El mundial que sentí mío

Comenzó a jugarse una nueva Copa del Mundo. Chile, una vez más, no estará presente. Tampoco estuvo en los dos anteriores. Sin embargo, confieso que esa ausencia no es lo que más me llama la atención. Lo que verdaderamente me sorprende es comprobar cuánto ha cambiado la manera en que vivimos los mundiales. No hablo sólo del fútbol, el deporte y la industria que lo rodea. Hablo de nosotros.

Mi primer Mundial vivido con plena conciencia fue el de Alemania 1974. Tenía 11 años. Alcancé a percibir, de manera muy tangencial, los ecos de México 70. Sabía quién era Pelé, había oído hablar de Garrincha y de la magia brasileña, pero aquellos recuerdos son más difusos, casi prestados, como fotografías ajadas de una infancia demasiado temprana. Alemania 74 fue distinto. Fue el primer Mundial que sentí mío. Y Chile estaba ahí.

Era una clasificación extraña, improbable, marcada por las circunstancias políticas de la época y por aquella serie con la Unión Soviética que terminó convirtiéndose en uno de los episodios más singulares de la historia del fútbol. Pero estaba Chile. Y para un niño de 11 eso era suficiente. Todavía puedo nombrar de memoria a varios de aquellos jugadores: Carlos Caszely, Alberto Quintano, Sergio Ahumada, Guillermo Páez, Francisco Valdés, Leonardo Véliz, Mario Galindo y sobre todo a Elías Figueroa, un crack, una leyenda y acaso también un mito difícil de desentrañar, donde se mezcla la realidad con la fantasía y la instalación en el ideario colectivo de su presencia eterna en la historia del balompié nacional. ¡Claro!, algunos eran grandes futbolistas; otros simplemente formaban parte de un imaginario que terminó grabándose en la memoria de toda una generación.

Porque el fútbol chileno, seamos sinceros, nunca ha pertenecido a la aristocracia mundial, ni muchísimo menos. Ha sido, históricamente, un fútbol periférico, esforzado, ocasionalmente brillante, pero casi siempre secundario. Nuestra historia futbolística vive de unos pocos momentos excepcionales: el tercer lugar de 1962, que seguimos celebrando con un entusiasmo comparable al fin de una guerra mundial, confieso que con un poco de pudor; las dos Copas América de la llamada Generación Dorada que ha sido un chicle del cual ha abusado la prensa especializada; y algunos triunfos aislados que se agrandan precisamente porque son lo que son: escasos.

Quizás por eso los mundiales ocupaban un lugar tan especial. Eran una ventana al mundo. Una ventana en un tiempo en que no había más ventanas que este tipo de hitos globales cuando la globalización no era palabra en uso. Y parte de esa experiencia mundialera, por supuesto, comenzaba mucho antes del primer partido, con el álbum.

Los álbumes de entonces no tenían nada que ver con los actuales. Hoy parecen concebidos por expertos en marketing capaces de transformar una colección infantil en una compleja operación financiera. Las láminas autoadhesivas, los sobres especiales, las ediciones limitadas y las interminables variantes convierten el simple acto de completar un álbum en una empresa que puede costar decenas de miles de pesos. Antes era distinto.

Las láminas se pegaban con cola fría, con engrudo o con algún pegamento que terminaba manchando las páginas. Las fotografías eran rudimentarias. Algunas parecían ilustraciones coloreadas más que fotografías reales. Recuerdo especialmente las estampas de Zaire, las de Uruguay y las de Brasil, donde aparecía incluso un Pelé que ya no jugaría ese Mundial. Pero aquellas láminas tenían algo que las actuales han perdido. Nos las jugábamos con los compañeros en los recreo del colegio, golpeando con la palma de la mano un turro de ellas arriba del pavimento, había toda una técnica para voltearlas todas y quedarse con el botín. Más que llenarlo a costa de comprar sobres, ya que no alcanzaba con las escuálidas mesadas y difíciles tiempos de "reconstrucción nacional" como curiosamente también se llamaba entonces el plan económico del gobierno, los álbumes se completaban en la calle, en la disputa, en la lucha cara a cara, carta a carta de los recreos. Aunque recuerdo el sentimiento de gozo que significaba que al anochecer el papá llegara con un par de sobres de regalo, era una experiencia sobrenatural de felicidad infinita.

Esos álbumes setenteros eran una puerta de entrada al conocimiento. Para saber quién era un futbolista, dónde jugaba o qué había hecho en su carrera, había que conseguir la lámina y leer el reverso. El álbum era una enciclopedia mínima del fútbol mundial, precaria, pero enciclopedia al fin y al cabo

Hoy cualquiera puede acceder en segundos a la biografía completa de Lionel Messi, ver sus goles, revisar sus estadísticas y conocer hasta el color de sus zapatos. La información está en todas partes. Quizás por eso el álbum ya no posee el mismo encanto. Ha perdido su función original.

