Presupuesto 2027: la ciencia también convoca

Más de 9.000 personas llegaron a la Universidad de Santiago de Chile el pasado fin de semana para participar en NeuroFest 2026, organizado por Fundación Axion. Durante dos días, niñas, niños, jóvenes, familias y docentes recorrieron exposiciones, conversaron con especialistas y participaron en experiencias dedicadas a comprender el cerebro, la salud mental, el aprendizaje y las nuevas tecnologías. No llegaron por obligación, llegaron movidos por la curiosidad y por un interés genuino en la ciencia.

Esa imagen de un campus abierto y miles de personas reunidas en torno al conocimiento adquiere especial relevancia cuando el país comienza a preparar la discusión del Presupuesto de la Nación para 2027. En un escenario fiscal estrecho, el debate no consiste únicamente en distribuir recursos escasos, consiste, sobre todo, en decidir qué capacidades queremos proteger y qué futuro estamos dispuestos a financiar.

Los datos permiten dimensionar el desafío. La OCDE registra para Chile una inversión en investigación y desarrollo de apenas 0,3% del PIB, frente a una referencia promedio del bloque de países del 2,9%. La distancia es aún más elocuente al observar a países que han convertido el conocimiento en una política sostenida de desarrollo: Israel destina 6,8% de su PIB a I+D y Corea del Sur, 5,1%. No se trata de copiar modelos ni de competir mecánicamente por una cifra, se trata de comprender que las economías capaces de crear tecnología, elevar su productividad y responder con autonomía a crisis sanitarias, climáticas o productivas construyeron esas capacidades mediante inversiones persistentes, no con decisiones ocasionales.

El presupuesto público chileno también ayuda a situar la discusión. La Ley de Presupuestos 2026 contempló un gasto del gobierno central de $86,2 billones, con un crecimiento real de solo 1,7%, uno de los más acotados de los últimos años. Dentro de ese marco, la partida del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación alcanzó $791.671 millones. Esto equivale aproximadamente al 0,92% del gasto presupuestado: alrededor de nueve pesos de cada mil. Aunque esa cifra no representa todo el gasto nacional en I+D, sí revela el reducido espacio que ocupa la institucionalidad científica dentro de las prioridades fiscales. Reconocer esta realidad no significa desconocer las restricciones. Chile necesita responsabilidad fiscal y las universidades estatales sabemos que cada recurso debe utilizarse con transparencia, eficiencia y sentido de prioridad. Pero la responsabilidad fiscal no consiste en recortar de manera indiferenciada, también exige distinguir entre un gasto prescindible y una inversión estratégica, así como considerar los costos futuros de decisiones que hoy parecen producir ahorro.

Por eso, la discusión no puede reducirse a cuánto cuesta financiar la ciencia, la educación o la cultura, debemos preguntarnos cuánto le costaría al país debilitarlas. Un Chile que reduce su capacidad científica se vuelve más dependiente de tecnologías y conocimientos desarrollados en otros lugares. Un país que debilita su educación dispone de menos herramientas para enfrentar la inteligencia artificial, la automatización y las transformaciones del trabajo. Una sociedad que restringe sus espacios culturales pierde creatividad, capacidad crítica y cohesión social.

Educación, ciencia y cultura no son mundos separados, forman un mismo ecosistema. La educación despierta preguntas y entrega capacidades para buscar respuestas. La ciencia transforma esas preguntas en conocimiento y soluciones. La cultura permite que ese conocimiento circule, dialogue con la sociedad y adquiera sentido colectivo. NeuroFest reunió precisamente esas tres dimensiones: educó, divulgó y creó una experiencia cultural en torno al conocimiento. Su convocatoria refuta, además, la idea de que la ciencia está alejada de las personas. Cuando el conocimiento se comunica de forma abierta, comprensible y creativa, la ciudadanía participa, pregunta y se entusiasma.

Pero esa conexión requiere financiamiento estable para investigar, formar nuevos talentos, sostener infraestructura y acercar los resultados a la comunidad. La investigación básica, la formación de posgrado, los centros científicos y la divulgación no pueden depender de impulsos anuales ni evaluarse solo por retornos económicos inmediatos. Interrumpir esas trayectorias dispersa equipos, empuja talentos fuera del país y destruye capacidades que tardan años en reconstruirse. Al mismo tiempo, democratizar el conocimiento es una tarea pública: el acceso a la ciencia no debe depender del lugar donde se nace, del establecimiento educacional al que se asiste o de la capacidad económica de una familia.

El Presupuesto de la Nación no es solamente una planilla de ingresos y gastos, es una declaración política acerca del país que queremos construir. El presupuesto para 2027 deberá responder a urgencias ineludibles, pero no puede hacerlo hipotecando las capacidades que permitirán enfrentar los desafíos de las próximas décadas. Proteger la educación, la ciencia y la cultura no es ignorar la estrechez fiscal; es ejercer responsabilidad con una perspectiva de largo plazo.

NeuroFest demostró que la ciencia convoca. Ahora corresponde que el Presupuesto 2027 esté a la altura de una ciudadanía que quiere conocer, aprender y participar, y de un país que necesita transformar esa curiosidad en conocimiento, innovación y desarrollo.