Da entre pena y rabia, si no fuera tan peligroso, ver al Presidente José Antonio Kast y a sus ministros haciendo malabares y dándose volteretas con palabras huecas para camuflar la realidad. Con una insistencia casi infantil, intentan convencernos de que el "Escudo de las Américas" no es lo que el propio Donald Trump dice que es. Mientras en Washington se habla con todas sus letras de un bloque militar y de defensa para blindar el continente, acá en La Moneda nos quieren vender el cuento de que se trata de un tierno e inofensivo club para pasarse datos sobre el crimen organizado.
Esta negación oficial no es solo un eufemismo; es un insulto flagrante a la inteligencia de una ciudadanía que ha aprendido, a fuerza de tropiezos, palos y desengaños, a desconfiar de los salvadores que llegan del norte. Hay silencios en el poder que pesan una enormidad; este afán del Gobierno por maquillar las cosas va más allá de una mala estrategia comunicacional: es tratar a la gente de tonta.
El verdadero problema del Ejecutivo es de una soberbia tremenda. Actúan como si los chilenos viviéramos desconectados o no supiéramos meter de inmediato el dedo en un buscador de internet para descubrir la verdad por cuenta propia y en tres clics. Las mentiras oficiales hoy tienen las patas muy cortas. Bastó que el excanciller Mariano Fernández levantara la alfombra y contara públicamente que el ministro Pérez Mackenna admitió presiones diplomáticas brutales e insostenibles en los pasillos del poder, para que el relato de la "decisión soberana y voluntaria" quedara hecho cenizas en el suelo. Creer que la sociedad no contrasta la información, o que no se da cuenta de que están usando el miedo legítimo al narcotráfico para meter a los militares en nuestras fronteras bajo las órdenes del Pentágono, es no entender nada del Chile actual.
Pero la cosa se pone peor cuando uno lee la letra chica que publicó el propio Departamento de Estado norteamericano. Mientras acá el Gobierno baja el perfil diciendo que es solo un "pacto político", el texto real amarra la seguridad con la economía de una forma preocupante. No estamos ante un plan policial común y corriente; Washington está armando una red para controlar las cadenas de suministro de recursos estratégicos. Para nosotros, que producimos el cobre y el litio que el mundo se pelea, esto es una bomba de tiempo. Significa validar un despojo silencioso al permitir que una potencia extranjera supervise con quiénes podemos o no hacer negocios. Con una realidad donde China nos compra el 35% de lo que exportamos y Estados Unidos apenas el 16%, arriesgar el sustento de miles de familias chilenas es una irresponsabilidad histórica. Es volver a abrir, de par en par, las venas de una América Latina que sigue sangrando por sus recursos naturales.
El Presidente, que tanto ama refugiarse en sus cadenas digitales para saltarse las preguntas de la prensa y buscar el aplauso del algoritmo, debiese recordar que la ciudadanía no solo sabe buscar la verdad; sabe oler la sumisión. Ya no es un público pasivo al que se le puede imponer una verdad empaquetada. Chile no es el fundo privado de Kast ni el patrimonio de un grupo de turno. Una decisión que hipoteca el futuro de todos exige transparencia total. Intentar tapar el sol con un dedo frente a un acuerdo que nos amarra de manos tanto en lo militar como en lo económico, solo va a lograr que el Gobierno termine siendo esclavo de sus propias contradicciones.
Al final, en tan solo seis meses, se ha hecho evidente el desprecio que esta administración tiene por las personas, por los chilenos y por sus instituciones, desmantelando su valor e integridad como si fueran meros adornos prescindibles de su propio teatro político, ante un país consciente que, como bien sabemos, cuando se cansa de callar, termina despertando y poniéndose de pie.