El 24 de junio de 2026, a las 18:04 hora local, el norte de Venezuela fue sacudido por uno de los terremotos más devastadores de su historia. La tierra tembló durante cerca de minuto y medio, y cuando el movimiento cesó, Caracas y las ciudades vecinas enfrentaron una verdadera emergencia. Edificios derrumbados, familias buscando a sus seres queridos bajo los escombros, un aeropuerto internacional dañado, hospitales al límite. La cifra de víctimas es todavía incierta.
Ante pérdidas de esta magnitud, las palabras son insuficientes. Pero la ciencia puede, al menos, ayudarnos a entender qué ocurrió, por qué ocurrió y qué nos enseña a quienes vivimos en un país sísmicamente activo como Chile.
¿Fue uno o fueron dos terremotos?
Los sistemas de monitoreo sismológico USGS, en Estados Unidos, y FUNVISIS en Venezuela, registraron en realidad dos eventos distintos: uno de magnitud 7,2, seguido apenas 38 segundos después por uno de magnitud 7,5. La segunda ruptura ocurrió mientras el suelo todavía vibraba por la primera, lo que en tiempo real dificultó distinguirlos.
Para quienes estaban en la zona afectada, la experiencia probablemente fue la de un único y prolongado sacudón. Ambas percepciones son válidas y describen cosas diferentes: la sismología separa los eventos para entender cómo se propagó la ruptura; la vivencia humana los fusiona en una sola emergencia.
¿Importa la distinción? Científicamente, sí. Cuando sumamos la energía de ambos eventos, el total equivale a un terremoto de magnitud 7,6. Y aquí vale detenerse un momento, porque la magnitud es uno de los conceptos sísmicos que más se presta a malentendidos. La escala es logarítmica: cada unidad entera de diferencia no representa "un poco más de energía", sino un salto de proporciones enormes. Un terremoto de magnitud 8,0 libera unas 30 veces más energía que uno de magnitud 7,0. En el caso de Venezuela, el evento de 7,5 liberó aproximadamente el triple de energía que el de 7,2. Estos números no son abstractos: se traducen directamente en el alcance de la destrucción, en la distancia a la que se siente el sismo y en la capacidad que podría tener el suelo de dañar estructuras.
Las fallas, el tipo de movimiento, y por qué no hubo tsunami
Venezuela se encuentra en el límite de dos grandes placas tectónicas, la placa del Caribe, al norte; y la placa Sudamericana, al sur. Ese borde no es estático: se mueve unos 20 milímetros por año, acumulando tensión en las fallas que lo componen.
Las dos fallas protagonistas de este terremoto, Boconó y San Sebastián, son lo que en geociencias se denominan fallas de rumbo (strike-slip faults), dos bloques de corteza que se deslizan horizontalmente el uno contra el otro, en sentidos opuestos. La ruptura se inició cerca de San Felipe y se propagó hacia el este, en dirección a Caracas, recorriendo entre 160 y 180 kilómetros con desplazamientos de entre 1 y 2 metros a lo largo de la falla.
Este movimiento predominantemente horizontal tiene un potencial mucho menor de generar tsunamis en comparación con las fallas de subducción, que desplazan verticalmente grandes columnas de agua oceánica. En este caso, no se registró un maremoto significativo.
Este punto marca una diferencia fundamental con Chile. Aquí, la amenaza sísmica dominante proviene de la subducción: la placa de Nazca se hunde (o subducta) bajo la placa Sudamericana en un movimiento compresivo (de tipo thrust), donde un bloque cabalga sobre el otro. Cuando esa ruptura ocurre bajo el océano y desplaza verticalmente el fondo marino, puede desencadenar tsunamis devastadores, como los que acompañaron al terremoto de Valdivia de 1960 o al 27F de 2010. Son geometrías de falla distintas, peligros asociados distintos, aunque ambas capaces de generar terremotos de gran magnitud.
Por qué el daño fue tan severo
Además del tipo de falla, hay otro factor que marcó profundamente el impacto de estos sismos: su profundidad. El primer evento ocurrió a unos 20 kilómetros bajo la superficie; el segundo, a solo 10. Esa condición de sismicidad somera significa que la energía llega a la superficie con muy poca distancia recorrida para atenuarse. Un terremoto profundo puede tener la misma magnitud y sentirse con mucho menor intensidad en superficie; uno somero, en cambio, entrega toda su energía desde cerca.
