Chile celebró el Día Internacional de la Mujer en la Ingeniería con una cifra que debería incomodarnos: sólo el 20,8% de las matrículas de primer año en STEM corresponde a mujeres. En informática, apenas 1 de cada 10 estudiantes es mujer y sólo el 4,5% de la industria tecnológica está compuesto por ellas. En investigación, entre las 50 personas con más artículos publicados en Chile, las áreas STEM tienen la menor presencia femenina: cinco mujeres en Ciencias Naturales y seis en Ingeniería y Tecnología, frente a 13 en Humanidades y Artes.
Las barreras se instalan temprano. Un estudio de Sonda, Duoc UC y Generation revela que las mujeres reportan 22 puntos menos de interés por la tecnología que los hombres en etapa escolar -no por diferencias cognitivas, que la evidencia descarta-, sino porque los propios escolares asocian las matemáticas a los hombres, alejando a las niñas antes de que descubran si les apasionan.
En la educación superior la brecha se profundiza: las estudiantes reportan 47 puntos porcentuales más al identificar barreras de género en carreras TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación), y 27 puntos más de exposición a situaciones negativas. Paradójicamente, las mujeres superan a sus pares en rendimiento: 87,2% de aprobación anual frente a 81,7%, mejor retención, titulación 12,3 puntos más alta y en menos tiempo (11 semestres versus 12). El problema no es el talento ni la capacidad técnica, sino un entorno donde las desventajas se acumulan.
En niveles superiores la exclusión es aún más evidente: en el Doctorado Nacional en Ingeniería y Tecnología los hombres representan el 72,1%. Entre 2008 y 2024, sólo el 40,2% de las investigaciones publicadas en WoS, Scopus y SciELO corresponden a mujeres. Y entre 2017 y 2022, las mujeres inventoras en patentes oscilaron entre el 19% y 25%.
Revertir esto exige actuar en al menos cuatro frentes: una formación sin sesgos de género que garantice iguales oportunidades de aprendizaje para niños y niñas desde etapas tempranas; erradicar las barreras institucionales invisibles y los prejuicios que pueden distorsionar cómo evaluamos el mérito, asegurando que la excelencia objetiva sea el determinante en la ruptura del techo de cristal; avanzar hacia la corresponsabilidad parental como una condición estructural que impida que la maternidad penalice el desarrollo profesional; y medir de manera objetiva la eliminación de estas brechas de origen.
Detrás de cada estadística hay historias concretas de talento desperdiciado. La ingeniería también debe repensarse a sí misma. No basta con no discriminar en la puerta de entrada: es imperativo asegurar un ecosistema donde el talento femenino acceda, por derecho propio y capacidad, a las discusiones que definen el rumbo de la disciplina y aquellos espacios donde se toman las decisiones que moldean la tecnología con la que vivimos, evitando así que nuestras soluciones tecnológicas hereden los mismos sesgos que hoy intentamos erradicar.