¿Cómo se cultiva la tierra después de la guerra?

Hace algunos días participé en la conferencia "Encrucijadas de una crisis: conflicto, cambio climático y medioambiente en la región del Medio Oriente y el norte de África", organizada por Arab Reform Initiative en Estambul, Turquía. En este espacio se reunieron investigadores y académicos de distintos países del mundo a discutir los efectos de una serie de conflictos armados que se extienden en el tiempo, los cuales no solo tienen desgarradoras consecuencias en la vida humana, sino también en el medioambiente de diversos países.

A través de distintos paneles y ponencias se analizó la situación de Palestina, Sudán, Siria, Irak y el Líbano, incluyendo experiencias de Yemen, Ucrania, Etiopía, Nigeria y algunas regiones latinoamericanas cruzadas por conflictos armados. Por la violencia de las acciones y el impacto en la vida humana, los conflictos bélicos tienden a cristalizarse en crisis humanitarias vinculadas a la destrucción de ciudades y pueblos, el desplazamiento forzado de regiones enteras, la vida de los refugiados, la hambruna y la vulneración de todo tipo de derechos y condiciones de vida. Dicho eso, el impacto de los conflictos también afecta a la naturaleza.

En procesos de conflicto armado, con el objeto de aumentar la desestabilización de países y pueblos, se ataca a civiles e infraestructura crítica, así como se cortan árboles, se contaminan ríos, se destruyen bancos de semilla, huertos, ganado, cercos y maquinaria agrícola. También se bombardean campos fértiles con una intensidad de fuego que transforma incluso la geografía de los territorios. En los sectores rurales, esto significa no solo la muerte y el desplazamiento de la población, también se constituye en una presión extra para los sistemas alimentarios y la sostenibilidad de sus recursos naturales.

Una de las discusiones que se dio en el encuentro se vinculó a la urgencia de tipificar penalmente estas acciones que se orientan, finalmente, a destruir los ecosistemas como vía para presionar al contrario. Investigadores y abogados que trabajan en la Corte Penal Internacional señalaron que desde hace algún tiempo se están discutiendo marcos jurídicos para condenar estas acciones, articulando conceptos como el de ecocidio. Un término similar al genocidio, pero referido a la intención y planificación de acciones para destruir total o parcialmente no un grupo humano, sino un medioambiente determinado a través de daños graves, extensos y duraderos. Daños tan severos que reducen drásticamente la capacidad de las comunidades y los Estados para responder a la degradación ecológica, volviendo prácticamente imposible la restauración de estos territorios y, menos probable aún, pensar en su reactivación productiva.

Una investigadora libanesa lo retrató de la siguiente manera: los conflictos están haciendo que las canciones de las cosechas se estén desvaneciendo. Esas canciones existen desde siempre, se aprenden entre generaciones y transmiten palabras, ritmos que construyen una identidad. Situación no muy distante de lo que sucede con los pueblos indígenas en América Latina, donde asociado al trabajo de la tierra se sostienen una serie de prácticas que conectan con lo profundo de su historia. Sin la tierra, sin la actividad productiva, sin estas canciones, hay algo conectado a las raíces ancestrales que se comienza a desvanecer como una fotografía expuesta al sol.

Durante la conferencia, el objetivo de abordar estos temas fue destacar la importancia de incorporar a la naturaleza como otro elemento central de la guerra, que no siempre aparece como prioritario porque la atención se focaliza, con justa razón, en la vida humana o la recuperación de la tierra como territorio geopolítico, pero no en su sentido medioambiental. Es un tema complejo, que puede ser abordado desde una perspectiva ética, pero tiene una bajada bien concreta. Si el medioambiente aparece como un elemento secundario, frente a daños permanentes, una vez que se terminen las guerras no hay cómo restaurar tampoco la vida humana en esos territorios.

Si la contaminación hace inhabitable un espacio, si la tierra no se rehabilita de su degradación, se pierde la agricultura y la ganadería; y con ello la vida social. Y asociado directamente a ello hay un encadenamiento que se repite: la población migra y tiende a asentarse en la periferia de las grandes ciudades o en campamentos, y se acentúan los problemas de desempleo, inseguridad alimentaria, entre otros elementos que describen el circuito del despojo y la exclusión.

Escuchando a investigadores y académicos, hombres y mujeres que trabajan en condiciones de mucha presión, vuelvo con una idea a la que no había prestado suficiente atención, otra forma de entender lo indisociable que es la vida humana de la naturaleza. Responder cómo se cultiva la tierra después de la guerra es una pregunta que necesita a los seres humanos, pero también a la tierra.