Manuel Rojas, Fernando Ortiz, José Manuel Parada…

Las innumerables personas que han leído y siguen leyendo Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, para muchos la mejor novela chilena de todos los tiempos, tienen muchos motivos para dejarse llevar por ella. Así, la simple lectura del formidable relato supera cualquier otra curiosidad mientras estamos absortos en esa epopeya.

Las aventuras de Aniceto Hevia, el chilenísimo y universal héroe, alter ego del autor, nos siguen cautivando por el asombro, el júbilo, la sensación de milagro ante el estilo de Manuel Rojas. Con todo, Aniceto tiene 17 años y si bien ya ha vivido muchas peripecias, su inventor siguió en este mundo hasta alcanzar la edad de 77 años.

De este modo, la biografía temprana, que es el material de esa ficción, es apenas el comienzo de una trayectoria de experiencias e intelecto completamente impar en nuestras letras. Sin embargo, hoy en día parece remoto que los admiradores de Hijo de ladrón sepan algo más en cuanto al ambiente privado que rodeó al extraordinario narrador.

Los miles de niños que, en la enseñanza básica o media deben leer El vaso de leche, de Manuel Rojas, un cuento inolvidable, un clásico de la literatura chilena, se emocionan y deleitan sin excepción con la maternal ternura y la sobriedad de la historia. Y otro tanto ocurre con los profesores que ya se la conocen de memoria. Sin embargo, es poco probable que deseen saber más acerca del gran escritor chileno.

Y quienes caen definitivamente en el embrujo de Manuel Rojas, con seguridad querrán abordar Lanchas en la bahía, su primer título, publicado en 1932. El protagonista, Eugenio, un solitario muchacho que cuida barcos, nos transmite sus estremecedoras vivencias al sobrevivir en la miseria de Valparaíso, aunque también aprende quienes son los hombres, los amigos, los hermanos de la existencia. Sin embargo, ni esa obra ni todas las que vendrán después anticipan ni podrían anticipar el destino de los descendientes de Manuel Rojas.

Porque es casi seguro que ninguno de los lectores actuales de Manuel Rojas sabe que su hija mayor, María Eugenia, se casó con Fernando Ortiz, dirigente comunista aprehendido el 15 de diciembre de 1976, permaneciendo en calidad de detenido desaparecido hasta hace un par de semanas.

Esa perpetua incertidumbre –saber qué pasó, conocer la verdad- recién finalizó cuando su familia tuvo el “extraño privilegio” de poder identificar sus restos, según las palabras de María Luisa Ortiz, hija de Fernando y nieta de Manuel Rojas.

María Eugenia también es escritora y participó en la puesta en marcha de una institución clave en la protección de los niños durante la dictadura. Y Fernando Ortiz, quien fue un destacado catedrático e historiador, publicó un estudio decisivo sobre el movimiento obrero chileno, que ha sido varias veces reeditado.

De más está decirlo, los seguidores de Manuel Rojas tampoco deben tener conocimiento de que su nieta Estela Ortiz, hija de Fernando y María Eugenia, era la mujer de José Manuel Parada.

El sociólogo y funcionario de la Vicaría de la Solidaridad fue, a su vez, hijo de María Maluenda, la insigne actriz, fundadora del Teatro Experimental de la Universidad de Chile, parlamentaria, diplomática y la primera presidenta de la Cámara de Diputados durante la transición democrática.

Y su padre, Roberto Parada, es una de las glorias de las tablas chilenas: interpretó los papeles más complejos de la dramaturgia clásica y contemporánea, en una prolongada trayectoria que abarcó varias décadas.

Pese a lo anterior, lo que más se recuerda de Roberto Parada es su extraordinaria voz, similar a la de un órgano, repleta de matices y que, gracias a registros magnetofónicos, podemos apreciar cuando recita a Neruda, Vallejo, Guillén y muchos otros poetas modernos y, sobre todo, al oírlo declamar a los autores del Siglo de Oro español.

José Manuel fue asesinado junto a otros dos profesionales comunistas, Santiago Nattino y Manuel Guerrero, por agentes de la Dirección de Comunicaciones de Carabineros (DICOMCAR), y sus cuerpos, degollados y con señales de tortura, fueron encontrados el 30 de marzo de 1985.

La conexión literaria está lejos de terminar aquí y las ramificaciones son vastísimas; no obstante, es preciso detenerse en honor a la claridad. Entonces, vale la pena mencionar un último lazo, que nos vuelve a remontar al mundo de los libros.

La segunda esposa de Fernando Ortiz, María Luisa Azócar, psicóloga y poeta, es la madre de la notable poetisa Bárbara Délano, prematuramente fallecida en un accidente aéreo. El padre de Bárbara es el prolífico, infatigable, generoso, sustancial cuentista y novelista Poli Délano, una de las voces dominantes de la presente narrativa nacional.

¿Qué quiere decir todo esto? Es un mero recordatorio de los vínculos de parentesco de un destacado intelectual, Fernando Ortiz, cuya familia es inseparable de nuestra cultura y nuestra literatura. De ninguna manera significa ponerlo por encima de sus compañeros, tanto los que cayeron junto a él, como los que, después de él, corrieron una suerte parecida a la suya. Sus propias hijas son tajantes al respecto.

Aún así, es preciso recordar que, por años de años, todas las víctimas de la represión fueron difamadas, insultadas, deshonradas, tratadas como locos en el mejor de los casos y como criminales en el peor.

Lincoyán Berríos y Horacio Cepeda, que comparten con Fernando Ortiz el “extraño privilegio” de que sus hijos, al fin, pudieron despedirse de ellos, tienen en común con el profesor universitario haber sido sobresalientes líderes políticos.

El primero lo fue en calidad de conductor de una organización sindical internacional y el segundo se desempeñó como director de una empresa pública y cabeza del Instituto Chileno-Alemán (conocía cinco idiomas).

Para los asesinos que los secuestraron y luego los torturaron en forma indescriptible, hasta hacerlos morir, aplicando una práctica genocida, estos datos son irrelevantes.

Daba lo mismo quienes fueran, siempre que fueran comunistas, socialistas, miristas u opositores de otros signos. Había que destruirlos a toda costa, casi siempre mediante los más inimaginables tormentos. Y con el poder omnímodo del aparato del estado, lograron eliminarlos físicamente. Pero no pudieron ni habrían podido jamás privarlos de su humanidad.

Esto quedó demostrado indeleblemente en los funerales que tuvieron lugar el pasado 28 de julio, en el Memorial del Detenido Desaparecido y Ejecutado Político. Es difícil, muy difícil encontrar palabras adecuadas para describir esos momentos. Fueron momentos terribles y duros, pero también hermosos.

Los textos que leyeron Alonso Cepeda, Marisol Berríos y María Luisa Ortiz, rememorando a sus padres, tienen un valor inaudito, que excede a la literatura testimonial. Son textos que expresan un sufrimiento indecible, una añoranza inenarrable y que revelan una singular altura de miras y una especial belleza: la belleza de la verdad.

Sin ninguna duda, Manuel Rojas habría estado orgulloso de sus nietas y de sus acompañantes.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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