Una maestra rural sin título profesional

Cuando Gabriela Mistral, a petición del entonces ministro de Instrucción Pedro Aguirre Cerda, asumió la Dirección del Liceo de Punta Arenas, sin contar con el título de pedagoga que con tantas ansias había procurado obtener, manifestó que “este establecimiento recibirá a todos los educandos que lo soliciten, sin distinción alguna”, según registró Roque Esteban Scarpa en su obra  Magisterio y Niño (Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1979, pág. 14).

Como esa declaración de principios de Gabriela Mistral fue realizada a comienzos del siglo pasado, cabe preguntarse si como sociedad hemos sabido escuchar a los grandes que hemos tenido en Chile para reaccionar a tiempo y en la dirección correcta, pues, durante los últimos ocho o nueve meses, hemos sido testigos de cómo nuestros representantes en el Congreso han estado razonando y debatiendo, a veces dando palos de ciego, al respecto.

La humilde maestra del valle del Elqui ya había razonado, con acierto, sobre la inclusión. Como también en torno a muchos otros temas vinculados a la Pedagogía, sin ser pedagoga por estudios, aunque sí por vocación y corazón. Basta recordar algunos de sus pensamientos sobre educación.

“Amenizar la enseñanza con la hermosa palabra, con la anécdota oportuna y la relación de cada conocimiento con la vida.”

“Hay que eliminar de las fiestas escolares todo lo chabacano.”

“Los dedos del modelador deben ser, a la vez, firmes, suaves y amorosos.”

“La maestra que no respeta su horario y lo altera solo para su comodidad personal, enseña con eso el desorden y la falta de seriedad.”

“Toda lección es susceptible de belleza.”

“El buen sembrador siembra cantando.”

“Todos los vicios y la mezquindad de un pueblo son vicios de sus maestros.”

“La maestra que no lee, tiene que ser mala maestra.”

“Es preciso relacionar cada nuevo conocimiento con la vida.”

“Enseñar siempre con la actitud, el gesto y la palabra.”

“Enseñar tanto en el patio y en la calle como en la sala de clases.”

“¿Cuántas almas ha envenenado o ha dejado confusas o empequeñecidas para siempre una mala maestra durante su vida?”

“Hacer leer como se come, todos los días, hasta que la lectura sea como el mirar, ejercicio natural, pero gozoso siempre.”

Infinidad de otros pensamientos pedagógicos (intuitivos, por cierto) fue dejando Gabriela en numerosas obras poéticas y en prosa. Vale la pena recordar que todavía permanece inédita gran parte de su producción literaria que por años ha estado guardada en baúles. ¿Qué más encontraremos en ellos algún día?

Y también es necesario recordar que Gabriela Mistral llegó a la pedagogía por necesidad de ganarse el pan, poco abundante en su hogar a causa de un padre andariego, y gracias al entonces director del diario “El Coquimbo”, Bernardo Ossandón, quien le abrió las puertas de su biblioteca personal, con lo cual despertó el hambre de lectura que también llevaba en sus entrañas la niña elquina.

Gabriela tenía solo 14 años cuando comenzó a enseñar a leer a niños de cinco a diez años y a muchachones analfabetos que la sobrepasaban en edad. En el diario “La Unión” de Valparaíso, el 23 de enero de 1957, Gabriela declaró póstumamente: “Por mi falta de título, soy una intrusa en el grupo de maestros”, pero no le faltaba claridad y corazón para realizar su labor de maestra, pues ya en 1908 había escrito un artículo sobre la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria, publicado en “La Voz de Elqui”, donde expuso sus pensamientos sobre educación que solo muchos años después fueron considerados por los legisladores de la época. Nada nuevo bajo el sol.

Cuando Gabriela quiso regularizar sus estudios en la Escuela Normal de La Serena, su ingreso le fue negado por el capellán Manuel Ignacio Munizaga, quien consideró algo fuertes sus publicaciones en la prensa, además de su precariedad económica. 

Sin embargo, algunas de sus amigas y el poeta Víctor Domingo Silva la animaron y acompañaron a rendir un examen de solvencia en la Escuela Normal N° 1 de Santiago, cuya directora, Brígida Walker, le permitió dar su prueba en verso, sabiendo que le resultaba más natural para su expresión.

