Chile está en pleno proceso de implementación de la Ley de las 40 horas de trabajo semanales y este mes marca un nuevo hito: la reducción progresiva que sitúa la jornada ordinaria semanal máxima en 42 horas.
La ley ha sido estructurada con una gradualidad que permite la adaptación: desde 2024 rigen 44 horas; este año se llegará a 42 y en 2028 serán obligatorias las 40 horas semanales. No obstante, siempre existe una alternativa importante, pues las empresas pueden anticiparse e implementar el esquema de 40 horas desde ya, por decisión propia, sin esperar los plazos legales.
El corazón de esta reforma es la flexibilidad. Para cuando estemos en pleno régimen de la ley -o en el caso de aquellos que han anticipado su vigencia-, existen dos grandes cambios que benefician a los trabajadores y modifican en forma profunda conceptos como los días en que se distribuye la jornada y los feriados legales.
Primero, existe la posibilidad de tener más vacaciones: hasta un máximo de cinco días hábiles al año, a cambio de las horas extras trabajadas, en la misma proporción en que se pagan hoy. Contar con esos cinco días adicionales permite, por ejemplo, fragmentar las vacaciones o crear puentes en fechas críticas, adaptándose a las necesidades de cada trabajador.
Aparte de lo anterior, se implementa el modelo "4x3" (cuatro días de trabajo y tres de descanso), cuando la persona opta por tener jornadas de 10 horas durante esos 4 días, permitiendo tener un día más disponible para diversos fines.
Otro aspecto de esta norma que ha sido poco difundido es aquel que permite ajustar el inicio de la jornada en hasta una hora, adelantándola o retrasándola. A esta opción pueden acceder las personas que están al cuidado de un hijo o hija menor de 12 años, lo que debe ser solicitado al empleador.
Vemos que hoy, por aplicación de las normas que contiene la ley de 40 horas, existe mayor libertad para las personas de elegir cómo y bajo qué esquemas se insertan en el mercado laboral, condiciones que, sin duda, son mejores que las que existían en el pasado.
Estos avances no solo benefician al trabajador de forma individual, sino que redefinen la relación entre las organizaciones y sus colaboradores. Al permitir que el descanso sea parte de una planificación estratégica, las empresas comienzan a medir el éxito por objetivos cumplidos. Este cambio cultural es fundamental para modernizar un mercado laboral que, durante décadas, fue de los más rígidos de la región.