La gran oportunidad educativa de Chile

Los nuevos datos de Education at a Glance 2025 vuelven a recordarnos una verdad incómoda: mientras los países de la OCDE alcanzan niveles históricos de educación terciaria, buena parte de América Latina -incluido Chile- permanece rezagada. En la última década, la proporción de jóvenes entre 25 y 34 años con estudios superiores creció de manera sostenida en la mayoría de las economías avanzadas, llegando a bordear el 50% del total. En el mundo desarrollado, la educación postsecundaria dejó de ser un privilegio para convertirse en una expectativa social básica.

Chile, en cambio, aparece en la mitad inferior del gráfico. Si bien hemos avanzado con fuerza desde los años '90, aún no logramos sostener un ritmo que nos permita converger con los países líderes. El desafío no es nuevo, pero hoy se vuelve más apremiante, porque la economía del conocimiento, la disrupción tecnológica y los cambios demográficos están redefiniendo nuestra matriz productiva y el perfil de empleabilidad del futuro. En otras palabras, la educación superior ya no es solo un instrumento de movilidad social: es una condición estructural para la competitividad de un país entero. Sin embargo, esta brecha también representa una oportunidad excepcional.

Chile cuenta con una infraestructura educativa instalada, un ecosistema universitario que ha madurado y un talento académico y estudiantil capaz de impulsar una transformación profunda. El desafío consiste en reorientar el sistema hacia el aprendizaje flexible, la formación a lo largo de la vida y una articulación efectiva entre educación y empleo. La incorporación de microcredenciales, rutas formativas modulares, programas híbridos, apoyos integrales a los estudiantes y alianzas con los sectores productivos no son modas pasajeras: son pilares del nuevo contrato educativo global.

En este contexto, las instituciones de educación superior estamos llamadas a asumir un rol protagónico. Debemos ampliar las puertas de entrada, diversificar los caminos de permanencia y asegurar trayectorias continuas, que acompañen a las personas en distintos momentos de su vida. Se trata de multiplicar oportunidades reales de desarrollo: ofrecer programas pertinentes y exigentes, conectados con la industria y sostenidos por un ecosistema que combine tecnología, flexibilidad y cercanía humana.

Gabriela Mistral estaba convencida de que la educación es, ante todo, un acto de servicio y de esperanza. Ella creyó profundamente en la capacidad de las personas para transformar su propio destino. Hoy, Chile necesita volver a creer en lo mismo. Necesita un pacto renovado en torno al talento, la formación y la posibilidad de que cada persona -sin importar su origen- pueda desarrollar sus capacidades hasta el máximo de su potencial.

El gráfico de la OCDE no es un diagnóstico definitivo; es un llamado. Nos recuerda que no basta con celebrar lo avanzado: debemos acelerar la convergencia educativa con los países que ya están construyendo la economía del siglo XXI. Nos invita a mirar con valentía la brecha pendiente y, sobre todo, a entenderla como una oportunidad histórica para modernizar nuestra educación superior, fortalecer nuestra productividad y proyectar un país con mayores niveles de bienestar, cohesión y movilidad social.

Chile tiene el talento. Tiene la infraestructura. Tiene la necesidad. Lo que ahora requiere es decisión.

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