Durante los últimos días, el sistema frontal vuelve a poner a prueba la capacidad de respuesta del país. Intensas lluvias, fuertes vientos, cortes de suministro eléctrico y anegamientos están afectando a distintas regiones de Chile, especialmente desde Atacama hasta Los Ríos. Como ocurre cada vez que enfrentamos un evento meteorológico importante, millones de personas comenzaron el día mirando su pantalla del teléfono móvil. Antes de salir de sus casas ya sabían que la lluvia comenzaría en una hora, que durante la tarde caerían cerca de 25 milímetros de agua, que las ráfagas de viento superarían los 70 kilómetros por hora o que existía una alta probabilidad de tormentas eléctricas.
Eso hoy lo hacemos con absoluta naturalidad, pero pocas veces nos detenemos a pensar cómo un dispositivo como el teléfono móvil y la infraestructura digital que hay detrás puede entregar ese nivel de precisión sobre fenómenos que ocurrirán varias horas después.
La respuesta es tan fascinante como desconocida, el celular no predice absolutamente nada. El teléfono es simplemente la interfaz visible de una de las infraestructuras digitales, científicas y tecnológicas más sofisticadas que ha construido la humanidad. Detrás de cada pronóstico del tiempo trabajan satélites meteorológicos que observan continuamente la atmósfera, radares Doppler que siguen el desplazamiento de las precipitaciones, estaciones meteorológicas distribuidas por todo el territorio, boyas oceánicas, globos atmosféricos, sensores instalados en aeropuertos, montañas y embarcaciones, además de millones de observaciones recopiladas desde distintos lugares del planeta capturan en tiempo real datos de presión atmosférica, humedad, temperatura y viento. Toda esa información viaja por redes de fibra óptica, enlaces satelitales y redes móviles hasta gigantescos centros de datos, donde infraestructuras de cómputo ejecutan modelos matemáticos y predictivos capaces de resolver millones de ecuaciones que describen el comportamiento de la atmósfera. El resultado de ese enorme proceso científico llega finalmente a nuestra pantalla del móvil en forma de un simple ícono de lluvia.
Este ecosistema expresa una innovación contante, que no ha sido solo mejorar hardware, sino que ha ido incorporando la inteligencia artificial y machine learning para leer esos modelos y afinar la predicción a nivel hiperlocal. Es lo que permite que una aplicación como Google Weather, Apple Weather o The Weather Channel puedan mostrar mensajes del tipo: comenzará a llover en 18 minutos; lluvia intensa durante los próximos 42 minutos; la precipitación disminuirá a las 16:15; lluvia moderada en tu ubicación. Ese nivel de detalle, el llamado nowcasting, representa el paso desde una meteorología descriptiva a una meteorología predictiva y preventiva, donde la combinación de satélites, radares, inteligencia artificial, sensores y telecomunicaciones permite anticipar fenómenos meteorológicos con una precisión impensada hace pocos años. Es uno de los mejores ejemplos de cómo la infraestructura digital convierte datos científicos en decisiones cotidianas que ayudan a proteger personas, bienes e infraestructura.
Las capacidades continúan creciendo. Hoy el celular puede informar la trayectoria de huracanes, tormentas o ciclones, estimar la llegada de un tsunami y mostrar mapas con rutas de evacuación, albergues, hospitales, centros de acopio, calles cortadas o puentes cerrados. También permite compartir nuestra ubicación en tiempo real para solicitar ayuda o facilitar un rescate, mientras que millones de ciudadanos se transforman, al mismo tiempo, en sensores distribuidos que aportan fotografías, videos, coordenadas GPS y reportes sobre incendios, deslizamientos, árboles caídos, cortes eléctricos o daños en infraestructura, complementando la información de las autoridades y mejorando la respuesta ante una emergencia.
La verdadera innovación, sin embargo, no está en cada aplicación por separado, sino en que por primera vez un único dispositivo integra toda la cadena de gestión del riesgo, desde la predicción mediante satélites, sensores e inteligencia artificial; la detección con redes sísmicas y meteorológicas; la comunicación a través de fibra óptica, 4G, 5G y satélites; la emisión de alertas oficiales; la navegación con GPS y mapas; la coordinación de la respuesta y el acceso a información clave para la recuperación de servicios. El teléfono móvil es hoy la principal interfaz entre las personas y la infraestructura digital, científica y tecnológica que hoy ayuda a proteger vidas.
La misma lógica explica por qué hoy un teléfono Android puede advertir que un sismo está por comenzar incluso antes de que sintamos el movimiento. No se trata de una predicción, porque la ciencia todavía no puede anticipar cuándo ocurrirá un terremoto. Lo que hace el sistema es detectar los primeros segundos del evento. Cuando un sismo comienza, libera las llamadas ondas P, que viajan más rápido y producen menos daño que las ondas S, responsables del movimiento más intenso. Miles de sensores sísmicos distribuidos por el territorio, e incluso los acelerómetros presentes en millones de teléfonos Android, colaboran para detectar esas primeras señales. En cuestión de segundos, algoritmos calculan la ubicación, profundidad y magnitud del evento y, si existe tiempo suficiente, envían una alerta antes de que lleguen las ondas más destructivas. En algunos casos esa ventaja puede ser de apenas cinco segundos; en otros, superar el medio minuto. Parece poco, pero puede significar detener una cirugía, frenar un tren, desconectar maquinaria industrial o simplemente permitir que una familia busque protección.
Algo similar ocurre con el Sistema de Alerta de Emergencia (SAE). Muchas personas creen que funciona como un mensaje de texto o un WhatsApp enviado por la autoridad. En realidad, utiliza una tecnología mucho más robusta denominada Cell Broadcast, que no envía millones de mensajes individuales, sino que transmite simultáneamente una señal desde todas las antenas celulares ubicadas en la zona o polígono afectado. Cada antena emite el mensaje a todos los teléfonos conectados a esa celda, sin importar la compañía del usuario y con mucha mayor resiliencia frente a la congestión de la red. Por eso, incluso cuando miles de personas intentan comunicarse al mismo tiempo durante una emergencia, las alertas pueden seguir llegando de manera prácticamente simultánea.
Durante años se habló de la infraestructura digital como un servicio de soporte, casi invisible. Sin embargo, cada vez que una familia decide postergar una actividad porque sabe exactamente cuándo comenzará la lluvia, recibe una alerta de evacuación o dispone de algunos segundos para protegerse antes de un fuerte movimiento sísmico, queda en evidencia que esa infraestructura ya no solo conecta personas, sino que protege vidas. Esa es la verdadera revolución tecnológica que estamos viviendo y, probablemente, una de las expresiones más concretas de por qué la infraestructura digital se ha convertido en la infraestructura habilitante y crítica del siglo XXI.
Así, detrás de un gesto tan cotidiano como mirar el clima hay una convergencia de infraestructura satelital, computación en la nube, inteligencia artificial, redes de telecomunicaciones. Y ahí es donde vale la pena detenerse, que la resiliencia de nuestro país frente al clima extremo o los sismos no depende solo de la ciencia que detecta el fenómeno, sino también que Chile cuenta con la capacidad de disponer de la infraestructura digital, las redes móviles y fijas, los estándares, la regulación, la inversión tecnológica y de telecomunicaciones, necesarias para actuar ente este tipo de episodio climático y disponible cuando la ciudadanía más lo necesita.