PAES 2026: el espejo que no queremos mirar

Los resultados de la PAES 2026 han salido a la luz y, como un reloj suizo, repiten la misma historia de desigualdad que nos avergüenza año tras año. Los establecimientos educacionales con mejores puntajes son, sin excepción, particulares pagados de comunas como Las Condes, Vitacura y Providencia. Sus promedios superan holgadamente los 850 puntos. En contraste, la gran ausencia de liceos municipales y de otros emblemáticos públicos en el top 50 no es un accidente, es una señal. Todos han sido relegados a las colas del ranking, mientras los establecimientos privados concentran el podio.

Esto no es una mera estadística. Es la radiografía brutal de un sistema educativo que segrega desde la cuna. Una prueba estandarizada que no mide mérito individual, sino herencia socioeconómica y acceso a privilegios: preuniversitarios exclusivos, horas extras de coaching, entornos que entrenan para rendir.

En este Chile fracturado, la PAES actúa como un filtro implacable que reproduce las clases sociales. Condena a miles de jóvenes talentosos de escuelas públicas y de regiones apartadas a un futuro truncado: sin universidad o en carreras consideradas por las élites, de segunda categoría. Me pregunto si Chile ha pensado en el costo humano de esta rigidez.

Imaginemos a un estudiante de Arica, de Temuco o de un liceo municipal en la periferia de Santiago. Tiene notas escolares sólidas, un NEM competitivo, un ranking relativo prometedor. Pero su puntaje PAES es bajo, no por falta de talento, sino por falta de recursos preparatorios. Ese estudiantado brillante ve cerradas las puertas de las carreras más deseadas -Medicina, Ingeniería, Derecho- en las universidades de mayor acreditación. No por incapacidad, sino porque el sistema ignora su trayectoria y contextos adversos.

La dependencia casi absoluta de un examen único -un día de estrés, con todo el peso de la escolaridad previa- desecha potencial nacional en áreas estratégicas para el desarrollo.

Estudios y voces expertas lo vienen advirtiendo hace años: estamos perdiendo talento porque la PAES premia el capital cultural heredado, no la equidad de oportunidades. Reformas cosméticas, como ajustar ponderaciones o incluir más el NEM, no bastan. Son parches en una herida gangrenosa que perpetúa la exclusión y frena la movilidad social.

¿Cuántos ingenieros, médicos o líderes perdemos al año por esta miopía? El país entero paga el precio en innovación estancada y brechas que no cierran. Pero si levantamos la vista más allá de nuestras fronteras, veremos que en America Latina existen modelos distintos que no sacrifican calidad por inclusión.

La Universidad de Buenos Aires (UBA), líder en el QS Ranking Latam 2026 y ubicada entre las 10 mejores de la región, prescinde por completo de un examen estandarizado único. Su modelo de ingreso libre, seguido de un Ciclo Básico Común (CBC) de un año, evalúa el potencial real en acción: clases obligatorias, exámenes progresivos y nivelación para toda su juventud: Sin filtros previos de poder adquisitivo u origen. Así, la UBA atrae una diversidad masiva -cientos de miles de estudiantes, incluso de Chile- y saca lo mejor de cada uno. Demuestra que el talento no necesita un puntaje para brillar.

En Uruguay, la Universidad de la República (Udelar) apuesta por cursos de orientación previos al ingreso universitario, en lugar de aplicar una prueba única de admisión. Prioriza la inclusión y el acompañamiento pedagógico por sobre una lógica de competencia "raw": una competencia cruda, individualista y descontextualizada que mide el rendimiento sin considerar las trayectorias educativas ni las desigualdades de origen.

Incluso en países que sí utilizan exámenes nacionales estandarizados como mecanismo de ingreso, se han implementado políticas que buscan corregir las desigualdades estructurales.

En Brasil, por ejemplo, el Exame Nacional do Ensino Médio (ENEM), que permite postular a universidades como la Universidad de São Paulo (USP) -una de las tres mejores de América Latina- incorpora sistemas de acción afirmativa. Estos incluyen cuotas para estudiantes de sectores socioeconómicos vulnerables, ponderaciones adicionales según el rendimiento escolar previo y bonificaciones regionales que favorecen a postulantes de zonas históricamente desfavorecidas. El resultado es un modelo que, si bien mantiene una prueba nacional, introduce mecanismos compensatorios que equilibran la balanza y promueven una mayor equidad.

Colombia sigue una lógica similar con su examen Saber 11, una prueba nacional obligatoria para acceder a la educación superior. Sin embargo, también contempla criterios adicionales que permiten reconocer el potencial académico más allá del puntaje en una única evaluación, considerando factores contextuales y trayectorias diversas.

Frente a estos ejemplos regionales, cabe preguntarse por qué Chile, con 47 universidades adscritas a la PAES y al menos 11 en rankings latinoamericanos, insiste en un modelo de admisión centrado casi exclusivamente en una prueba estandarizada, sin mecanismos que corrijan desigualdades ni reconozcan trayectorias diversas.

Este enfoque, que se presenta como una expresión de "meritocracia pura", ignora las profundas desigualdades del sistema escolar chileno y termina reproduciendo la segregación social en el acceso a la universidad. La evidencia es clara: sin medidas compensatorias, la supuesta neutralidad de la prueba única se convierte en una ficción que perpetúa las brechas en lugar de cerrarlas.

Es hora de romper el molde. De desterrar la PAES como reina absoluta del ingreso universitario. Y que se entienda bien: no se trata de bajar estándares, sino de diversificarlos. Pruebas institucionales por carrera, énfasis en historial académico completo, evaluaciones formativas y vías paralelas para talentos no estandarizados, inspiradas en estos pares regionales.

Un sistema así rescataría cerebros de la periferia, enriquecería aulas con perspectivas variadas y potenciaría el desarrollo nacional. Convertiría la universidad en motor de equidad real, no en club de élites urbanas. Mantener el statu quo es condenarnos a más rankings que discriminan cognitivamente generando menos innovación colectiva. La PAES mide nuestra segregación, no nuestro mérito.

Cambiémosla ya, para que Chile no desperdicie talento, sino que lo reconozca allí donde nace: diverso, extendido, muchas veces invisibilizado. Solo entonces podremos hablar de educación como derecho, no como privilegio. Porque mientras no corrijamos esa asimetría, seguiremos confundiendo mérito con privilegio, y selección con exclusión.

Solo entonces, quizás, Chile entero podrá mirarse al espejo y ver, al fin, el país que podríamos ser si dejáramos de excluir precisamente a quienes más tienen para aportar.

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