La reciente discusión sobre el rol que le cabe a la ciencia nacional en la sociedad ha puesto nuevamente sobre la mesa una conversación que poco se da en la esfera pública, pero que impacta a muchos y sobre la cual la ciudadanía tiene una opinión cada vez más clara: ¿qué queremos o esperamos de la ciencia y la tecnología?
De acuerdo con la tercera Encuesta Nacional de Percepción Social de la Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación (CTCI), desarrollada por el ministerio del mismo nombre en 2023, las personas relacionan mayormente la palabra ciencia con investigar y experimentar, mientras que la palabra tecnología con avances y cambio. Además, el 96,8% cree que ambas han aportado al desarrollo de Chile en los últimos años.
Estos datos dan cuenta de una valoración transversal de la ciencia y la tecnología. En ese contexto, vale la pena preguntarse si la discusión actual está poniendo el foco en el lugar correcto.
Cuando la comunidad científica defiende la generación de conocimiento, no solo está defendiendo la libertad de investigar, sino también dando cuenta de un rol social que es compartido y valorado por la ciudadanía. El casillero vacío, parafraseando a Fajnzylber, no parece estar ahí, sino en la discusión sobre la transformación de ese conocimiento en tecnologías.
¿Qué pasa entonces ahí? Cuando hablamos de innovación o transferencia tecnológica, tenemos que comprender que es una labor que supera las capacidades y -en muchos casos- la propia misión de las universidades, siendo procesos que requieren de condiciones habilitantes, articulación y, por sobre todo, voluntades.
En este escenario, el llamado a que las investigaciones no queden en bibliotecas y se transformen en tecnologías no debiera dirigirse a quienes generan conocimiento, sino a las condiciones que permiten -o dificultan- que ese segundo proceso ocurra. Es ahí donde corresponde poner los incentivos, fortalecer capacidades y concentrar los esfuerzos.
Un ejemplo interesante de esta relación entre ciencia, tecnología e impacto social es el ámbito de la salud. Tras la pandemia, la ciudadanía pudo observar de manera directa cómo la investigación científica y su aplicación práctica pueden transformar la vida de las personas. No es casualidad que, en la misma encuesta, el conocimiento médico sea el único que se valora como más científico que en la edición anterior, ni que las ciencias de la salud sean las que concitan mayor interés entre las personas.
¿Será que como sociedad ya comprendimos que hacemos ciencia de excelencia? Quizás la discusión pendiente no está en cuestionar la generación de conocimiento, sino en preguntarnos por qué seguimos teniendo dificultades para transformarlo en tecnologías, innovación y soluciones concretas para las personas. Tal vez el casillero vacío no esté donde habitualmente buscamos las responsabilidades.