El desgaste docente es como un gas tóxico: invisible, inodoro, y sólo lo notamos cuando ya es demasiado tarde. En la primera semana del año escolar, tres profesores fueron agredidos por estudiantes. Estos hechos no ocurren de un día para otro. Son la punta del iceberg de un malestar profundo que atraviesa nuestras comunidades educativas. Es fácil apuntar con el dedo, pero lo urgente es aprender de lo que está pasando para evitar que se repita.
Aunque ha habido esfuerzos desde la política pública, estos no han frenado la violencia ni reducido las cargas de los docentes. Al contrario, nuevas leyes han sumado obligaciones sin aliviar el agobio.
El agotamiento no es exclusivo de una profesión, pero en trabajos que implican el cuidado de otros, como la educación, sus efectos son devastadores. La serie "Adolescencia" en Netflix lo retrata con crudeza: la violencia se vuelve paisaje hasta que explota.
Un estudio longitudinal realizado por Impulso Docente en colaboración con el Laboratorio de Convivencia UDD, que involucró a más de 1.000 docentes en Chile, mostró que mejorar las creencias y actitudes sobre el aprendizaje socioemocional está asociado con un mayor logro y menor desgaste psíquico. Además, las prácticas periódicas de regulación emocional y el establecimiento de redes de contención contribuyen a mantener o mejorar el bienestar subjetivo de docentes y educadores.
No podemos esperar a que pase lo peor para reaccionar. Cuidar el bienestar de quienes enseñan es una medida preventiva esencial. Conectarnos, escuchar activamente y actuar a tiempo es posible. El bienestar docente no es un lujo, es la base para una educación que cuide y transforme.
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