También ha cambiado la manera de mirar los partidos. En 1974 el mundial había comenzado el 13 de junio y terminaba con la final como muchas veces el día de mi cumpleaños. ¡Qué regalo! Las imágenes llegaban desde Hamburgo, Múnich, Berlín o Gelsenkirchen con una calidad que hoy parecería prehistórica. En Chile había sólo televisión en blanco y negro. La transmisión podía sufrir interferencias y los relatos llegaban con retraso. Ver en directo a Beckenbauer con su elegancia, a Cruyff y su fútbol total que hizo que apodaran a su selección como la Naranja mecánica en directa alusión a la recién estrenada película de Kubrick. Ver en directo a Paul Breitner, Gerd Müller, Johan Neeskens, Jairzinho, Rivelino o a Grzegorz Lato, que a la postre se convirtió en el goleador absoluto del certamen, era como asistir a una experiencia superlativa y mística.

Pero había algo irrepetible: todos estábamos mirando lo mismo. Como pocas veces en su historia, la televisión se convertía verdaderamente en una plaza pública electrónica, un espacio común al que toda la sociedad parecía concurrir simultáneamente. Aquella experiencia compartida suponía la presencia de todos frente a la misma pantalla, observando los mismos goles, las mismas polémicas, las mismas emociones. Por eso la conversación del día siguiente surgía de manera natural, sostenida por la certeza de que existía un espacio común de referencias.

El país entero parecía detenerse. La ceremonia inaugural, el partido decisivo, una tanda de penales, la final. Eran acontecimientos compartidos. No existía la dispersión multimedial de las plataformas, los resúmenes instantáneos ni las redes sociales. Si uno quería ver un partido, tenía que estar frente al televisor en el momento exacto en que ocurría. La experiencia era colectiva.

Y en Chile todo eso ocurría además en medio de un contexto histórico particularmente complejo. El Mundial de 1974 se jugó apenas meses después del golpe militar. El país vivía dividido entre el miedo, la incertidumbre, el dolor y, para algunos sectores, la expectativa de una nueva etapa política. Recuerdo cómo ciertas imágenes se asociaron para siempre con ese tiempo. Pienso, por ejemplo, en Los Quincheros cantando "Chiu Chiu" en Frankfurt para la inauguración del Mundial, que más allá de sus eventuales méritos musicales, terminaron convertidos en una especie de banda sonora no oficial de la dictadura. La figura del huaso, la cueca, la tradición y la retórica patriótica quedaron entrelazadas con la nueva realidad política de una manera que marcó a toda una generación. O al fallido penal de Caszely que algunos lo calificaron como una conspiración del comunismo internacional.

Tal vez por eso los recuerdos del Mundial de Alemania no son solamente futbolísticos. Son también recuerdos del país que éramos. Hoy, en cambio, el Mundial parece otra cosa. No es que haya desaparecido el interés. Los fanáticos siguen ahí. Mis hijos, lo sé, siguen atentos, Ignacio probablemente no se perderá casi ningún partido. Mi papá también, no me cabe duda que estará pegado a la tele dispuesto al goce puramente deportivo y a un análisis lápiz en mano para evaluar las posibilidades de clasificación de cada equipo, y así poder armar la ronda siguiente y eventualmente pronosticar al campeón. Pero la sensación es distinta.

Hay demasiados equipos, demasiados partidos, demasiadas plataformas y demasiadas pantallas. Este Mundial se jugará en tres países. Dos de ellos ya han organizado la competencia anteriormente. Habrá transmisiones simultáneas, análisis permanentes, estadísticas en tiempo real y una cobertura comercial gigantesca. Todo eso es comprensible. El fútbol se convirtió hace mucho tiempo en una industria global.

Quizás el problema no sea que el Mundial haya cambiado. Quizás los que cambiamos fuimos nosotros. Porque ya no esperamos cuatro años para ver a los grandes jugadores. Los vemos cada semana. Ya no dependemos de una transmisión internacional para conocer otros países. Los recorremos virtualmente todos los días. Ya no necesitamos imaginar cómo juega una selección africana o asiática. Podemos observar cientos de videos en cualquier momento.

La escasez generaba expectativa. La abundancia genera dispersión. Sin embargo, tampoco me interesa caer en la nostalgia fácil que afirma que todo tiempo pasado fue mejor. No lo era. El mundo de entonces tenía problemas mucho más graves que los de ahora, o al menos, los mismos. Las dictaduras existían. La información era limitada. Las posibilidades eran menores. Simplemente era distinto.

Y quizás esa sea la verdadera enseñanza que dejan los mundiales, y la vida misma. Las cosas pertenecen a su tiempo. Los sueños también. Los álbumes de papel, los televisores en blanco y negro, las tardes enteras esperando un partido, los nombres de Caszely, Figueroa, Quintano o Ahumada formando parte de nuestras conversaciones, todo eso pertenece a una época que ya no volverá. Del mismo modo que tampoco volverán ciertos afectos, ciertas ilusiones o ciertas maneras de mirar el mundo.

No tiene sentido renegar de aquello que fuimos porque hoy somos otra cosa. Los mundiales cambian. Las tecnologías cambian. Los países cambian. Las personas cambian. Y quizá la única sabiduría posible consista en comprender que cada momento tiene su propia belleza y su propia verdad. Disfrutarlo mientras ocurre es vivirlo plenamente. Porque después nada se repite. Todo permanece en la memoria, pero siempre bajo una forma distinta.

Como esos viejos álbumes de Alemania 74, cuyas páginas amarillentas todavía conservan el olor del pegamento y la emoción de un niño de once años que creía que un Mundial era, durante un mes entero, el centro exacto del universo. Y quizás sí, efectivamente, lo era.