Una nueva (o no tanto) crisis moral

La Iglesia Católica chilena en los '90 gozaba de un inusual prestigio social. En ese contexto, el arzobispo Carlos Oviedo llamó la atención de nuestra sociedad alertando que existía en nuestro país una crisis moral, provocando un extenso debate sobre el tema. Infortunadamente, le discusión se centró casi únicamente en lo erótico-sexual y en el cuestionamiento al divorcio -el propio Oviedo destinó casi toda su carta pastoral a estos aspectos- y por lo mismo el debate obvió los demás contenidos de la denuncia, que son los mismos que apreciamos en la crisis moral que experimentamos hoy: la deshonestidad en la administración y en los negocios, la práctica de la usura o de la ganancia ilegítima, el comercio de droga, el consumismo exagerado y ostentoso, la creciente desigualdad económica y social, el aumento de la delincuencia y el uso de la violencia.

Oviedo no fue el primero. Noventa años antes, Enrique Mac-Iver en su célebre "Discurso sobre la Crisis Moral de la República" alertaba que "me parece que no somos felices; (...) El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad". Y se preguntaba si pese a que teníamos más naves de guerra, más soldados, más jueces, más guardianes, más oficinas, más empleados y más rentas públicas que en otros tiempos, habíamos progresado.

Su cuestionamiento sigue vigente, 126 años después.

¿Podemos decir que en general es Chile un país corrupto? Según los estudios internacionales, no. Pero hemos resentido recientemente el impacto de la corrupción en altas esferas que han puesto en entredicho la ética y la integridad de nuestras instituciones públicas. Los casos de colusión -pollos, papel, farmacias- y escándalos como los casos Hermosilla, Caval, Convenios, Cascadas Penta-SQM y un largo etcétera no ayudan mucho a conservar esa percepción. Estos eventos, sumados a los casos de corrupción del Poder Judicial, y el fraude de licencias médicas de funcionarios públicos, no solo impactan, sino que debilitan la legitimidad social y acrecientan la percepción de que el Estado es inoperante para detenerlas.

¿Cómo salimos de la crisis? No hay respuestas únicas. Un punto de partida es que nuestra sociedad debe evitar y volver a rechazar las inmoralidades simples, llanas o caseras y volver en su conjunto a aquella alta moralidad a la que se refería Mac Iver, "hija de la educación intelectual y hermana del patriotismo, elemento primero del desarrollo social y del progreso de los pueblos". Para ello se requiere un esfuerzo colectivo, no solo individual.

Desde lo público es fundamental fortalecer mecanismos de fiscalización, transparencia y sanciones efectivas contra corrupción e impunidad en instituciones públicas y privadas, rendiciones de cuenta más rigurosas y muerte cívica para quienes desde el Estado cometan actos contra la probidad. Pero no basta con centrar la falta de moralidad en lo público.

Pero la falta de moralidad pública y el malestar ciudadano, no solo se reduce a no robarle al Fisco -"raterías", le llamaba Mac-Iver-, sino en la falta del cumplimiento del deber, tanto de las autoridades públicas como de los ciudadanos en general. Nuestra crisis moral es de estructura social y tiene relación evitar que el winner acelere cuando el otro quiere cambiar de pista, que la evasión de la locomoción colectiva sea algo tolerable, con conducir por la berma en la carretera, con botar basura en cualquier parte, con entregar datos falsos para obtener beneficios como pensiones o licencias, etc.

Se requiere volver a fijar consensos éticos básicos, diálogo comunitario, educación ética, y políticas fundadas en el patriotismo y la virtud. Solo así, como con fe escribía Mac Iver, las virtudes públicas que engrandecieron a nuestra patria volverán a brillar con su antiguo esplendor.

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