José Saramago escribió una gran novela titulada "Las Intermitencias de la Muerte". A través de un relato imaginativo, el escritor despliega sus ideas sobre el fin de la vida, sus beneficios, sus problemas y sus consecuencias en la sociedad contemporánea, incluyendo los negocios aledaños a este acontecimiento. Todo ello a partir de una premisa: la muerte decide abandonar la península ibérica y la gente deja de fallecer allí. Esto hace surgir nuevos negocios, tales como asilos para mantener a quienes ya no pueden morir o agencias de tráfico de enfermos para que, cruzando la frontera, logren el descanso eterno. Así, ante la quiebra de las funerarias, el capitalismo logra acomodarse.
No hay nada más notable, bello, conmovedor, maravilloso (mi mente me obliga a detener la sucesión de adjetivos) que la vida misma. Me encanta vivir, pese a las exigencias que ello conlleva y a ciertos dolores que me acompañan, algunos desde niño y otros que he ido obteniendo como condecoraciones por seguir viviendo (como las que le dan a los militares en determinados años por el solo hecho de permanecer en servicio).
Sin embargo, veo con interés el debate que se ha suscitado sobre la llamada "Eutanasia". Se la ha definido como "la intervención deliberada para poner fin a una vida sin perspectiva de cura". La contrapartida es la distanasia o ensañamiento terapéutico, que consiste en emplear "todos los medios posibles para prolongar artificialmente la vida y, por tanto, retrasar el advenimiento de la muerte en pacientes terminales y sin esperanza de curación".
Todo esto, por cierto, se llena de argumentos de todo tipo, éticos y prácticos, desencadenando ideas y palabras, a veces expresadas con una vehemencia que nos gustaría ver en otras temáticas. Lo concreto es que la muerte es un tema de la mayor importancia. La propia, por cierto, pero sobre todo la que nos impacta mientras estamos vivos.
Unos mueren por sorpresa; otros mientras esperamos el desenlace. Pero todas las muertes traen dosis de dolor, sobre todo aquellas que dejan un vacío que sólo el tiempo y las nuevas experiencias personales, vitales, van a ir llenando.
Muchos de los que parten nos llevan a pensar en nuestra propia existencia: la necesidad de seguir avanzando hasta el último día, disfrutando todos los momentos con la máxima conciencia, pero con la certeza de que un día la energía se acaba. Adriana tenía 102 años cuando murió. Su partida dejó espacios emocionales que nadie podrá llenar.
A veces exigimos al moribundo que aguante, que no se vaya, que no nos deje y queremos, luego de que expire, seguir reteniendo su alma. No sirve para nada. Dejemos partir a los que deben irse y, recordándolos con amor, podremos seguir nuestro propio camino. Por cierto, sabiendo que esa experiencia que vivimos con quien se fue no se repetirá con nadie.
Amo la vida y por eso pongo atención a la circunstancia de la muerte. La tradición nos invita a celebrar el 1 y 2 de noviembre como el Día de Muertos. Los homenajeamos llevando flores al cementerio, hacemos una celebración recordándolos con amor, e incluso -siguiendo las tradiciones mexicanas- preparando altares y ofrendas con la comida que más gustaba al difunto. Cada día asimilamos mejor la experiencia de la muerte; por ello los municipios y los cementerios organizan eventos alegres.
No es que la muerte no duela. Estamos mejorando socialmente nuestra relación con la muerte, pero aunque sepamos o creamos todo lo que se nos enseña, hay un dolor por la partida prematura y por los vacíos que quedan.
Me encontré con Carlos hace poco más de 4 meses. ¿Cómo estás?, pregunté. Muy bien, fue la respuesta. Hace 10 días, Carlos murió. Y era joven (todos los menores que yo son jóvenes), estaba muy bien, sano y contento, trabajando a sus 76 años, pasándolo bien en la vida. Ante la muerte esperada, deseada a veces, celebramos el paso a la nueva dimensión: sepultamos o quemamos el cuerpo, hacemos el rito. Pero el vacío queda. Ya no estará.
Y seguiremos caminando con la fuerza de cada uno, hasta que llegue el día de partir. ¿Alguien nos va a llorar? Sí, pero lloran los que quedan por lo que ellos pierden. La muerte para el que murió no es sino un tránsito a una nueva experiencia espiritual.
Y si quedó algo pendiente, como dice el tango, "en la cuenta del otario la cargás..." y la arreglaremos en una próxima vuelta.