Del dicho al hecho o los dilemas de la globalización

Hace un tiempo, un contacto/amigo de una red social, puso en un mismo día, tres publicaciones en su muro de Facebook que me dejaron perplejo.

La primera fue fustigando en duros términos a un amigo común por haber empezado a militar en Revolución Democrática. Decía que no debía venderse a un movimiento que ya tenía lógicas de partido político clásico, además de ser amarillo y reformista. Ese no era el camino, concluía ufano, de la verdadera revolución.

Solo una hora más tarde, Facebook le recordó a mi amigo revolucionario una publicación de dos o tres años atrás en la que había subido una foto del auto que acaba de comprar, un lindo compacto japonés del año. En la foto antigua y en la nueva publicación se refería al auto como “la joyita”.

Antes de terminar el día, las noticias de la red social me sorprendieron con una nueva consigna de mi amigo. En ella se refería en términos ofensivos al sujeto que, probablemente presa de un brote psicótico, se había metido a la jaula de unos leones para ser devorado por ellos. Decía que, en vez de dispararle a los leones, deberían haberle disparado al tipo y haberlo aniquilado en el acto; aludía, además, de una manera peyorativa y burlesca a las creencias religiosas del enajenado, dictaminado en tono rotundo que ese era el origen de todo su mal.

Mi pregunta fue ¿quién es mi amigo? ¿El ultrón antisistema que no milita por creer que la democracia representativa es una farsa?, ¿el consumista neoliberal que celebra la adquisición de un bien de consumo como si del nacimiento de un hijo se tratara?  o ¿el eco-fascista que antepone otras formas de vida antes que la de su propia especie y, contra lo que indica Foucault u otros autores que de seguro decía adorar, enjuicia la locura como una desviación de una razón iluminista todopoderosa?

El caso puede parecer extremo, pero no lo es. En redes sociales emergen una serie de publicaciones de tonos radicales y totalizantes que no solo son poco respetuosos con las ideas, prácticas y sentimientos distintos a los suyos, además, la mayor de las veces, son contradictorios entre sí.

A mi juicio, el asunto tiene que ver con una cuestión bastante sencilla, el choque entre lo local y lo global.

Si uno hace un análisis de las publicaciones en redes sociales (textos propios, memes, links a videos o entrevistas, etc.), tendería a pensar que todo ciudadano chileno entre 15 y 45 años es feminista, cree en la igualdad de género y desprecia el acoso callejero; respeta a las minorías sexuales y aboga por la incorporación de las sensibilidades trans a la esfera de lo público; defiende la autonomía y legitimidad de las etnias originarias y su respectivo derecho a la propiedad de tierras ancestrales; es animalista, ecologista, ambientalista, vegano, monsantofóbico, y cree en el cuidado irrestricto a la Pacha Mama.

También sería liberal en sus relaciones amorosas, no comprende la posesión o los celos, y entiende la libertad -propia y de su pareja- como un valor intransable; odia el consumismo y las lógicas extractivistas y depredadoras del capitalismo global; desprecia los aspectos castrantes de la religiosidad occidental y los fines de semana practica yoga, pilates, trekking, running y sube el cerro en bici.

En una palabra, teniendo a la vista las redes sociales, todos somos progres, libertarios, y estamos contra cualquier forma de poder y dominación.

Sin embargo, como mi amigo, en sus mismos muros pueden publicar, sin darse cuenta, como un acto fallido digital, otra serie de textos propios, memes o links que atentan de un modo flagrante contra esos principios o prácticas.

Eso, desde luego, se agudiza hasta el absurdo si vemos ya no como se maneja en redes sociales, si no en su vida real (y no en esa pseudo vida que es nuestra imagen en las apps), y notamos que son competitivos, clasistas, narcisos patológicos, consumistas irredentos, misóginos; que de costumbre hacen bromas racistas, homofóbicas, clasistas; que en muchas cosas son intolerantes, discriminadores y tremendamente autoritarios.

