Concierto para violín N 3 de Mozart

Para un cangrejo.

Con la mirada perdida en su interior y mientras se dejaba llevar por la corriente donde las notas y el violín fluían hasta perderse en ese lugar misterioso donde le gustaba habitar.Allí, donde la música y la realidad viven entrelazadas de tal manera que es imposible determinar donde comienza una y termina la otra, el violinista se disolvía en la música y la música se disolvía en el violinista.

Más bien, era Mozart, que vuelto a la vida en su Concierto para Violín N 3, se deslizaba incorpóreo y sorprendido por las calles bulliciosos y atestadas de personas que caminaban apresuradas a comprar cualquier cosa que las dejara dormir tranquilas por lo menos esa noche.

Pocos repararon en su figura que apenas se adivinaba tras una sucia cortina blanca en la ventana de la casa esquina, que con sus colores chillones, anunciaba en una hoja de cuaderno de matemáticas en el marco de la desvencijada puerta color verde, “Alojamiento para Scorts de lujo”.

En la pieza del altillo, él tocaba. Tocaba para una mujer desnuda, que rechoncha y sudada, porque esa noche hacía mucho calor y la pieza no tenía ventilador, roncaba ajena a la belleza y a la mirada fascinada de Mozart, quien no podía evitar de pensar que en su tiempo las mujeres con las que había tenido sexo y compuestos sus mejores composiciones, eran a todas luces mucho más hermosas.Además detestaba ese molesto ruido gorgoreado con olor a alcohol que vomitaba la boca de la durmiente.

Mientras, a paso apresurado, con unos pantalones azules descoloridos y deshilachados, una parka plomiza y llena de manchas, sin zapatos y con la mirada perdida en el vacío, caminaba a todas luces un vagabundo, lo que no tiene nada de especial en las ciudades costeras, pero éste llevaba un cangrejo rojo violáceo firmemente agarrado a su cabeza.

Algunas personas se daban vuelta para mirarlo, pero nadie se atrevía a decirle algo por si fuera a ser agresivo y peligroso.

De pronto giró y con paso decidido subió las escaleras donde esa noche calurosa habitaban el violinista, Mozart, y “la scort de lujo” (que roncaba cada vez más fuerte).

El cangrejo miró la escena y escuchó la música extasiado, porque era él, quien fascinado por ese sonido que conmovía su alma (de cangrejo o jaiva), dirigía al vagabundo por las calles con sus tenazas, como un jinete con su caballo.

Cuando el violinista terminó su concierto y Mozart se retirara discretamente, la mujer que se despertó de mal talante y con mucha hambre, no tuvo más que cocinar la jaiba (porque no era cangrejo), a pesar de sus desesperados reclamos.

Sólo logró apretar tan fuertemente el dedo meñique izquierdo del violinista que la ayudaba, que logró infringirle una pequeña herida que infectada con un Estreptococo agresivo y maligno, obligó a que le amputaran la mano días después, mientras la “scort” era hospitalizada por una grave intoxicación complicada con una peritonitis que obligó a operarla y a dejarla con dos cicatrices azuladas que cruzaban completamente su arrugada piel del abdomen.

Y así fue, como en la ciudad costera, siguieron su camino un ex violinista manco que ya no tocaba a Mozart, una “escort” que nunca más fue de lujo, y un vagabundo que caminaba perdido llorando a su cangrejo favorito.

En este momento, necesito aclarar que este relato sólo termina cuándo se escucha con los ojos cerrados el Concierto para Violín N 3-KV216-de Mozart, y que la ciudad es Arica, donde camina de verdad el vagabundo del cangrejo.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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