El pasado 19 de octubre se realizó el lanzamiento del libro titulado "Venancio Coñuepan Huenchual. Diputado y primer ministro mapuche", una obra que es producto de un esfuerzo liderado por la Biblioteca del Congreso Nacional, en su oficina de Pueblos Originarios. Este texto de acceso abierto es el segundo volumen de una colección dedicada a los parlamentarios de pueblos originarios del siglo XX, y que la Biblioteca inauguró en 2025 con "Francisco Melivilu Henríquez. Primer diputado mapuche de la República de Chile". Pero, más allá de su relevancia histórica, sostengo que ambos textos pueden servirnos para iluminar otros aspectos de nuestra actualidad. ¿En qué sentido?
Para dar una respuesta es interesante, primero, remitirnos a otra fecha reciente, el 18 de octubre. Y es que hace algunas semanas se cumplió el séptimo "aniversario" del estallido, un evento que remeció a nuestro país, cuyos alcances y explicaciones siguen en desarrollo. A este respecto, uno de los hechos que tuvo mayor alcance fue la utilización masiva de la Wenüfoye en las protestas, la bandera mapuche confeccionada en 1992 con fines políticos y reivindicatorios. A tal fenómeno le siguió la Convención Constitucional, que no solo contó con escaños reservados en su conformación, sino que puso en el corazón de su discusión conceptos como plurinacionalidad y una interpretación particular de las reclamaciones indígenas. Tras el rechazo de su propuesta por una amplia mayoría, incluso en las comunas con mayor población indígena, la idea de una "agenda mapuche" quedó reducida a una mera particularidad radical. Se instaló así la creencia de que sería tan solo un producto artificial derivado de la excesiva politización identitaria que nos aconteció.
Desde los años '90, y pese a esfuerzos como la ley Indígena de 1993, existen dos miradas predominantes en los tomadores de decisiones frente a la cuestión mapuche: la preservacionista y la asimilacionista. Como veremos, la Convención encarnó la primera y la reacción tras su rechazo, la segunda: un péndulo entre ambas aproximaciones.
La preservacionista se divide en dos vertientes que convergen en su recelo hacia la modernidad. Por un lado, encontramos una visión esencialista y fetichista, muy instalada en sectores intelectuales y de izquierda, presente también en la Convención, que apela al mito rousseauniano del "buen salvaje". Se concibe a los mapuches como sujetos estáticos en el tiempo cuya identidad cabría preservar de forma prístina ante la modernización que los corrompe. Como advirtió Jorge Larraín, esta pretensión ignora que las culturas son mutables y nos impide pensar correctamente la modernidad. En esta forma de razonar se suelen escuchar axiomas muy diversos: que solo los indígenas estarían capacitados para representar a los indígenas; o bien, que los hechos de violencia cometidos por organizaciones radicales serían una expresión de resistencia, entre otros. Por otro lado, existe una vertiente que se podría llamar defensiva dentro de este mismo enfoque, la cual nace del trauma histórico heredado en comunidades indígenas frente a los intentos de homogenización: eventos como la comisión de radicación, los tribunales de indios que dependían del Ejecutivo, la subdivisión forzada de tierras, entre otros. Su expresión más radical se traduce en un rechazo absoluto al Estado y al mercado.
La asimilacionista, por su parte, refiere a la visión heredera del positivismo decimonónico. Se sostiene que el mestizaje invisibiliza cualquier especificidad indígena y que las reclamaciones actuales no son más que un producto del indigenismo contemporáneo. Desde esta perspectiva, común en referentes de derecha, fenómenos como la violencia son vistos como delincuencia común, y su discurso reivindicativo, como pura fachada; el problema se reduciría a una falla de integración económica o de pobreza rural, cuya solución se busca incansablemente en la liberalización y subdivisión de la propiedad comunitaria en predios individuales. Es más, en posturas más extremistas se concibe que las culturas indígenas no tendrían ningún valor.
Me parece que la vida y obra de Coñuepan, y también la de Melivilu, incomodan ambas lecturas que parecen nublar la visión de la cuestión mapuche en parte de nuestra élite política. A quienes niegan que exista tal cuestión y creen en la asimilación total, les revelan cuánto desconocen a sus propios referentes y lo reducido de su visión. Coñuepan fue un conservador, ibañista, fundador del Partido Nacional y consejero del Banco del Estado, y aun así reclamó tierras e instituciones propias para su pueblo; nadie diría que era un progresista o algo equivalente. Ambos recuerdan, además, que las reclamaciones mapuche no son un invento contemporáneo o un subproducto de las políticas de identidad. Suman más de un siglo de organizaciones, votos y leyes, con participación en partidos de diferente color.
También nos recuerdan que los mapuche nunca fueron impolutos e indiferentes a la modernización. Melivilu, electricista, profesor y abogado, escribía en 1921 que la reducción, el régimen de radicación impuesto por el Estado, había "retardado en cien años el progreso de nuestra raza", y en 1924 defendió las tierras mapuche en la Cámara con el lenguaje del derecho de propiedad: sus dueños las tenían "por el mejor de los títulos, por la ocupación".
Pero modernizarse no significaba, para ellos, asimilarse. La Corporación Araucana de Coñuepan defendió mantener indivisas las comunidades y él mismo impulsó la ley que en 1947 prorrogó las restricciones a la venta de tierras indígenas; Melivilu, por su parte, advirtió en 1929 que la Ley de Comunidades no resolvería el problema indígena, porque cada comunero recibiría apenas entre 20 y 30 hectáreas. Del Partido Democrático a los conservadores, su causa fue mucho más transversal de lo que nuestra discusión pública afirma. Se dirá que eran mapuche de élite, poco representativos de sus comunidades. Pero su valor no está en la representatividad, sino en probar que la agenda mapuche tuvo, desde muy temprano, cauces institucionales.
En tiempos en que abundan la simplificación esencialista y la nostalgia ideológica de la asimilación, volver sobre ambos parlamentarios puede ayudar a repensar la encrucijada mapuche. Sus trayectorias muestran que es posible reconocer la especificidad de un pueblo y, a la vez, encauzar sus demandas por las vías institucionales. Mientras se siga buscando en el mundo mapuche la pureza de un mito romántico, o bien, se persista en negarle su espesor histórico y político, seguiremos atrapados en un bucle estéril. Salir de él quizás exija lo que Coñuepan decía practicar "por imperativo ancestral": juzgar "la política y las cosas de Chile con la mayor independencia posible".