Pobreza y violencia intrafamiliar, doble exclusión social

Enunciados como por ejemplo, “En prisión preventiva quedó sujeto formalizado por femicidio frustrado en Santiago” o “Macabro femicidio: la mató de un balazo y se suicidó con dinamita”, son algunos de los crudos titulares con los cuales hoy medios de comunicación dan cuenta de la realidad país que han vivido miles de mujeres que fueron o son víctimas de violencia intrafamilar.

Si bien desde 1994 las denuncias y campañas de los movimientos de mujeres y feministas llevaron a la promulgación de una Ley de Violencia Intrafamiliar que sanciona como delito la violencia en contra de las mujeres y reconoce esta situación como un problema social, actualmente en Chile la tasa de femicidios -una de las formas más crueles de violencia que se puede ejercer sobre nosotras- ha seguido en aumento costándole la vida sólo en 2013 a 36 mujeres: amigas, madres, abuelas.

Ahora, si bien la violencia intrafamiliar es un fenómeno social transversal que hoy nos atañe a todos quienes somos parte de esta sociedad, es importante tener en cuenta que esta problemática afecta con mayor crudeza a hogares de los sectores más pobres del país, pues las mujeres que viven en condiciones de exclusión social enfrentan más dificultades y cuentan con menos oportunidades y menos apoyo para salir de esta situación y para elaborar un nuevo proyecto de vida.

En Chile hay 1.180.554 mujeres que viven en situación de pobreza. Empeorando este contexto, allí la violencia intrafamiliar aparece como una problemática doblemente grave, porque representa una vulneración a sus derechos humanos (incluso del derecho a la vida) y también porque afecta a la familia en su totalidad, generando consecuencias psicológicas y sociales de gran magnitud en las víctimas y su entorno.

Ante la violencia en la pareja y/o la violencia intrafamiliar, las mujeres en general y en particular las de escasos recursos están en permanente riesgo de muerte, pues por razones de dependencia cultural, emocional y económica se ven obligadas a seguir cohabitando con el agresor.De igual modo, su situación de riesgo aumenta día a día por la carencia de redes de apoyo, espacios de seguridad y protección para su integridad física y psicológica.

Aun cuando sigue siendo evidente que como sociedad todavía somos testigos silenciosos de la vulneración de derechos que enfrenta este grupo, es vital que colectivamente hagamos un examen de conciencia que nos permita identificar cuáles son las falencias que actualmente tenemos como sistema y que nos impiden dar soluciones a las miles de mujeres que, debido a patrones culturales de violencia que se repiten, no pueden vivir en un país más justo, inclusivo y lleno de oportunidades.

La violencia intrafamiliar se puede prevenir, con el apoyo de las comunidades y actores claves de las localidades.

Siguiendo esta senda, el llamado que hacemos como Hogar de Cristo es a la prevención, punto que es fundamental para evitar nuevas víctimas y que debe ser inculcado desde líneas iniciales de educación, de modo tal que fomentemos desde las edades más tempranas que los niños y niñas de nuestro país aprendan a relacionarse entre sí con respeto, erradicando así todos los vestigios culturales de violencia intrafamiliar.

Asimismo, es importante que el Estado le brinde mayor soporte a las mujeres que sufren de violencia intrafamiliar, permitiendo que su acceso a mecanismos de acogida, protección, apoyo y capacitación, sean más accesibles, permitiéndoles alcanzar mayores grados de autonomía personal.

La intervención con mujeres sobrevivientes de violencia no solo requiere el espacio de acogida y protección, sino de un proceso de intervención psicosocial integral que les permita comprender las causas de la violencia, el impacto que ha provocado en sus existencias y la necesidad de resignificar sus historias y proyectos de vida, hacia un camino de autonomía, respeto y dignidad junto a sus hijos e hijas.

Lograr estos objetivos, por lo tanto no solo es importante por la restauración de derechos que ello implica, sino también son necesarios para asegurar el futuro de miles de niñas que en algún momento de sus vidas serán madres y parejas.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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