Chanchitos

El problema de las pensiones no es falta de ahorro. El ahorro forzoso es el problema. Consiste en desviar las cotizaciones previsionales corrientes hacia los mercados financieros en lugar de pagar pensiones. Dichas cotizaciones permiten hoy elevar a un nivel digno las del millón y medio de jubilados por el sistema AFP, y reajustarlas hacia el futuro al ritmo de los salarios. En cambio se transfieren de inmediato, en su mayor parte y a perpetuidad, a un puñado de magnates. 

No deja de sorprender que las principales organizaciones de trabajadores, así como partidos de izquierda y progresistas, hayan demorado tantos años en incorporar a sus programas el terminar de una buena vez con el ahorro forzoso. Algunos todavía no lo manifiestan de forma categórica y por estos días un grupo pretende ¡elevarlo todavía más!

Todo ello hace pensar que los esfuerzos realizados hasta ahora no han sido suficientes para despejar este asunto en el seno de las organizaciones populares. Por ello, parece necesario repasar los motivos por los cuales los trabajadores en todos los países y en todas las épocas han rechazado tajantemente el ahorro forzoso.

La clave de todo el asunto está en las cotizaciones previsionales. Evidentemente no son un ahorro voluntario de los trabajadores, sino un impuesto establecido obligatoriamente por el Estado que se aplica sólo a ellos. Las pagan siempre los asalariados aunque, como es deseable, las desembolsen en parte los empleadores. El ahorro forzoso las transfiere, en su mayor parte y a perpetuidad, a los empresarios.

El hecho que el sistema sea gestionado por las AFP, añade a este abuso el agravio de cobros escandalosos por administrarlo y traspasa descaradamente el grueso del mismo a un puñado de magnates.

Veamos el asunto más de cerca. Las cotizaciones previsionales se presentan como un ahorro voluntario y responsable de los trabajadores para su vejez. Si así fuese no tendría nada de malo. Cualquier trabajadora o trabajador considera prudente ahorrar para resguardarse de eventualidades, enfrentar gastos mayores o adquirir bienes valiosos. Las cuentas de ahorro del Banco del Estado así lo demuestran. En este caso, tendría el noble propósito de guardar dinero para la vejez, de modo de no representar una carga para los hijos. 

La cosa cambia, sin embargo, cuando dicho ahorro se establece por ley como un tributo obligatorio, es decir, un impuesto que el Estado impone forzosamente a todas las trabajadoras y trabajadores cuando logran un empleo remunerado.

La injusticia es aún más flagrante porque se cobra íntegramente sólo a ellos. Se descuenta por planilla y se eximen los ingresos que exceden el de una trabajadora o trabajador calificado. Dicho impuesto podría ser aceptable para los trabajadores si se destinase íntegramente y de inmediato a pagar las pensiones de sus padres y abuelos. Si se destina al ahorro, en cambio, se convierte en un recorte permanente a los salarios que se transfiere de una forma u otra a los empresarios.

Es decir, en un mecanismo de superexplotación. Ello sucedería aunque dicho ahorro forzoso fuese administrado por el Estado.

No resulta evidente porqué esta acción prudente de cualquier trabajadora o trabajador individual que la ejerce voluntariamente, se convierte en una transferencia a perpetuidad de parte de la masa salarial al empresariado cuando se impone de modo forzoso a toda la fuerza de trabajo. Ello requiere una explicación. 

Lo que sucede es que el número y las remuneraciones de quienes forzosamente pagan este tributo, crecen en el tiempo, sin perjuicio de las continuas oscilaciones en el empleo y salarios, que siguen las fluctuaciones del ciclo económico en un ajuste perfecto.

De este modo, las cotizaciones corrientes se descuentan de una masa salarial siempre creciente.

Por lo tanto, la recaudación corriente siempre cubre con creces la devolución íntegra de lo ahorrado a quiénes cotizaron antes, que eran menos y ganaban un salario inferior. Queda así siempre un excedente, que se acumula en un fondo que por lo mismo crece indefinidamente, el que se pone a disposición del gran empresariado. 

Imagine que las cotizaciones de cada trabajador se acumulan en monedas que no pierden su valor por inflación y los ahorros de cada uno se almacenan en alcancías individuales, los tradicionales chanchitos. 

Cada año entrarán al corral tantos chanchitos como afiliados ingresen al sistema y se retirarán los de quienes jubilen, sea por edad o invalidez, o hayan fallecido. Si el número neto de trabajadoras y  trabajadores activos crece en el tiempo, el número de chanchitos en el corral será cada vez mayor. Si crecen los salarios, engordarán aún más. 

