Un incendio fuera de control

El incendio del Instituto Nacional quedará grabado en los textos de Historia de Chile, porque hasta hace poco tiempo este era uno de los colegios de mayor calidad educacional y el primero de la República, fundado hace 206 años. Nadie habría imaginado que en este “foco de luz de la Nación”, como afirma orgullosamente su himno, estallaría un foco de fuego provocado por jóvenes en edad de estudiar.

En tiempos no lejanos, ¿a qué estudiante se le habría ocurrido incendiar su colegio? Y si así hubiera sido ¿cuáles serían sus motivos?

Porque eso es lo que no resulta claro cuando observamos día tras día a los encapuchados del Instituto Nacional. Su principal mensaje son las bombas molotov que lanzan a los carabineros, a los periodistas o a los transeúntes. E incluso apedrean a los bomberos que acudieron a sofocar el incendio en esa esquina de la Alameda donde se alza el tradicional liceo.

¿Qué quieren, qué piden, qué exigen estos jóvenes pirómanos?

Tenemos que considerar la génesis de esta problemática, decía hace algunas semanas la apoderada Judy Valdés, presidenta de uno de los tres centros de padres del instituto.

¿Cuál génesis…? ¿De qué problemática estamos hablando? ¿No será mejor emplear el castellano y proponer que veamos las causas del problema para buscar soluciones?

La rectora del instituto, Lilí Orell, sí utilizó en cambio el correcto lenguaje para admitir que la situación se salió de control y que los profesores no están preparados para abordar la dimensión delictual que adquirió el conflicto.

“No estamos capacitados para atender este tipo de situaciones de índole delictivo. Los profesores e inspectores no tienen la formación para enfrentar este tipo de hechos”, reconoció la profesora.

¿Y cuál fue la reacción de las autoridades? La primera respuesta surgió en el ministerio del Interior, que pidió un fiscal especial para que investigue lo que ocurre en este colegio, que abrió sus puertas el 10 de agosto de 1813, bajo el Gobierno de José Miguel Carrera. Desde entonces, 18 de sus alumnos llegaron a convertirse en Presidentes de la República.

La segunda respuesta vino de la ministra de Educación Marcela Cubillos, para reafirmar que este fiscal especial debería investigar “qué organizaciones o qué personas están atrás del financiamiento de estos grupos que llevan demasiado tiempo en estos niveles de violencia”.

"De frentón, lo que hay que hacer acá es hacer una labor, un trabajo de apoyo a la gestión que tiene que hacer carabineros para que efectivamente se detengan a estudiantes que están incurriendo - o no estudiantes que están incurriendo - en estos hechos de violencia extrema", agregó la Ministra, hablando claro y golpeado.

Es decir, mano dura con los delincuentes.

Sin embargo no hay respuestas para saber qué es lo que motiva a los jóvenes institutanos y cuál es el camino para rescatar a su colegio con sus más de 4.000 estudiantes, si todavía es posible rescatarlo.

El periodista y escritor Federico Gana, un institutano de los años 60, evocaba hace algún tiempo a sus antiguos profesores, cuando entre maestros y alumnos existían lazos de amistad y confraternidad.

Recordó con especial afecto a don Osvaldo Arenas (en ese tiempo se usaba el adjetivo “don”) y los desayunos de los estudiantes rezagados en su casa, para reforzar el francés y aprender algo más de la vida.

“Y, entre varios otros ejemplos de sabiduría, el Inspector General Fernando Soto era nuestro guía, nuestro consejero y muchas veces hacía la "vista gorda" cuando le solicitábamos salir del establecimiento durante algunos minutos o nos sorprendía fumando”, relataba Gana, con alegría y nostalgia.

Benjamín González era presidente del 4° F Humanista cuando le tocó pronunciar un discurso en nombre de los estudiantes que se graduaban a fines de 2012. Pero en lugar de leer el discurso que previamente fue revisado y aprobado por las autoridades del colegio, se salió del libreto original y trazó una visión que puede explicar en parte lo que hoy sucede.

“Desde el primer día que pisé este colegio, sentí como todos los dardos y las acciones van dirigidas a un solo objetivo: el éxito. El éxito, no como un instrumento para un fin mayor y más noble (la felicidad, por ejemplo), sino como la meta final de la vida”, dijo Benjamín.

Aunque no aludió a la “Revolución de los Pingüinos” del año 2006, donde los estudiantes de este y otros liceos exigieron el fin de la discriminación entre la educación pública y los colegios privados, el joven orador lanzó esta quemante reflexión:

“Si la educación en Chile fuera buena en todos los establecimientos educacionales, ¿qué motivo habría para la existencia del Instituto Nacional?”

“Ninguno”, concluyó.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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