La especie humana tiene una vida histórica de entre 250.000 a 300.000 años. De estos miles y miles de años, hace tan solo 5.000 años aparecieron las primeras ciudades para albergar a parte de nuestra población. Hasta comienzos de la Revolución Industrial, el porcentaje de población que vivía en ambientes urbanos era poco más del 25% y solo hace menos de dos décadas la población urbana mundial superó a la rural, por primera vez en la historia. Es decir, en los últimos dos siglos nuestra especie se fue alejando cada vez más de su verdadero hogar (o por lo menos el hogar en que vivió la mayoría de su vida como especie). Nos hemos ido alejando de la naturaleza.
Esta desconexión con la naturaleza puede explicar varios hechos como, por ejemplo, el que no nos importe mucho que las costas chilenas sean el lugar donde más ballenas mueren producto de colisiones con nuestros barcos. Asimismo, puede explicar por qué algunos políticos creen que los ratones y los árboles son nuestros enemigos o que no son parte de nuestra casa. Este alejamiento de nuestro medio ambiente original, también se ha propuesto como una de las razones por las cuales hemos comenzado el nuevo siglo enfrentando una crisis climática sin precedentes.
En este escenario, algunos investigadores y educadores alrededor de todo el mundo (y en Chile) han comenzado a proponer que lo que debemos enseñar en la escuela (léase currículo oficial), es nuestro lugar en la naturaleza. O, mejor dicho, el lugar que teníamos en la naturaleza antes que nos alejáramos de ella. Esta educación basada en la naturaleza, también llamada "aprendizaje basado en la naturaleza", utiliza el mundo natural como aula principal para fomentar la gestión ambiental, el bienestar mental y físico y el compromiso académico mediante el aprendizaje práctico y experiencial. En una interacción directa y diaria con la naturaleza (por ejemplo, un bosque o un humedal) se propone que, no solo se pueda aprender ciencia, sino que, además, en dichos contextos se pueda abordar muchas o la mayoría de las asignaturas que tenemos en la escuela. Esta interacción llevaría a construir una conexión duradera con el medio ambiente. Esto es lo que nos mostró el investigador Justin Dillon en el reciente curso que realizamos sobre educación en cambio climático este enero 2026.
De hecho, existen múltiples evidencias, tanto desde la educación científica, como desde la educación ambiental, la neurociencia y las ciencias de la salud, que la exposición a la naturaleza aporta beneficios cognitivos, incluyendo el mejorar la atención ejecutiva, el estado de ánimo y la creatividad. Además, la inmersión en la naturaleza fomenta el ejercicio, mejora la función inmunitaria, ayudando en la recuperación del estrés y reduce la presión arterial. En términos de aprendizaje se ha mostrado que la enseñanza fuera del aula, en ambientes naturales provoca mejoras en el aprendizaje. Algunos mecanismos cognitivos propuestos para explicar esta relación positiva son: promover mayor atención, modulación del estrés, mejorar el interés y el disfrute por el aprendizaje, aumentar la actividad física, entre otras. Aunque la mayoría de las investigaciones han generado evidencia de su efecto positivo en la educación de la primera escolaridad, hoy en día se propone que la exposición a la naturaleza tendría efectos positivos desde los espacios prescolares hasta los universitarios.
Es por estas razones que educadores en diferentes lugares del mundo como Inglaterra, China, Finlandia y Australia, están promoviendo cambios curriculares y de las prácticas escolares "para ayudar a que los niños y los jóvenes descubran su profunda conexión con la naturaleza".
Si logramos desarrollar en nuestros niños y niñas una conexión con la naturaleza, no solo tendremos más probabilidades de que la población esté más disponible a tomar decisiones que impliquen disminuir el calentamiento global y sus consecuencias en el cambio climático, sino que podemos lograr que estén más comprometidos con el cuidado de la flora, fauna y toda la biodiversidad que nos permite estar aquí viviendo. El árbol protegido y el roedor protegido, son parte de nuestro hogar, son nuestros hermanos y hermanas, como decía san Francisco de Asís. No destruirlos es una obligación moral y ética, como especie. Por último, si nuestra sociedad aun no es capaz de ver su lugar en la naturaleza, al menos debería considerar que existen evidencias científicas, generadas por investigadores chilenos, de que los ecosistemas donde habitan estos roedores y árboles (e.g., bosques nativos), nos ofrecen diferentes múltiples beneficios o servicios ecosistémicos, como el oxígeno que respiramos, el agua que tomamos o los polinizadores que visitan nuestros cultivos, que nuestras ciudades y agricultura no son capaces de darnos.
Por lo tanto, para evitar escenarios futuros de nuevas catástrofes ambientales (como los incendios recientes), lo que debemos reducir o reemplazar, no son los bosques nativos y la biodiversidad que vive en ellos, sino las plantaciones de especies exóticas, las que generan mayor evaporación en comparación con los bosques nativos, reduciendo así la humedad del suelo y la disponibilidad de agua para otras plantas y también para las comunidades humanas cercanas. La solución a nuestros problemas no es seguir destruyendo la casa de todos, sino repensar como disminuir el impacto que nuestra especie genera en los ambientes naturales a través de los asentamientos humanos, los proyectos extractivos y la agricultura.
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