Lámparas humanas

Hace un par de semanas tan sólo, se denunció la venta de aceites no aptos para consumo humano disfrazados como tales, y más aún bajo el rótulo de uno de los aceites más acreditados por la ciencia médica.

Hace un par de semanas un político, considerado el faro o guía de parte de sus partidarios (y excesivamente entusiastas propagandistas) sucumbió, aparentemente, víctima de una triste circunstancia personal que, por lo demás, no es noticia, puesto que miles de chilenos la padecen.

¿Qué vínculo existe entre dos sucesos aparentemente disímiles? El observador atento del juego de símbolos en el que consiste, en último término, nuestra realidad, sabe que la coincidencia estadística es un mero consuelo científico.

Jung lo llama sincronicidad y ha demostrado sus infinitas posibilidades de sentido.Nada me parece casual en Chile estos días. Los dos casos mencionados no son puntuales, sino saldos evidentes de algo no muy aceptado por el poder y sus divulgadores.

Un reflector potente se ha encendido de parte de la ciudadanía y que apunta a todo aquello que estaba muy bien oculto.

Un puñado de especuladores empingorotados quiere que usted alimente a sus hijos con aceite combustible, un líder de opinión, la luz de sus seguidores, cae, nos dicen, víctima de la enfermedad. Uno es metáfora, prefiguración del otro. Parece que no es negocio andar inventando lámparas humanas.

¿Es esto un chiste de mal gusto de parte de este columnista ? Para nada. Exponerse ante los otros, exhibirse en el gran teatro del mundo es un acto riesgoso desde el remoto origen de los tiempos.

Si enarbolas una consigna y la declamas ante los otros, éstos o bien te apuñalan en el foro o bien te siguen. Así se forman, o se inventan, los líderes. Un sujeto tan imperfecto como yo, pero tan bueno como usted, obvio, de pronto es la luz del planeta, la lámpara no puede apagarse por nada del mundo, pero mantener la débil llama no es fácil.

En este sentido, permítaseme un apunte personal. Esta tribuna que generosamente me ha sido conferida la pensé inicialmente para compartir mis devaneos personales, pero el rumor de la historia, feroz como el oleaje de las tormentas me convenció de que tenía que ir más allá.

Quizás algo de luz podríamos generar tú y yo, desocupado lector. Intento ser una voz ciudadana que dice lo que realmente piensan quienes no salen en las estadísticas.

Intento lo que llamo crítica cultural de la vida cotidiana buscando ser parte de ese foco del cual huyen las ratas. Sin embargo, el costo es evidente. Me temo que la honestidad es una virtud sobreestimada hoy por hoy, el cinismo conviene y abre infinitas puertas.

En un país de vocación tan provinciana como el que todavía somos, dar la cara, defender una idea propia es sinónimo de escándalo si no tienes los canales de apoyo de rigor. Por defender mis convicciones y principios he perdido amigos, incluso trabajos. La verdad es más amiga de la soledad que de la comparsa. El club de amigos tiende a convertirla en simple slogan. La oscuridad donde sesionan es abono para el chanchullo.

En el colegio de antaño te enseñaban que una sociedad justa se construía en base al sano intercambio de opiniones, construido con información y transparencia; pos tenebras lux, rezaba nuestro primer escudo patrio.

Hoy, supuestamente, parece haberse consagrado este principio, pero en su lugar lo que reina es la sarta cotidiana de estupideces gratuitas que se despachan los palurdos admirados y bien pagados que pululan en los medios con la voracidad de la mosca, y eso también oculta, oscurece.

Paradójicamente, aún, hacer uso de esta proscrita facultad de la opinión constructiva e informada en las así llamadas redes sociales te expone no al noble debate que amaban los griegos, sino al escudriñamiento negativo de futuros empleadores que, incómodos con uno o dos adjetivos, te excluirán de su futura planilla, y al de ociosos que todo malentienden, cuyo nombre es legión, y que calumniarán tu feble nombre por un par de cosas que jamás dijiste.

El ditirambo ampuloso, la apología dulzona, el dato freak son los discursos que bien convienen ya que no incomodan al patroncito ni menos al consumidor somnoliento y distraído que es el principal blanco de los grandes inversionistas. El chileno finge evitar el conflicto, pero dale una cerveza y lo practicará con desenfreno a la salida de las discoteques… en lo oscurito, como nos gusta decir.

Entonces ¿será mejor callar ante quienes se congratulan en cámara por estafar a millares con precios obscenos de medicamentos que salvan vidas?, ¿ante quienes que, para engordar sus especulaciones visadas por el estado, venden aceite lampante presentándolo como el que recomiendan los nutriólogos y así envenenar a nuestros seres queridos para que tú te sigas forrando?

¿Es mejor callar ante la mentira sistemática de líderes maquillados o ante autoridades que te dicen que eres el primer fiscalizador y si lo haces ante sus groseras colusiones, fusiones y oligopolios, ejercen contra ti toda su coacción mediática y leguleya?

Puede que finalmente la luz brille sólo para uno mismo, puede que la verdad sea un consuelo en lo privado, no todos somos Jesús o Nietzsche para padecer aún más calvarios, puede que la verdad no sea un bien de consumo, puede que sea mejor la parodia o hacerse el leso.

Pero seguimos escribiendo, seguimos tratando de ver en la oscuridad.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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