Años después, su inestimable amigo y protector, Pedro Aguirre Cerda, la ayudó para que asumiera la Dirección del Liceo de Temuco (donde conoció a Pablo Neruda, cuando solamente era el niño Ricardo Neftalí Reyes Basoalto) e impartiera las clases de Castellano, incluso sin tener el título de profesora de Estado necesario para ejercer la docencia secundaria, pero contando con una verdadera vocación de maestra.

En 1921, al crearse el Liceo N° 6 de Niñas de Santiago, Gabriela fue designada Directora y profesora de Castellano del nuevo establecimiento, en medio de una fuerte campaña en su contra, debido a su carencia del título universitario habilitante, lo que significó un golpe muy doloroso para ella, como lo evidenció en una nota que dirigió a la profesora que aspiraba al mismo cargo, esposa del secretario de un importante partido político, diciéndole: “Yo no tengo título, es cierto; mi pobreza no me permitió adquirirlo, y este delito, que no es mío, sino de la vida, me ha valido el que se me niegue, por algunos, la sal y el agua. Yo, y otros conmigo, pensamos que un título es una “comprobación de cultura”. Cuando esa comprobación de cultura se ha hecho de modo irredargüible, por dieciocho años de servicios y por una labor literaria, pequeña, pero efectiva, se puede pedir, sin que pedir sea impudicia o abuso…” ¡Un tapabocas genial!

El asunto afectó tanto a Gabriela, que pensó en emigrar de Chile, desmoralizada y desilusionada de su patria, como muchas veces le sucedió, luego de recibir en tantas ocasiones “el pago de Chile”.

Pero, providencialmente,  en esos mismos momentos recibió una invitación oficial del Gobierno de México, a través del ministro de Educación Pública José Vasconcelos, para que prestara su colaboración en la Reforma Educacional que pretendía realizar aquel país hermano. Gabriela no dudó en aceptar y así pudo contribuir con su pensamiento pedagógico intuitivo al mejoramiento de la calidad de la educación pública mexicana, que por mucho tiempo fue un modelo para toda Latinoamérica, gracias, también, al aporte de tantos inmigrantes españoles a los que México brindó asilo, al término de la guerra (in)civil española.

Con toda razón, refiriéndose a esta invitación del Gobierno mexicano, Alone sentenció: “Ojos extraños la descubrieron, casa ajena la albergó, admiradores y amigos de lejanos países le dieron, por fin, el sentimiento más necesario a la buena nutrición de un alma, el de su propia superioridad.”

Mientras, nuestro país le daba a Gabriela el tristemente famoso “pago de Chile”, aunque es cierto que muy tardíamente, en 1923, el Concejo de Instrucción Primaria, a propuesta del rector de la Universidad de Chile, Gregorio Amunátegui, le concedió el título de Profesora de Castellano que ella ya había honrado y ejercido con profesionalismo mucho antes de tenerlo. Sin duda, fue una forma de reparación, tal como ocurrió después con el Premio Nacional, que le fue otorgado luego de haber obtenido el Premio Nobel, como si este fuera inferior a aquel. ¡Curiosidades que ocurren, a veces, en nuestro país!

Y hablando de curiosidades, se me ocurre mencionar que hoy, en Chile, la jefatura del Departamento de Fortalecimiento de la Educación Pública (FEP), organismo dependiente del ministerio de Educación, está a cargo de una distinguida profesional mexicana, Ana Elena Schalk. Sin pretender realizar comparaciones con lo que nuestra Gabriela hizo en México, de todo corazón le deseamos a Ana Elena que tenga el mismo éxito que en tierras mexicanas obtuvo la humilde maestra elquina, para el bien de la educación chilena.

Como nobleza obliga, finalizo señalando que la mayor parte de la información aquí aportada en torno a Gabriela Mistral  fue obtenida a partir de la excelente investigación realizada por el destacado profesor Dr. Maximino Fernández Fraile para su libro “Gabriela Mistral, Diez acercamientos”, de próxima publicación en Chile.

A los lectores interesados, queda extendida la invitación a (re)leer, entre otros textos mistralianos, “La Oración de la Maestra”, “La Maestra Rural”, “Himno de las Escuelas Gabriela Mistral”, “Recado sobre Pablo Neruda”, “El Himno Cotidiano”, “Biblioteca y Escuela”, “Niño y Libro”, “Pasión de Leer”, “El Maestro Rural”, “¡Echa la simiente!”, “Derechos del Niño” y “Pensamientos Pedagógicos”.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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