La economía del aficionado

Detrás de cada estadio lleno, de cada hijo que entrena los fines de semana, de cada familia que compra una entrada o aporta económicamente una mensualidad en un club deportivo, hay un acto que va mucho más allá del consumo o el entretenimiento. Existe una contribución real, concreta y muchas veces invisible al sostenimiento del ecosistema que hace posible el deporte en Chile.

Cuando pensamos en cómo se financia el deporte, tendemos a imaginar grandes auspiciadores o aportes estatales. Sin embargo, también existe una economía paralela, más discreta y extendida, que fluye desde las gradas hacia el funcionamiento cotidiano de ligas, clubes e instalaciones. Es la economía del aficionado.

La entrada es la expresión más visible de esa contribución, pero está lejos de ser la única. Quien asiste a un evento o complejo deportivo paga una tarifa de estacionamiento, consume en los locales del recinto y, en más de una ocasión, opta por productos o servicios de los patrocinadores que hacen posible cada evento. Cada uno de esos gestos, pequeños en apariencia, se traduce en recursos que ayudan a sostener la infraestructura, el mantenimiento de recintos y el desarrollo de las distintas disciplinas.

Lo mismo ocurre con las familias que inscriben a sus hijos en escuelas de fútbol, atletismo o natación. Su aporte económico mensual financia entrenadores, preparadores físicos e incluso parte del mantenimiento de la cancha o la piscina, contribuyendo así al funcionamiento de las ramas formativas. El niño que practica deporte los fines de semana no solo desarrolla hábitos saludables, sino que su familia también pasa a ser parte activa de un modelo de financiamiento que, en conjunto, hace viable y sustentable el ecosistema.

Chile lleva más de una década construyendo una reputación como país organizador de grandes eventos deportivos. Los Juegos Panamericanos y Parapanamericanos de Santiago 2023 marcaron el punto más alto de ese proceso, y la postulación para albergar los Juegos Olímpicos de la Juventud 2030 busca proyectarlo. Esa trayectoria, sin embargo, tiene cimientos mucho más cotidianos que una candidatura oficial. Está en el padre que lleva a su hija a entrenar, en el hincha que compra su entrada, en la familia que incorpora el deporte organizado como parte de su vida.

En tiempos de ajuste presupuestario, esta realidad se vuelve aún más relevante. Los recortes en el sector público afectan especialmente a los programas formativos, al deporte escolar y al financiamiento de clubes en regiones. En este contexto, la sostenibilidad del sistema recae con mayor fuerza en quienes eligen participar y apoyar el deporte en todas sus formas. En ese sentido, el aporte económico es un reconocimiento de que el deporte tiene valor real para las personas y la sociedad.

El sector privado tiende a invertir donde hay retorno, como visibilidad de marca, audiencias masivas y eventos de élite. Es legítimo, pero no alcanza por sí solo. El tejido que sostiene el deporte cotidiano no lo financian principalmente los grandes auspiciadores, sino las familias y los aficionados. Son ellos quienes, con sus mensualidades, entradas, consumo en los recintos y lealtad a sus clubes, hacen posible que las instituciones se sostengan y que los atletas del futuro tengan dónde formarse.

Por eso, la contribución del aficionado, del hincha, de la familia y de quienes aportan económicamente por las experiencias deportivas en cualquiera de sus formas, debe ser reconocida como el pilar del sistema que efectivamente es. Eso obliga, a su vez, a que la institucionalidad deportiva dote a tales experiencias de sellos de calidad, garantice transparencia en el uso de los recursos y, en algunos casos, genere proyectos de largo plazo que justifiquen esa confianza.