Castigar la pobreza

La cantidad de gente que en Chile se encuentra privada de libertad es tan desproporcionada, tan alarmante, que las autoridades, actuales o de gobiernos recientes, jamás comentan o analizan tal fenómeno. Al revés, el combate contra la delincuencia, bandera de lucha de tirios y troyanos, prima por sobre toda consideración jurídica, ética o humanitaria.

Que tengamos entre 80 y 100 mil personas bajo rejas, en un país sin crecimiento demográfico –en 1973 éramos 9 millones, ahora alcanzamos los 16- es algo tan pavoroso que, tal vez por eso mismo, la enormidad, la monstruosidad de ese hecho, debe pasar lo más desapercibida posible.

Con razón, la escritora Diamela Eltit expresó hace poco que los presos eran muy útiles, porque, debido a que son tantos, disminuyen los índices de cesantía. En efecto, las almas en cautiverio constituyen un número tan abismante que las estadísticas, los censos, las encuestas, han optado por ignorarlas.

Esto no es ningún chiste. En nuestro país, 80 a 100 mil personas conforman una ciudad más bien grande, tipo Valdivia o Iquique. Y la vasta mayoría de quienes cumplen penas o esperan sentencia, se encuentra encerrada por delitos menores, como hurtos o microtráfico de drogas y no actos ilícitos graves, como homicidios, violaciones, incendios, etc.

Por supuesto, el 99,9% de ellos y ellas provienen de sectores desposeídos, desprotegidos, hasta indigentes. Es decir, carecen de un saber mínimo, de habilidades, de formación, de oficio alguno como para encontrar un trabajo decente e insertarse en la sociedad.

Ni qué decir tiene, tampoco van a “regenerarse” tras salir a la calle, regresar a sus hogares y, muchas veces, tener que volver a delinquir para no morirse de hambre.

Porque, ya lo sabemos, en el país hay una inmensa población que ni siquiera tiene acceso a bienes básicos, servicios elementales, instrucción digna, de modo que deben robar para sobrevivir.

A esta gigantesca cantidad de gente –que conforma una proporción mayor que la de los detenidos en Perú, Bolivia o Argentina- hay que agregar los que gozan de beneficios alternativos, como remisión condicional, libertad vigilada, reclusión nocturna, salida dominical, salida diaria u otros regalitos por el estilo, que jueces y funcionarios gubernamentales otorgan con absoluta arbitrariedad, en forma totalmente irracional, mediante cuentagotas, sin expresar causas y sin que el nuevo procedimiento penal haya ayudado en nada al destino de estos miles de desdichados.

Todo lo contrario, la famosa reforma del siglo ha aumentado exponencialmente el número de individuos que están a la sombra. Los magistrados, salvo contadas excepciones, están aterrados de que se les califique de “garantistas”. Y toda la prensa, aliada con el régimen de turno, acicatea la creencia de que la puerta para librarse del presidio, la famosa puerta giratoria, es muy ancha, aun cuando sea para usarla por un tiempo minúsculo.

Por algo, cada nuevo Presidente de la República y cada ministro del Interior que debuta en el cargo, proclama, de modo crecientemente histérico, que se acabó la fiesta para los delincuentes. ¡Vaya qué fiesta! Eso mismo deben haber pensado quienes, a fines de 2010, murieron carbonizados en San Miguel por vender discos compactos sin pagar royalties.

Pues bien, si sumamos los que no pueden salir a aquellos sujetos a restricciones –este último guarismo es un misterio-, los chilenos carentes de libertad deben totalizar, sin exageración, más de 300 a 400 mil personas, a saber, una urbe como Valparaíso. Y si agregamos a los sujetos con antecedentes…quizá sea mejor detenerse en este punto.

Que en Chile se castiga la pobreza y que el sistema punitivo del Estado persigue fundamentalmente este objetivo, dejó de ser una novedad hace mucho tiempo.

Es cierto que algo similar ocurre en Estados Unidos, Europa y el resto de Sudamérica, si bien jamás de la manera en que se practica en nuestra patria.

Aquí, simplemente es impensable que alguien de La Dehesa, Lo Barnechea o Santa María de Manquehue vaya a prisión, salvo excepciones tan fuera de lo común, que por lo mismo son noticia de primera plana y figuran en programas estelares –como el caso de Pilar Pérez- juzgada y condenada por el público antes de recibir un veredicto definitivo.

Sin embargo, los pobres, los pobres de solemnidad, empleando la odiosa nomenclatura de los códigos Civil y Penal, ingresan en masa a las penitenciarías y eso es lo más natural del mundo, es inevitable, ellos tienen la culpa.

¿La culpa de qué? De ser rotos, flaites, desagradables, pelientos, tener mala pinta, ser cochinos, ser hediondos, verse mal, usar vestimentas inapropiadas, en suma, y una vez más, ser pobres. Por si fuera poco, son flojos, no le han trabajado un cinco a nadie, les gusta ser como son, en fin, han obtenido su merecido. Y los sucesivos gobiernos, de todo signo, los reprimen por eso y, de más está decirlo, ni por casualidad van a invertir una fracción del erario en mejorar la vida entre barrotes.

¿Qué clase de vida? Una existencia atroz, deleznable, espantosa. Una subcultura sin letras, sin ciencias, sin arte, sin nada de lo que nos hace mejores. Un mundo donde no cabe ningún aspecto que no sea la subsistencia, ni una sola cosa que se acerque, ni remotamente, a lo que nos hace distintos de los animales y que, a la inversa, nos torna en peores que las bestias feroces.

Un pobretón, sobre todo si ha estado en la cana, deja de leer, deja de estudiar, se embrutece. Así como a ningún habitante de La Pincoya se le verá jamás en el Teatro Municipal, a ningún ex procesado se le preguntará si le gusta La Traviata, porque con toda seguridad replicará si eso se come con mayonesa o salsa de tomate.

Los presos, por más que sea una obviedad decirlo, son ciudadanos, tienen los mismos derechos humanos que todos y poseen garantías legales y constitucionales que pueden ejercer, dentro de los límites de su condición.

Esto, que es una perogrullada que se enseña en cualquier colegio del orbe, y que también rige en Chile, se pasa olímpicamente por alto y decirlo es casi como defender conductas criminales per se.

Lo anterior, los derechos de los procesados, resulta, claro, letra muerta. En cuanto al acceso a la cultura: ¿van a conciertos, escuchan música, tienen libros, practican deportes, estudian? Otra broma de mal gusto, porque cada vez son más los chilenos que parten a Argentina, a Australia, a Uruguay, donde seguir una carrera sale gratis y las universidades son muy superiores a las locales.

Nuestra literatura del presente, en especial la narrativa, muestra cero interés en el tema: los personajes son de clase alta o media acomodada, los problemas surgen en viajes a Nueva York o París, las angustias existenciales se presentan en Estocolmo, el sexo, preocupación omnímoda, se practica en Cancún, Madrid o Estambul. De la poesía, ni hablar. En el cine, el asunto es irrelevante.

En síntesis, decididamente se trata de algo intrascendente, estéril, latoso, así que olvidémoslo. Las decenas de miles de chilenos arrinconados en celdas minúsculas por ser feos, sucios y malos, se lo buscaron y por eso están donde están.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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