Una historia al final del invierno

Pequeña alegoría a la manera que un Julian Barnes, veraniego y medio indolente, hubiera boceteado de paso por nuestras tierras, mientras espera una taza de té decente de parte de un mozo local que, obviamente, lo atenderá mal.

No me conoces, soy extranjero. Vengo bajando del último crucero de lujo que, graciosamente, optó por llega aquí. Llego a tu puerto más importante, un hemiciclo de casas apretujadas en quebradas que se derrumba y se incendia cada cinco minutos y que asemeja a un puerto del Levante en perpetua decadencia por la perpetua inepcia de tus autoridades.

Antes que logren asaltarme, rento un auto de alquiler que tú no puedes pagar pero yo sí porque los dueños cobran pensando en mí y jamás en ti. Recorro la límpida y estrecha carretera concesionada, la cual, si te atrasas en el pago (y lo harás) deberás pagar la deuda cuarenta veces.

Tal como te rematan la casa los usureros a los que recurres en caso de apuro (lo tendrás) a la primera mora.

No me impresiona nada, salvo los kilómetros de viñedos donde debería estar emplazada tu atestada y polucionada capital y no en esa olla de rocas empinadas que tu incompetente conquistador eligió para erigir su plaza fuerte.

Da lo mismo, me tomaré todo el vino de tus bodegas porque para eso vine aquí y no a otra cosa.

El resto lo encuentro de mejor calidad en Río, Lima o en Buenos Aires. Y voy a hacer todo el escándalo que se me ocurra, como vengo del Viejo Mundo, (cuna de águilas y buenas costumbres), tengo un apellido con muchas consonantes, el pelo pajizo y los ojos color piscina, nadie me va a llevar detenido.

Una hora después, bajo un tráfico atestado que no me dejará en paz, llego a la capital de la cual te sientes tan orgulloso. Las ciudades de provincia fingen despreciar su smog, sus calles atestadas como arterias de enfermo cardíaco terminal, pero la envidian secretamente.

Todo el capital, todo el trabajo y todo el poco glamour que puede ofrecer se concentran, incluso, en una ínfima fracción de ella. Dos o tres comunas prósperas y de calidad de vida excluyente son alimentadas por el mal pagado y quejumbroso resto.

Los pocos tipos bilingües con los que puedo entenderme (todos ex alumnos del mismo colegio, medio parientes, muy raro) insisten en alojarme en barrios de espigadas torres de departamentos de gusto cuestionable y pretenden instalarme en oficinas de cristal que hacen una vaga reminiscencia de lo que entienden por Manhattan pero que resultan ser una versión apagada de Singapur.

Me gustan más los barrios del llamado centro, su compleja y diversa catadura. Mis lenguaraces de fina cepa respingan la nariz por un olor a fritura que dicen que impregna estas antiguas calles.(No durarían un día en Tánger, menos en Camden Town).

Lo poco y nada que les va quedando de su breve historia, ni siquiera ellos la valoran, pese a su supuesto patriotismo, que sólo recuerdan ebrios un par de días en septiembre o cuando su equipo cae derrotado, una vez más, en la primera ronda de un mundial de fútbol. El mío por lo menos se remonta a varios siglos de coronas y catedrales y, sí, a una que otra copa de campeones.De esas que tu equipo favorito, huelga decirlo, nunca obtendrá.

Me cuesta entenderte a ti y a tus amigos, la verdad. Se proclaman felices con su suerte, logro vociferado por tus hiperactivos gobernantes, pero basta ver sus caras llenas de cansancio, su rictus de desprecio, la cabeza gacha del derrotado o el postergado, para saber que algo no anda bien.

En el metro, alguna vez tu gran orgullo, en el desastroso Transantiago con el que no hicieron sino empeorar las cosas. La cosa se repite de norte a sur, de este a oeste.Una burla.Pagas las cuentas más caras del mundo.

Tu sueldo no rinde nada por obra y gracia de los inmaculados dirigentes (todos ex alumnos del mismo colegio, medio parientes, muy raro) que insistes una y otra vez en reelegir. Y no dices nada. Temes al debate porque no sabes discutir y pasas a la violencia inútil como el berrinche de un niño que se apaga rápido ante la mirada severa del padre castigador. Pero se me olvida lo timorato y resignado que puedes llegar a ser. Temeroso que el fiero general vuelva de su tumba o tu patrón te haga más miserable la vida.

Nos llegan noticias de su espectacular crecimiento económico, mejor incluso que el nuestro, últimamente, los diarios repiten cifras como el ingreso per cápita que afirmas tener, pero basta cruzar la ciudad en un día para preguntarse dónde están.

No en los malls que levantaste en todas partes como histéricos circos del consumo, no en el prodigioso y vertiginoso correr de sudorosas tarjetas de crédito. Sino en los bolsillos del tipo que te rematará la casa. Vives en la indefensión. Tiene razón uno de tus críticos, que son más de los que crees, este país parece Corea del Norte, pero del neoliberalismo más brutalizado.

Llevo otra hora atascado aquí. Improviso estas notas mientras trato de avanzar por avenidas construidas con dineros públicos que tus gobernantes regalaron a los privados para su red de ineficaces autopistas esmirriadas.

No importa, pronto llegaré a la nieve, porque me sale más barato que en Suiza o en Aspen, y me comeré todos tus mariscos y seduciré a esa modelo que tanto te gusta, total, ¿para que crees que vine?

Desde Facebook:

Guía de uso: Este es un espacio de libertad y por ello te pedimos aprovecharlo, para que tu opinión forme parte del debate público que día a día se da en la red. Esperamos que tus comentarios se den en un ánimo de sana convivencia y respeto, y nos reservamos el derecho de eliminar el contenido que consideremos no apropiado

Edición
Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
Columnas recientes
Columnistas