A eso se suman factores como el tipo de suelo sobre el que están construidas las ciudades, ya que puede amplificar las ondas sísmicas varias veces respecto a la roca firme, donde los suelos blandos o con alta concentración de sedimentos actúan como una caja de resonancia. Las condiciones de los edificios, su antigüedad, los materiales usados y cómo fueron construidos, determinan si resisten o no una sacudida de esta intensidad.
Y luego están las normativas sísmicas y, crucialmente, su fiscalización efectiva. Un reglamento que existe en papel pero no se aplica en obra, no protege a nadie. La dimensión de la tragedia que estamos viendo en Venezuela es inseparable de esta ecuación compleja: no solo cuánto tembló, sino sobre qué tipo de suelo, con qué construcciones encima, bajo qué normas y con qué nivel de cumplimiento real.
El último gran terremoto en este sistema de fallas ocurrió en 1900. El llamado terremoto de San Narciso, de magnitud cercana a 7,7, que afectó la falla de San Sebastián al este de Caracas. El evento de 2026 parece haberse detenido justo donde aquel comenzó, lo que sugiere que la energía acumulada en el segmento intermedio se liberó después de 126 años de tensión. En sismología, este concepto se conoce como brecha sísmica (seismic gap), un segmento de falla que lleva un período prolongado sin romper, mientras el sistema tectónico continúa cargándose de tensión.
Lo que Chile también tiene que recordar
En Chile, los terremotos son parte de la memoria activa. Aquí ocurrió el terremoto más grande instrumentalmente registrado en la historia: Valdivia, 1960, magnitud 9,5. Hemos reconstruido ciudades enteras más de una vez, y esa historia ha forjado en nosotros lo que algunos llaman cultura sísmica: protocolos, hábitos, normativas que se han ido construyendo precisamente a golpe de experiencias dolorosas. Pero sería un error leer lo ocurrido en Venezuela con distancia, como si nuestra situación fuera radicalmente distinta.
El terremoto de Chillán de 1939 es un recordatorio necesario. Con una magnitud de 7,8 y foco superficial, fue un evento intraplaca, generado dentro de la propia placa Sudamericana y no en la interfaz de subducción que domina nuestra narrativa sísmica. Se convirtió en el más mortífero de nuestra historia, con estimaciones que superan las 24 mil víctimas según el Centro Sismológico Nacional. Ocurrió de madrugada, cuando la población dormía, y la combinación de profundidad somera, tipo de suelo y condiciones de la construcción de la época determinó una destrucción que ninguna magnitud por sí sola explica del todo.
Aunque el contexto geológico de Venezuela no es idéntico al nuestro, la lección de fondo es la misma: la magnitud es solo uno de los factores que determinan el posible daño. Un terremoto superficial y cercano a una ciudad también pondría a prueba nuestra infraestructura, nuestra normativa y nuestra capacidad de respuesta, tal como lo hizo Chillán hace menos de noventa años.
Eso incluye también a quienes llegaron a vivir a Chile desde países con realidades sísmicas distintas. No se trata de enseñar, sino de compartir: los protocolos básicos de seguridad sísmica son informaciones que toda persona que vive en este territorio merece tener, independientemente de cuánto tiempo lleva aquí o de dónde venga.
Lo que ocurrió en Venezuela también nos muestra la velocidad con que la sismología moderna actúa. En minutos después del sismo, los modelos del USGS ya estimaban el impacto probable, cruzando magnitud, densidad poblacional y características del suelo. En horas los científicos comenzaron a reconstruir cómo se propagó la ruptura kilómetro a kilómetro. En días estarán disponibles los primeros modelos de desplazamiento superficial obtenidos desde satélites.
Esa rapidez no devuelve a quienes se perdieron, pero contribuye a entender mejor cómo se comportan estos sistemas de fallas, a mejorar los modelos de peligro sísmico, a construir con más criterio, a evacuar con más eficiencia. Tratando de aprender de cada tragedia, convirtiéndolo en conocimiento que proteja vidas futuras.
Venezuela merece hoy solidaridad concreta: ayuda humanitaria, acompañamiento, tiempo. Y merece también que quienes tenemos la oportunidad de estudiar estos fenómenos sigamos trabajando para que cada terremoto que ocurra en el mundo nos enseñe algo que nos prepare para enfrentar los próximos.