La eficiencia de innovar en salud y los tratamientos innovadores

La ministra Chomali ha posicionado una palabra clave en el centro del debate sanitario: eficiencia. Esta semana respaldó ese concepto al anunciar el Plan de Inversiones Oncológicas 2026-2030, que busca acercar la detección y el tratamiento del cáncer a todas las regiones, para que nadie deba viajar cientos de kilómetros ni esperar meses para tratarse. Es una meta bienvenida y necesaria, porque un sistema que gestiona mejor sus recursos hace más con lo mismo y, en un contexto fiscal estrecho, eso significa más personas atendidas a tiempo.

El desafío es enorme. En 2025, el cáncer volvió a ser, junto con las enfermedades cardiovasculares, una de las dos principales causas de muerte en Chile, concentrando entre ambas cerca de la mitad de las defunciones (DEIS, Minsal). En ese contexto, este plan es parte de una estrategia construida por etapas: primero la Alerta Oncológica, luego la incorporación progresiva de todos los cánceres al GES y, ahora, se invertirá para que cada región tenga un centro oncológico y, sobre todo, acceso a radioterapia, además de reforzar la detección temprana en la Atención Primaria.

Son pasos en la dirección correcta. Pero conviene precisar qué entendemos por eficiencia, porque en salud no se mide solo por lo que se ahorra dentro del hospital, sino también por lo que se evita fuera de él: una hospitalización que no ocurre, una licencia que no se emite, un paciente que sigue activo en su vida cotidiana. Ese ahorro es real, aunque no aparezca en el presupuesto hospitalario, y en un país que envejece, con una fuerza laboral proporcionalmente menor y una demanda en aumento, es ahí donde se juega buena parte de la sostenibilidad del sistema.

Ese matiz es decisivo para el plan oncológico, porque una inversión de esa magnitud no será eficiente solo por los centros que construye, sino por lo que estos podrán ofrecer. Ni la nueva infraestructura ni la incorporación al GES garantizan, por sí solas, el acceso oportuno a la innovación biomédica, que en cáncer puede ser determinante para la sobrevida. Una garantía de atención no equivale todavía a una garantía efectiva de tratamiento.

Chile, penúltimo en acceso a la innovación

Esa brecha no puede seguir postergándose. El Patient W.A.I.T. Indicator 2026, que mide el acceso a soluciones innovadoras en la región, dejó a Chile en el penúltimo lugar: entre la aprobación de un fármaco en el mundo y su cobertura pública transcurren más de siete años.

En oncología, la distancia es aún mayor: el sistema público cubre apenas el 10% de las terapias más innovadoras, frente a un promedio latinoamericano de 43%. Así, muchos de estos avances -capaces hoy no solo de tratar, sino a veces de curar- llegan tarde o simplemente no llegan. La consecuencia no es estadística: en cáncer colorrectal, la sobrevida a cinco años alcanza al 68% de los pacientes de una Isapre y solo al 47% de los de Fonasa (ISCI, Universidad de Chile, 2022).

Invertir en innovación genera ahorros, y Chile tiene su propio caso de éxito. En 2024, más de 145.000 lactantes fueron inmunizados contra el virus respiratorio sincicial en el sistema público: las hospitalizaciones graves cayeron 76% y los ingresos a UCI pediátrica 85%, sin suspender cirugías en invierno y gastando menos que sin la estrategia. Eso también es eficiencia: no la de recortar, sino la de anticipar. El riesgo de la eficiencia mal entendida es el opuesto: creer que se ahorra postergando la innovación, cuando en realidad se paga con más hospitalizaciones, más licencias y vidas que podrían prolongarse.

Invertir mejor, no solo más

Por ello, el mayor aporte de un plan como este no es solo ampliar la capacidad instalada, sino completarla incorporando el valor de la innovación en las decisiones de inversión. El primer paso es destrabar la modernización de la ley Ricarte Soto, principal puerta de acceso a las terapias de alto costo, que está congelada desde 2019 y con su tramitación detenida en el Senado desde marzo. El punto no es solo inyectarle recursos, sino mejorar su gobernanza. Esa reforma elimina, además, las trabas que hoy frenan la investigación clínica, que atrae inversión al país, forma especialistas y da a los personas acceso temprano a innovaciones que el sistema todavía no cubre.

Chile se propone, con razón, que el cáncer se atienda cerca y a tiempo en cada región. Es una meta de alto valor. Sin embargo, solo se completa cuando el paciente, además de un centro y un diagnóstico oportuno, tiene acceso al tratamiento más innovador, capaz de cambiar su pronóstico. Porque la verdadera pregunta no es cuánto cuesta innovar en salud, sino cuánto nos cuesta, como país, no hacerlo.