¿Tropezar con la misma piedra? Educación pública, formación ciudadana y democracia

Hace 90 años, un 18 de agosto de 1936, el poeta andaluz Federico García Lorca fue asesinado en medio de un conflicto conocido como la guerra civil española. Este acontecimiento anunciaba, como supimos más tarde, un nuevo y aún más doloroso episodio en la historia humana: la Segunda Guerra Mundial. Determinar las causas de uno y otro episodio no es tarea sencilla; no obstante, la historiografía ha logrado identificar ampliamente algunas de ellas: la lucha de los países de Europa Occidental por el control imperialista de diversas regiones del globo con el fin de asegurarse mercados para su producción industrial y proveerse de materias primas; la negación de la condición humana de los otros, una irracionalidad brutal acompañada de un odio racial y xenófobo llevado al paroxismo; y la crisis de la democracia liberal, cuyo cuestionamiento y desprestigio provocó en las masas de ciudadanos una profunda desafección hacia sus principios y formas.

Hace unas cuantas horas, desde la misma Europa Occidental, se transmitió una noticia inquietante. El 44% de los electores alemanes de Sajonia, región ubicada en el oriente germano, votó a favor de la agrupación de extrema derecha llamada Alternativa para Alemania (AfD), venciendo con ello a la conservadora Democracia Cristiana Alemana (CDU), partido que obtuvo tan solo 17,4% de adhesión popular. Las claves del triunfo de la extrema derecha, según los analistas, son ya conocidas: un cuestionamiento a las políticas económicas, el rechazo al sistema de partidos políticos, la oposición a las medidas medioambientales y la negación de fenómenos globales como el calentamiento global. En el discurso de la referida agrupación se da especial énfasis al cuestionamiento de las políticas migratorias vigentes en Europa.

Para algunos analistas, el triunfo de la AfD en Sajonia significa la victoria del viejo ideario nazi, y tal vez no estén equivocados. El paralelo y las semejanzas entre un proceso histórico y otro son más que evidentes. La pregunta que cabe hacerse es: ¿qué sucede en Alemania donde, tras 90 años, nuevamente la ultraderecha obtiene un triunfo electoral que, aunque relativo, es igualmente preocupante?

La pregunta sobre los resultados electorales en Sajonia bien podría aplicarse a otros países. El fenómeno, lamentablemente, no es único. Numerosos países europeos y americanos han vivido y viven procesos similares de resurgimiento de posiciones antidemocráticas extremas que levantan los mismos discursos de odio y de violencia que ya hemos conocido. La fórmula es la misma: poner en cuestión la condición humana del adversario para luego dar cobertura y legitimidad a su persecución y aniquilamiento físico. "Mugrosos", "pelientos", "rotos", "humanoides" o "rojos" son solo ejemplos de aquello.

Desde una perspectiva de análisis, el avance del neofascismo al que hoy asistimos es producto, entre otros factores, del sostenido debilitamiento de la educación pública en los países en los que este proceso alcanza ribetes alarmantes. Décadas de neoliberalismo -modelo de desarrollo caracterizado por procesos privatizadores de lo que alguna vez fueron considerados derechos sociales, como la educación y la salud- terminan finalmente impactando de modo negativo en la solidez de la formación de las y los ciudadanos. La atrofia del pensamiento crítico en amplios sectores de la sociedad y el surgimiento de una nueva forma de analfabetismo -donde la gente no comprende lo que lee ni logra cuestionarse lo que escucha o ve- son expresiones de un evidente debilitamiento de la escuela y del liceo público.

Privatizar la educación pública y reducirla a su mínima expresión no solo ha perseguido fines económicos. Sin duda, el interés de privatizar la educación tiene un móvil financiero: someterla a las dinámicas del mercado y a la iniciativa privada busca hacer de ella un negocio que, con los tradicionales eufemismos de la política criolla, disfraza el lucro. Sin embargo, es indudable que los efectos no han sido únicamente económicos; también han sido, y son, principalmente políticos.

El Estado en Chile, ante la necesidad de sentar las bases del sistema democrático y del crecimiento económico, se propuso educar a los ciudadanos desde fines del siglo XIX. Para ello, edificó una amplia red de escuelas y liceos que poblaron todo el territorio nacional. Hacia 1970, la educación pública concentraba la inmensa mayoría de la matrícula escolar del país; en la actualidad, tan solo representa 35% del total. Un efecto evidente de este proceso privatizador dice relación con la formación ciudadana en el país. Los privados, que mayoritariamente administran las escuelas financiadas con fondos públicos, no tienen la vocación docente que el Estado tuvo alguna vez en este campo, lo cual es preocupante.

Es indiscutible que los ciudadanos expresan su desafección con la democracia. Cabe recordar que la política debió volver al voto obligatorio, dado que la participación voluntaria de la masa electoral tendía a la baja de modo sostenido. En la actualidad, este distanciamiento ciudadano con el régimen democrático es aún más crítico. Obligada por ley a ejercer su derecho a sufragio, la ciudadanía expresa su lejanía con el sistema optando por proyectos políticos abiertamente autoritarios y conservadores. La histórica vocación democrática del pueblo chileno está en tela de juicio.

Una parte importante de la población no otorga valor al sistema ni a la convivencia democrática, y se hace eco de posiciones claramente antidemocráticas y reactivas. Con ello, se abre paso a un tipo de convivencia basado en la violencia y en la imposición de la fuerza. El maltrato, la amenaza, la negación de la dignidad humana y la violencia verbal y física se hacen preocupantemente cotidianos. La tolerancia, el respeto por la diversidad y la diferencia, así como el aprecio al pluralismo de las ideas y credos, son cada vez más escasos. Todo ello es, dolorosamente, la antesala para el arribo de nuevas dictaduras, tanto aquí como en otras latitudes.

Es de esperar que la escuela y el liceo público, a pesar de su actual condición, jueguen un papel decisivo en la urgente necesidad de recuperar la formación ciudadana, para la aún más apremiante necesidad de preservar la democracia.