Mucho me habría gustado no tener que criticar la carta a los partidos políticos que el lunes 26 de octubre presentó el cardenal Chomali, ya que sin duda esta constituye un esfuerzo pastoral por revalorizar la actividad pública en un contexto de clara desafección ciudadana. Sin embargo, al analizar detenidamente su contenido, surge en ella una carencia fundamental: se señala el dolor de la pobreza, el desempleo y la exclusión, pero renuncia a profundizar y denunciar las causas estructurales que generan estas realidades. La fe exige revelar la fuente de donde brota esta injusticia y ejercer con valentía el rol profético de denunciarlo.
En el Antiguo Testamento, la voz profética jamás se redujo a una exhortación diplomática a la concordia, ni a un catálogo de virtudes morales individuales. Profetas como Amós denunciaban sin vaguedades a quienes "venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias" (Amos 2,6), e Isaías clamaba: "¡Ay de los que dictan leyes injustas y prescriben tiranía para apartar del tribunal a los pobres!" (Isaías 10,1-2). El profeta no temía señalar con nombre y apellido las dinámicas de acumulación, despojo y opresión que perpetuaban el sufrimiento del pueblo.
En la misiva del arzobispo, en cambio, la miseria aparece descrita casi como un accidente lamentable que convive paradójicamente con los "grandes avances que muestra el país a nivel macroeconómico". Al omitir el análisis de cómo ese mismo modelo macroeconómico produce desigualdad, precarización laboral y concentración de la riqueza, la carta termina por desarmar la potencia transformadora del mensaje cristiano.
Esta omisión contrasta abiertamente con la Doctrina Social de la Iglesia Católica, especialmente con la tradición inaugurada por León XIII en la encíclica "Rerum Novarum". El pontífice no vaciló en calificar la situación obrera como el sometimiento de las mayorías a "un yugo casi de esclavitud" impuesto por la voracidad financiera y la acumulación desenfrenada. De igual manera, León XIV, a quien el propio texto cita al recordar la misión eclesial por la justicia, la paz y el servicio de la autoridad al pueblo de Dios, exige que la fe no claudique ante las lógicas mundanas de dominación.
Es el magisterio del papa Francisco, no obstante, el que interpela con mayor vehemencia la moderación de la carta. En la exhortación apostólica "Evangelii Gaudium" N° 53 fue tajante: "Así como el mandamiento de 'no matar' pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir 'no a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata'". El papa insiste en que la raíz de los males sociales no radica solo en la falta de probidad o en la agresividad de las redes sociales, sino en la inequidad estructural y en la absolutización del mercado.
La exhortación de Chomali, al centrar la crisis en la polarización, la falta de confianza, las promesas rotas y los malos modales de la clase dirigente, incurre en un reduccionismo ético-conductual: sugiere que bastaría con políticos honestos, dialógicos y transparentes para resolver un drama que en realidad exige desmontar una sociedad de explotación y esclavitud. Aquí es donde, la Teología de la Liberación y autores como Gustavo Gutiérrez, Ignacio Ellacuría, más los documentos de Medellín y Puebla, dan cuenta que la pobreza no es una fatalidad ni una carencia pasiva, sino el resultado de un "pecado estructural". La Teología de la Liberación enseña que la caridad cristiana no puede entenderse al margen de la justicia histórica y de la opción preferencial por los pobres.
Esta corriente teológica parte del método del "ver, juzgar y actuar" (según el teólogo chileno Arturo Bravo Retamal también: "evaluar"), recurriendo a las ciencias sociales para descubrir las causas reales del empobrecimiento y la dominación. Desde esta mirada, invitar a los políticos a "cuidar la palabra" o "promover la amistad social" sin tocar las estructuras de poder que sostienen los privilegios de unos pocos es, en los hechos, una forma de paz de los cementerios que termina legitimando el statu quo.
El cardenal Chomali cita el cántico del Magníficat al final de su carta, recordando que Dios "derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes" (Lucas 1,52). Sin embargo, la fuerza subversiva de esa afirmación evangélica queda neutralizada y desnaturalizada a lo largo de las páginas previas, donde elude el conflicto social y este es diluido en aras de una invocación recurrente a la "unidad", la "paz artesanal" y el "entendimiento". Sin embargo, la paz bíblica es fruto innegociable de la justicia (Isaías 32,17), no es un pacto de silencio entre sectores con intereses antagónicos. Mientras no se alteren las relaciones de opresión, la apelación a la paz corre el riesgo de convertirse en lo que denunciaba Jeremías: proclamar: "¡Paz, paz!, cuando no hay paz" (Jeremías 6,14).
La carta pierde la oportunidad de ser una verdadera interpelación profética. Al limitar el diagnóstico a la erosión institucional y a la moral individual de los políticos.
Asumir el Evangelio con radicalidad exige perder el miedo a señalar los poderes económicos y las ideologías deshumanizantes que concentran la riqueza a costa del desamparo de las mayorías. La iglesia no cumple su misión pacificadora acomodándose como árbitro de la cortesía política, sino poniéndose decididamente del lado de los crucificados de la historia, denunciando las causas de su cruz y anunciando una liberación integral. Ello hoy supone denunciar al capitalismo-neoliberalismo y a los partidos políticos y grupos económicos que lo defienden, ya que es la principal causa de todas las formas de muerte que siguen reinando en nuestras sociedades. Eso, es lo que no hace la carta del cardenal Chomali y nuevamente renuncia a asumir un rol profético. En los 55 años del partido de Izquierda Cristiana.