La revolución de los invisibles: resistencia ética en la era de algoritmos y polarización

Los procesos electorales recientes en América Latina evidencian la consolidación de opciones de derecha radical que, mediante discursos polarizantes, un marcado nacionalismo y agendas que debilitan los consensos democráticos tradicionales, plantean una interrogante ineludible para las comunidades de fe y la sociedad civil: ¿Cómo responder ante las derivas del neofascismo y la deshumanización? Los discursos de poder instrumentalizan símbolos religiosos para cohesionar bases electorales bajo la supuesta "defensa de los valores tradicionales"; sin embargo existe una historia paralela, que se forja en el día a día: la historia de los sencillos, de los invisibles, cuya existencia se convierte hoy en un acto de resistencia cultural y espiritual indispensable.

Esta resistencia no es ajena a la voz de la Iglesia Católica. Así como a finales del siglo XIX el papa León XIII denunció la explotación de la revolución industrial en su histórica "Rerum Novarum", hoy el pensamiento católico sale al encuentro de las nuevas formas de explotación del siglo XXI. En la actualidad, el magisterio social se levanta contra dos grandes amenazas entrelazadas: para el papa Francisco, la degradación social y de la naturaleza no son problemas independientes, sino dos caras de la misma moneda. Francisco criticó con dureza el modelo económico global, al que describía como impulsado por un "consumismo desenfrenado" y una "cultura del descarte", sumado a la deshumanización tecnocrática advertida recientemente por el papa León XIV.

El papa Francisco fue categórico al denunciar la "cultura del descarte", un modelo tecnocrático y financiero que considera prescindibles a los más débiles de la sociedad (Laudato Si, 21y 22).

Frente a los discursos neofascistas que se alimentan de la fractura social y el odio al oponente, Francisco nos recuerda en "Fratelli Tutti" que: "Hay reglas económicas que resultaron eficaces para el crecimiento, pero no así para el desarrollo humano integral. Aumentó la riqueza, pero con inequidad, y así lo que ocurre es que «nacen nuevas pobrezas». Cuando dicen que el mundo moderno redujo la pobreza, lo hacen midiéndola con criterios de otras épocas no comparables con la realidad actual" (Fratello Tutti, 21).

En un mundo obsesionado con la inmediatez, el éxito medido en likes, el capital acumulado y plataformas políticas que justifican el autoritarismo, ser "sencillo" es un acto revolucionario. El núcleo de la fe cristiana invita a una firme resistencia ética frente a cualquier sistema que deshumanice al prójimo.

La respuesta a esta crisis no proviene de la búsqueda de reconocimiento, ni del ruido mediático. Son los "invisibles", quienes la dan, que no son personas que no tengan voz, sino seres humanos a quienes el sistema, en su ceguera o en su agenda de exclusión, elige no mirar. Ellos y ellas son los verdaderos pilares de nuestras familias y organizaciones: quienes demuestran que la humildad es la herramienta más poderosa para la cohesión social.

A este escenario de polarización política se suma un desafío ético: el avance descontrolado del paradigma tecnocrático. En su encíclica "Magnifica Humanitas", el papa León XIV lanza una advertencia sobre los peligros de una libertad económica anclada en la meritocracia salvaje y la concentración de la tecnología y la riqueza en manos de actores privados transnacionales que debilitan la soberanía de los Estados.

León XIV señala con preocupación cómo la manipulación algorítmica, el poder de los datos y la inteligencia artificial mal encauzada amenazan la verdad, la libertad de los ciudadanos/as y la dignidad del trabajo humano, despojándolo de su valor material-espiritual y reduciéndolo a mero rendimiento automatizado. Frente a un transhumanismo que busca reemplazar la centralidad del ser humano, el Papa defiende una dignidad ontológica inalienable que ninguna tecnología puede suprimir o sustituir. Así lo afirma en el texto de su encíclica: "En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado..." (Magnifica Humanitas, 15).

Para que nuestras comunidades no confundan el mensaje de paz y justicia con plataformas que erosionan la democracia y persiguen a los simples, a los distintos/as, el compromiso ético debe encarnarse en principios concretos que combinen la doctrina con la vida de los/as sencillos: reconocer, como señala León XIV, que las nuevas formas de propiedad (algoritmos, plataformas y datos) deben estar subordinadas al bienestar común y no al usufructo exclusivo de imperios tecnológicos, porque primero está la dignidad humana y el destino universal de los bienes.

Convertirse en agentes activos de paz, combatiendo la violencia física, verbal e institucional, atacando de raíz las causas del descontento que empujan a los pueblos hacia los extremos ultra derechistas, es la tarea para la construcción de una justicia social real. Entender que la transformación del mundo ocurre en los pequeños gestos cotidianos: en el apoyo mutuo, en el resguardo de la memoria y las tradiciones ancestrales, y en esa disposición para estar, cuando la fragilidad humana lo requiere.

A veces pensamos que para salvar a nuestra sociedad necesitamos únicamente grandes reformas legislativas o cambios macroeconómicos. Y aunque estos marcos regulatorios son indispensables, especialmente a nivel global para frenar el poder económico y tecnocrático, carecen de espíritu si no están sustentados por hombres y mujeres sencillos que deciden ser íntegros y solidarios.

Ante gobiernos que ensalzan la fuerza sobre el derecho y la supuesta eficiencia técnica sobre la compasión, el compromiso cristiano y civil no puede ser el de la complicidad silenciosa, ni el del repliegue individualista. Se trata de activar una fe encarnada en la realidad, en un enfoque ético y democrático de la vida de las personas y la naturaleza, siempre en favor del bien común. Porque quienes sostienen la vida, la democracia y la esperanza, son los invisibles y tarde o temprano terminarán por transformar esta sociedad.