en la parabola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32), la gracia no espera al pecador en la puerta para examinar sus méritos: corre a su encuentro cuando todavía está lejos.

Rue llega tarde, sí, pero no llega fuera del alcance de Dios. Es su propia historia, que representa a la de tantos otros, de una adicción nunca superada que la lleva a la muerte en soledad, pero con miras a conocer al verdadero Dios; la que nos muestra que "el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios" (MH, 7).

¿Somos capaces entonces, de extender esta misma lógica a la vida concreta? ¿De reconocer la acción de Dios en los lugares más oscuros y que no queremos ver? Está en nosotros levantar la cabeza y observar al joven que busca a Dios en un podcast porque nadie se lo enseñó de otra manera. Del que llega a la fe por la ventana porque no cree que le está permitida la puerta. La vocación cristiana es ante todo la creencia en que la dignidad humana no es un principio abstracto: es una llamada concreta a poner a la persona en el centro, a reconocer en el otro la huella de Dios, y a custodiar lo valioso de su humanidad, aunque no nos pertenezca.

In God we trust. No solo como título de un episodio de una serie, sino que como la convicción de quien ha aprendido a ver fuego en lo ordinario, a custodiar lo bello, aunque no le pertenezca, y a sonreír cuando abre un sobre sin saber lo que viene.