Las temáticas de soledad y desamparo han sido y son parte de canciones, poemas, obras de arte, películas y dichos populares. En el acervo cultural, la frase "más sola/o que un dedo" se da por entendida. Es así, como todas las personas vislumbramos que un dedo aislado, solo; no cumple en forma suficiente sus funciones, se le dificultan las tareas, no es lo mismo que estar con la totalidad de los dedos de la mano, no se entiende un dedo por aislado, sino que lo asociamos de inmediato con el conjunto mano, este conglomerado físico, resulta fundamental para un funcionamiento efectivo y orgánico para cada ser humano.
Por eso valoramos profundamente la compañía: porque sabemos que no es lo mismo solo/sola que sentirse acompañado, reconocido y siendo parte de un todo. La soledad, el aislamiento social, cuando no son deseados, complejizan el desenvolviendo de rutinas y quehaceres diarios, dificultan el sentirse parte del colectivo mayor, de una comunidad. No pocas veces resultan un obstáculo para la cohesión social, que es parte de los factores sociales, culturales y políticos que determinan el estado de salud de la población.
Hoy se reconoce la soledad como un problema fundamental de salud pública, sobre todo cuando esta situación es no deseada, cuando no es una opción elegida. Es cada vez más urgente la necesidad de priorizar estrategias para hacer frente a este desafío, considerando las diferentes etapas del ciclo vital, dado que no da igual vivir la soledad en los extremos de la vida.
Para la OMS la desconexión social, se encuentra íntimamente relacionada con la soledad y aislamiento, ambas, al prolongarse en el tiempo, afectan la calidad de vida y el estado de salud de las personas. Es un hecho que poseer una conexión social de calidad y positiva favorece la salud física y mental, prolonga la vida y promueve conductas saludables.
A nivel país, los recientes datos del Censo 2024, indican que cerca de 22% de la población vive sola. Esta distribución no es uniforme, alcanzando en la Región de Aysén casi 27% de hogares unipersonales, de los cuales una parte importante son personas mayores. Como seres humanos necesitamos relaciones sociales para un buen vivir, sin embargo, a medida que envejecemos, por motivos diversos como pérdida de redes laborales, cambios familiares, barreras territoriales o socioeconómicas, nuestras conexiones sociales tienden a debilitarse, además ocurre la disminución progresiva de funcional física y del estado de salud, lo que favorece la vulnerabilidad y el riesgo de aislamiento.
Al 2050, Chile será uno de los países más envejecidos de América latina. Encuestas señalan que como país no estamos preparados para enfrentar el envejecimiento poblacional, se percibe un deficiente apoyo institucional ante pérdidas de funcionalidad en la vejez, mayoritariamente se ve a las personas mayores como marginadas de la sociedad, no siendo reconocidas en el imaginario colectivo, en los medios de comunicación, lo que refuerza la exclusión social y las bajas expectativas de este cada vez más numeroso grupo etario.
El envejecimiento de la población es una transformación social significativa, en donde se corre el riesgo de soledad y aislamiento social, es fundamental, por tanto, fomentar estrategias, acciones y políticas que promuevan la cohesión social, el trabajo colaborativo y el reconocimiento de la diversidad.
Cuando envejecemos, estar solo/sola no debería ser una prueba de fortaleza individual, sino el resultado de decisiones colectivas, un país que le otorga dignidad y derechos a su población mayor, no los margina, sino que legisla, enseña, crea vínculos y comunidades para que envejecer nunca signifique que una persona quede sola.
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