Atravesando los muros

¿Quién puede firmar el final de la pandemia en Chile o en el mundo? Los equipos de salud, el decreto de un gobierno moribundo o cuándo la sociedad y la ciudadanía digan, basta. Este evidente dilema pone las pulsaciones en la desobediencia y en un Estado jibarizado por el mercado, que irrumpe con las desconfianzas y la sobrevivencia.

Algunos investigadores, como Gina Kolata (2021), señalan que la pandemia sufrirá primero un destierro social antes que médico. La inoculación de las vacunas, mientras sigan con rangos variables de éxito, no brindan toda la luz y paz que esta crisis exige, más aún con un conflicto tan latente como es la defensa irracional no solo de la actividad económica, sino de la distribución del capital o de la producción de la riqueza. Especialmente, para "actividades tan esenciales como pueden ser la apertura de los malls, el objeto de deseo del Chile retail".

En retrospectiva, la peste negra del siglo XIV (que se agudiza entre 1346-1353) y que prevaleció de manera intermitente más de 200 años, sentenció a vasallos y también señores feudales, y no siempre por igual, dado que la alimentación y la capacidad de desplazamientos incidían en las opciones de muerte, refrendado en el libro "Decamerón" de Giovanni Bocaccio (1351), cuando 10 jóvenes acomodados se refugian en una casa de campo para divertirse e intentar escapar de la muerte (Lombardi, 2020), muy distante de las letrinas polvorientas de las aldeas.

La peste negra -producida por la bacteria Yersinia pestis, del tipo gram negativo, es decir, un tipo de bacteria que se tiñe de rosado, por la técnica de Gram y con abundantes endotoxinas en sus membranas- contrajo a la población mundial entre 50 y 180 millones de habitantes. Los barcos genoveses que recalaban en Sicilia, Italia -y que viajaban por la ruta de la seda- provenientes de Asia central o de las proximidades de la actual Uzbekistán, traían entre sus telas y mercancías a ratas negras y pulgas portadoras de tan letal compañía, aniquilando gran parte de la población conocida de aquel entonces.

Las opciones de los reyes fueron limitadas, no podían aplicar antibióticos o hacer comunicación de crisis, tampoco existía el microscopio y menos un conocimiento científico que permitiera descartar el castigo astrológico (Virgilis, 2021).

Sin embargo, la pandemia por el coronavirus ha puesto en contexto el cambio de era -tal como la peste negra forzó hacia el Renacimiento- y ha dado muestras evidentes de un cambio hacia una ciudadanía empoderada.

Alejándose del estigma informe como es la de una masa obediente, a una ciudadanía desobediente, tal como lo planteaba el filósofo americano Henry Thoreau en el ensayo "La desobediencia civil" (1849) en contra de un gobierno abusivo e intrascendente en la construcción de un Estado, incapaz de brindar una seguridad social moderna y oportuna a su población.

Si estas son algunas claves que dibujan la tensión entre gobierno versus la ciudadanía, ¿cuáles son las posibilidades de éxito que permitan transitar hoy, hacia el final de la pandemia?

Francamente ninguna. Dado que los insumos fundamentales, basados en los lazos de confianza entre el Estado y sus ciudadanos y la de una escucha mutua como espacio de descubrimiento, se encuentran dañadas por la ineptitud en la gobernanza del poder político y sobre todo por las condiciones que implican administrar un Estado destripado (Chomsky, 2021) y carentes de sus moradores más preciados, la ciudadanía civil como sus únicos dueños.

Entonces, los ciudadanos se han tornado incrédulos, rebeldes y desobedientes conscientes, tal como lo señala Carlos Pressacco (2010) "cuestionan la legalidad vigente apelando a un sentido de la justicia que debe ser validado en el espacio público", fundamentales para movilizar los cambios contra la "megamáquina", como poder invisible, descrito por Lewis Mumford en el "The myth of the machine" (2002), y advierte que no falla ni la técnica, ni el conocimiento, sino el componente orgánico y humano.

Son las personas en el poder, que en actos prolijos engañan, desconfían, traicionan o procuran detentar poder absoluto. Prácticas in-humanas e incompatibles con la convivencia cívica.

El fin de la mascarilla no es solo el rito de liberarnos de un apéndice facial sintético, debe obedecer a un pacto y acuerdo social, efectivo y medible, que no esquive la evidencia científica, pero que tampoco desconozca las necesidades humanas de una ciudadanía.

Tal como lo hicieron los habitantes del pueblo de Eyam (Inglaterra) en el siglo XVII, que a raíz de la peste negra, horadaron y atravesaron los muros de las casas de piedras para entregar medicamentos y monedas de plata a sus habitantes.

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