Y entonces viene, como una explicación posible, lo del choque entre los discursos globalizados y los discursos locales para entender estas disonancias cognitivas. Me explico.

Todos sabemos lo que es políticamente correcto. Facebook, Twitter y otras redes y medios de comunicación masivos tradicionales o digitales, nos dan cátedra del respeto por el otro, por la diferencia y por lo minoritario. No obstante, esos discursos pueden convencernos a nivel argumentativo, intelectual, pero no cambian nuestras experiencias y creencias más arraigadas que son en última instancia, las que modulan nuestros actos y codifican nuestras percepciones.

Cuando digo experiencias tempranas me refiero, sobre todo, al proceso inicial de socialización, que podría pensarse -muy esquemáticamente- como el modo en que el mundo adulto y sus instituciones (formales e informales) nos introducen a la vida en común, fijan las normas de convivencia, instalan los criterios de lo aceptable y lo inaceptables; es decir, la primera socialización nos entrega una estructura de sentidos y significados culturales que se incorpora a la personalidad y nos habilita para el despliegue de la vida en comunidad.

El colapso viene porque esa socialización se da en familias conservadoras y patriarcales, luego en jardines infantiles, escuelas y liceos homogenizantes y rígidos y finalmente ingresamos por la puerta ancha a una sociedad, la chilena, valóricamente anclada, tanto en lo cultural como en lo político y lo jurídico, en el siglo XIX.

Es decir, fuimos criados bajo patrones culturales alejados, cuando no contradictorios, a las perspectivas posmodernas que pusieron en crisis las grandes verdades -las universales- y posibilitaron entender que lo único que tenemos es diversidad, diferencia -los particulares- y por lo tanto todo discurso, toda práctica, toda subjetividad, es igualmente legítima y valiosa.

Nuestras familias son modernas e incluso premodernas, con funciones de género determinadas (la mujer dedicada al mundo privado y el hombre a lo público), con la familia, el matrimonio y los hijos como ejes de la sociedad (con jerarquías y roles asignados a partir de la tradición), con distinciones de clase, etarias, de género, ocupación y raza marcadas y decisivas (lo normal era ser burgués, adulto, hombre y heterosexual, ilustrado, caucásico, transformando todo lo demás en minorías), con una mirada instrumental al medioambiente, con miedos y fobias a lo diferente, a lo otro.

El choque, entonces, entre la experiencia y, con ella, los significados y sentidos adquiridos en nuestras familias, mayoritariamente conservadoras y machistas, en el jardín infantil y después en la escuela y el liceo (pequeños regimientos), en el barrio (donde se reproducía el orden familiar y escolar), etc. y, por otra parte, los discursos que trajo consigo la globalización durante los últimos 20 años, y que contradice prácticamente todo lo que pensamos, hicimos y sentimos antes, hace que surjan estas inconsistencias feroces.

Una primera advertencia, no digo esto desde una pretendida exterioridad. Soy parte de esta cultura y no de otra, y mis contradicciones son mayúsculas y muchas veces vergonzantes.

Sin embargo, creo tener algo ganado, me doy cuenta. Adquirir conciencia de tus errores no impide que se sigan cometiendo, naturalmente; mi educación no fue menos rígida y discriminadora de la diferencia que cualquiera otra. Pero sí te permite estar atento a esas contradicciones y, por lo mismo, ser más flexible, tolerante.

Una segunda advertencia, esto aplica a la mayoría de las familias chilenas, no a todas.

Y una última advertencia, en modo alguno se trata de no ser críticos y cuestionar la sociedad en que estamos. Por el contrario, la idea es también ser críticos con nosotros mismos, derribar el ego que, me parece, las redes sociales tienden a exacerbar.

Si hacemos eso, los avances en igualdad y libertad serán no solo más duraderos, sino también serán más genuinos. Y, a la par, celebrar y adherir a lo que esos discursos integradores y pluralistas han traído, casi siempre encarnados en los movimientos sociales pues, por lo menos, ya ganaron la batalla de las ideas y los argumentos, y ahora hay que dar las de las acciones y las estructuras.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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