Hay una cifra que debería incomodarnos más de lo que lo hace. Chile lleva tres años liderando la adopción de inteligencia artificial en América Latina. Encabezamos el índice regional, más del 80% de las grandes empresas ya la usa en algún proceso, y la conversación en las salas de directorio dejó de ser si conviene y pasó a ser cuándo empezamos. Por donde uno lo mire, llegamos primeros.
Y sin embargo, solo el 3,6% de las empresas chilenas ha logrado escalar sus proyectos de inteligencia artificial con retornos medibles. El resto, casi 70%, sigue en fase de exploración o en pilotos que nunca terminan de despegar. El dato es de un estudio de MAS Analytics sobre 166 ejecutivos, y conviene detenerse en él, porque es fácil de malinterpretar.
Tener inteligencia artificial y que la inteligencia artificial sirva para algo son dos cosas distintas. Comprar licencias, abrir cuentas, pedirle a un chatbot que redacte correos: eso es tener la tecnología, y en eso Chile va adelantado. Convertir eso en menos horas perdidas, en procesos que dejan de trabarse, en decisiones que no esperan hasta el lunes: eso es capturar valor, y ahí es donde nos quedamos parados en la puerta.
Lo interesante es por qué. Cuando a esas empresas les preguntan qué las frena, casi nadie menciona la tecnología ni el presupuesto. El presupuesto aparece como barrera en apenas el 1,2% de los casos. Lo que aparece arriba es otra cosa: gobernanza de datos, cultura organizacional, resistencia al cambio, la dificultad de integrar áreas que nunca se hablaron entre sí. El propio director del estudio lo dice sin rodeos: escalar no significa comprar una herramienta más, significa rediseñar procesos.
Y seamos justos, esto no es un problema solamente chileno. En el mundo, la proporción de empresas que ha logrado escalar la inteligencia artificial ronda apenas un tercio. Nadie resolvió esto todavía. La diferencia es que nosotros llegamos primeros a la fila y ahora estamos esperando en la misma puerta que todos los demás.
Acá va una convicción, de las que uno se forma metiéndose en los procesos reales de las empresas y no leyéndolos en un informe. El salto casi nunca ocurre por arriba. La mayoría de los planes de inteligencia artificial empiezan con una gran estrategia, una herramienta corporativa, un comité que se reúne cada dos semanas. Y ahí se quedan. El salto ocurre cuando pasa lo contrario: cuando la herramienta llega a las manos de la persona que hace el trabajo todos los días, y a esa persona se le da permiso para rediseñar cómo lo hace.
Pasa algo cuando eso ocurre. La persona deja de preguntarse qué gran proyecto de inteligencia artificial debería emprender la empresa, y empieza a ver, en su propia semana, los lugares concretos donde se le va el tiempo en algo que una máquina hace mejor. El reporte que arma a mano cada viernes. La reunión de una hora que existe solo para poner a todos al día. El correo que responde igual 20 veces. No son revoluciones. Son fricciones chicas, específicas, que esa persona conoce mejor que cualquier consultor externo.
Y cuando esas fricciones se resuelven de a una, con la gente adentro y no desde afuera, dejan de ser una línea de gasto en innovación y empiezan a aparecer donde importa: en los resultados. Horas que se recuperan. Procesos que dejan de necesitar tres personas. Ese 3,6% que sí captura valor no lo hace porque tenga mejor tecnología que el resto. Lo hace porque dejó de tratar la inteligencia artificial como un proyecto de tecnología y empezó a tratarla como un rediseño de cómo trabaja su gente.
La tecnología, en todo esto, es casi lo de menos. Está disponible, es cada vez más barata, y mañana será mejor que hoy. Lo escaso no es el modelo. Es la decisión de meterse en el trabajo lento y poco glamoroso de mirar los flujos reales, uno por uno, y reconstruirlos junto a las personas que los viven.
Ganamos la carrera de la adopción. Fue un buen primer tiempo. Pero el marcador que va a importar en los próximos años no es cuántas empresas tienen inteligencia artificial, sino cuántas la convirtieron en algo que se nota. Esa carrera todavía no la gana nadie. Y por primera vez en mucho tiempo, Chile está en posición de llegar primero. La pregunta es si vamos a correrla en serio, o si nos vamos a quedar celebrando el primer tiempo.