Suponga que los chanchitos se devuelven a sus propietarios al momento de jubilar, digamos, como en Perú. En ese caso el número de chanchitos en el corral sería igual al de afiliados activos en las AFP.

En Chile éstos suman actualmente casi once millones, su número aumenta en un cuarto de millón por año y se han duplicado en el último cuarto de siglo. Como además los salarios han subido un cincuenta por ciento en el período, las monedas depositadas cada año supuestamente en la panza de los animalitos, ha crecido cuatro veces.

¿Que sucede si al jubilar no se devuelven los chanchitos a sus dueños, sino sólo se les cambia de corralito, digamos, como en Chile? Estos últimos se irán consumiendo de a poco, por lo cual les faltará una oreja al de más acá, un pernil al de más allá, en fin. Pero generalmente algo queda al fallecer su dueño.

De ese modo, el fondo acumulado será aún mayor, pues al número siempre creciente de chanchitos en el corral de trabajadoras y trabajadores activos, se agrega el número de chanchitos en el corral de los jubilados, cuyo número también crece. 

De este modo, el fondo de ahorro forzoso recortado a los salarios crece siempre, aunque no se invierta ni obtenga ganancias por intereses y dividendos. Si ocurre esto último, el fondo crecerá aún más aunque los jubilados puedan retirar algunas ganancias además de lo que ahorraron. 

El fondo depende principalmente del número de chanchitos de trabajadores activos forzados a ahorrar, el que siempre crece. Esa es toda la clave del asunto. El fondo de salarios creado por el ahorro forzoso crece mientras aumente el número de afiliados activos.

Ello ocurre necesariamente, aunque los salarios no suban, los ahorros se devuelvan íntegros al jubilar, y no hubiese ganancias financieras. El fondo de ahorro forzoso sólo crece más rápido si los salarios suben, si aumenta la tasa de cotización, si los ahorros se devuelven en parcialidades, o si hay gananciales.

El gran economista Franco Modigliani obtuvo el premio Nobel porque fue el primero en darse cuenta y demostrar algo tan sencillo. Es decir, que un número creciente de ahorrantes genera un fondo que aumenta siempre, aunque cada uno retire todo lo ahorrado al llegar a viejo. Si además aumenta la cantidad que ahorra cada uno, el fondo crecerá todavía más. La única condición es que su número y/o ahorro crezca en el tiempo. 

Por cierto, Modigliani no demostró el asunto con chanchitos sino con elegantes fórmulas matemáticas, que es el lenguaje hoy preferido por los economistas.

Aún así, la mayoría de ellos son al parecer bastante porros, porque no entienden jota de este asunto. O se hacen los lesos… Peor aún, no parecen percatarse que recortar salarios en beneficio de empresarios transgrede el contrato social que establece que los salarios no se tocan, pertenecen a las familias trabajadores, incluidos sus viejos. 

¿Hay realmente monedas en los chanchitos? Aunque se los ponga patas arriba o despedace, no caerá ni una sola. En su interior encontrarán sólo papeles. Éstos registran rigurosamente el monto cotizado cada mes, lo acumulado y sus eventuales ganancias y pérdidas.

El dinero contante y sonante, en cambio, se desvía de inmediato a usos más interesantes. Una parte se utiliza para devolver a los jubilados su dinero ahorrado. Para cubrir aquello en Chile bastó con un 32 por ciento de lo cotizado en el último año. 

El resto se traspasa de inmediato, en su mayor parte y a perpetuidad, a los bolsillos del gran empresariado. La parte del león se la llevan los administradores, AFP y compañías de seguros relacionadas, que en Chile se embolsaron comisiones y primas netas equivalentes a un 26 por ciento de las cotizaciones el año recién pasado.

Es decir, cobraron por sus servicios poco más o menos lo mismo de lo que destinaron al pago de pensiones. El 42 por ciento restante se traspasó de inmediato en forma de préstamos y capital accionario, en su mayor parte y a perpetuidad, a los mayores grupos económicos que operan en el país. 

Sólo cuatro magnates, Saieh, Matte, Hurtado y Penta, se han embolsado primas equivalentes a una cuarta parte de todas las cotizaciones de los trabajadores en el sistema de AFP desde su creación. Penta fue el mayor beneficiado el último año. Adicionalmente, los mismos cuatro son beneficiarios de una cuarta parte de los préstamos e inversiones accionarias del fondo de pensiones en empresas nacionales.  

El ahorro forzoso es la causa de las bajas pensiones. La poderosa y multitudinaria fuerza de trabajo del Chile moderno sabrá defender sus intereses, así como los de sus padres, abuelos y abuelas.

Como lo hicieron muchas veces en el pasado, exigirán nuevamente al sistema político que cumpla con su deber, en este caso, que termine con este abuso de una buena vez. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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