Imperativo intergeneracional: no empujar a la informalidad al talento senior

Para el año 2050, las proyecciones indican que uno de cada tres chilenos tendrá 60 años o más. Sin embargo, el desafío laboral del envejecimiento poblacional no es un escenario del futuro, sino una realidad palpable hoy. La participación de las personas mayores en el mundo del trabajo ha aumentado de manera sostenida: si en 2010 los mayores de 60 años representaban apenas el 8% de la fuerza laboral, en 2024 esa proporción alcanzó el 12,3%. Hablamos de más de un millón de personas mayores de 60 años que actualmente se encuentran laboralmente activas en nuestro país.

A pesar de esta contundente realidad demográfica, el mercado laboral chileno sigue operando bajo prejuicios y lógicas caducas. Existe el mito de que la edad es sinónimo de declive en la productividad, pero los datos demuestran exactamente lo contrario. De acuerdo con la Encuesta de Inclusión de Personas Mayores en Espacios de Trabajo Formal (EPEF), el 87,3% de los trabajadores reconoce la mayor experiencia y experticia de sus pares mayores. Además, 88,8% destaca su lealtad organizacional y 81,5% valora que son más reflexivos y entregan mejores resultados. Incluso desde la perspectiva de las gerencias, la evidencia interna muestra que los trabajadores mayores suelen presentar mejores indicadores que los jóvenes, registrando menos licencias médicas y un mayor nivel de compromiso o engagement con sus empresas.

Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto integrar a este talento? La motivación de este grupo para mantenerse activo es profunda y dual. Es innegable la urgencia material: 7 de cada 10 personas de 60 o más años declaran que su principal motivación para seguir trabajando es la necesidad económica, un reflejo directo de la precariedad de las pensiones en nuestro país. Sin embargo, reducir su participación laboral a una mera supervivencia sería un error de diagnóstico. Un revelador 71% de las personas mayores ocupadas asegura que seguiría trabajando incluso si no tuviera esa necesidad financiera. Trabajan porque el empleo les otorga sentido de pertenencia, los mantiene cognitivamente estimulados y les permite aportar su vasta experiencia a la sociedad.

El gran fracaso de nuestro sistema actual radica en cómo recibimos esta disposición a trabajar. La edad legal de jubilación se ha convertido en una barrera invisible que empuja a miles hacia la precariedad. Los datos son alarmantes: si bien el 72% de los hombres ocupados entre 60 y 64 años cuenta con un empleo formal, esta cifra cae drásticamente al 42% para aquellos mayores de 70 años. Para las mujeres, que ya arrastran severas brechas y lagunas previsionales a lo largo de su vida, el escenario es aún más adverso, enfrentando mayores niveles de informalidad a medida que envejecen.

La caída de la formalidad con la edad no es casual. Cuando las organizaciones no adaptan sus procesos de selección, no flexibilizan sus jornadas ni ajustan la ergonomía de sus puestos de trabajo, están cerrando la puerta a un capital humano invaluable. La informalidad no es una elección para la mayoría de las personas mayores; es el último recurso ante un mercado que los invisibiliza al cumplir los 60 años.

Fomentar espacios de trabajo intergeneracionales no es una política de "discriminación positiva" o un acto de caridad corporativa. Es una necesidad estratégica. Las empresas que logren adaptar roles, implementar flexibilidad horaria y eliminar los sesgos de edad en la contratación serán las que lideren en innovación y resiliencia. No podemos darnos el lujo de desechar la experiencia. El futuro del trabajo en Chile es, indiscutiblemente, multigeneracional.