Entre woke, CHUD y generaciones en guerra

Vivimos tiempos curiosos. Ya no debatimos ideas: intercambiamos etiquetas. Uno es "woke". El otro es "CHUD". Y con eso, asunto resuelto. No hace falta escuchar, comprender ni matizar. Basta con ponerle nombre al enemigo. "Woke" suena a alguien que cree haber despertado a una verdad superior y mira al resto desde una altura moral ligeramente incómoda.

"CHUD", heredado de una película de monstruos subterráneos de los años '80, convierte al adversario en una criatura primitiva, incapaz de convivir con la diversidad. Ambos términos dicen más de quien los usa que de quien los recibe. Son atajos lingüísticos para evitar el trabajo difícil: pensar.

Pero esta disputa no es solo ideológica. Es también generacional. Hoy las batallas culturales se libran como si fueran guerras de edad: jóvenes contra viejos, viejos contra jóvenes, cada cual convencido de que el otro representa el problema del mundo.

Para algunos jóvenes, las generaciones anteriores encarnan el atraso, el privilegio, el machismo, el daño ambiental, la desigualdad heredada. Para algunos mayores, los jóvenes representan fragilidad, exceso de corrección política, falta de tolerancia a la frustración y una moral que parece querer reescribirlo todo.

Así, la diversidad -que debería ser puente- se vuelve trinchera. La ironía es que hablamos de inclusión usando categorías cada vez más pobres.

Queremos justicia... a punta de cancelación.

Queremos libertad... a punta de desprecio.

Queremos futuro... negando el valor del pasado.

Esta lógica confrontacional es estéril. No produce sociedades más justas ni más sabias. Produce cansancio, resentimiento y una pedagogía del insulto: "Si no piensas como yo, eres un monstruo" o, peor aún, "eres una generación perdida". Y sin embargo, lo verdaderamente humano nunca ha sido la homogeneidad, sino la cooperación entre distintos.

La historia no avanza por unanimidad moral, sino por pactos frágiles entre personas que no se parecen y que vienen de tiempos distintos. La humanidad no se destruye por la diversidad. Se destruye por la incapacidad de convivir con ella. Tal vez esta época nos está poniendo frente a una prueba ética:

¿Seremos capaces de transformar la disputa intergeneracional en diálogo generativo? ¿O seguiremos perfeccionando el arte de descalificarnos por edad, por identidad o por miedo?

Tengo fe -quizás una fe obstinada- en que el dolor de esta radicalización terminará trayéndonos de vuelta a la cordura. Porque cuando la confrontación no da frutos, el encuentro se vuelve una necesidad vital. No por romanticismo, sino por supervivencia.

Si algo deberíamos aprender de las generaciones que nos precedieron -y de las que vienen- es que ninguna construye futuro sola. O aprendemos a cooperar entre distintos, o nos convertimos en caricaturas gritando desde trincheras digitales. Y las caricaturas, por muy ruidosas que sean, nunca han sabido construir humanidad.

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